mardi 23 juin 2009

La que se protege en el puente


No es gitana. Es errante. Errante de las calles, de negro toda vestida. Un pañuelo cubre el cabello hirsuto blanquiplateado. Descolorido el pañuelo, como el negro de sus ropas, un traje sastre de hombre siempre dispuesto a cubrir sus piernas cuando el tiempo la detiene en un costado del puente bajando hacia el arroyo. Es solitaria y no se mete con nadie. Desdentada, coloreada del sol urbano del que ella se esconde durante los mediodías abrasivos. La vi caminar cabizbaja por el puente sobre el Bélico en la carretera Central. Apoyó su cuerpo contra el puente y escupió un resabio que vino a caer en las aguas opacas del río. Nos cruzamos en el camino otra vez. Y luego descubrí que espera algo, a alguien o nada, mascullando palabras trenzadas salidas de su delirio. Su mirada perdida, sus brazos cruzados, su soledad pública sentada en el viejo puente. No es gitana, es errante. ©cAc

lundi 22 juin 2009

Virtudes y pecados de un puente (*)


Seis caballos tiran la carroza de mi abuelo. Dos blancos, dos pardos, dos negros con sus penachos de flores. Dicen que fue muy bueno. Me lo ha contado mi padre. Viniendo del oeste, abuela no tiene derecho al adiós del puente. Hay un muerto tendido en Domenech. Y otro es velado en Camacho. Dos cuerpos que una vez corrieron detrás de mariposas. Que fueron violentos, nadie se acuerda. Más bien, afectuosos, familiares. En la sala de una casa del Condado lloran al abuelo tierno. Sus manos huesudas se cruzan sobre el pecho y su mirada vítrea está detenida. Sagrado fue su carácter. Cabeza de familia. Todos, no son más que rigidez expuesta al recuerdo de los otros. El cortejo de uno sale a las ocho desde la calle de la Amargura. El otro cortejo saldrá a la una y subirá la cuesta de Sancti Spíritus. Los dos se detendrán al llegar a O’Donnell donde la bondad de la palabra será flor en el adiós. El abuelo negro está presente en la danza yoruba de los nietos. Y en el toque a su orisha devoto. La carroza seguida por los suyos se detendrá en el pórtico del camposanto. La morgue espera que alguien venga por el viejo hombre fallecido. Erraba en las calles descalzo y descalzo descansará. Nadie dirá que fue bueno. Nadie empañará el cristal que lo protege. No tiene familia, ni orador que diga que era de oro. El puente también es bueno, escucha y deja pasar. Pero yo sé que mi cortejo fúnebre no se detendrá entre los pilares descoloridos que una vez marcaron el adiós definitivo. cAc
Santa Clara, abril de 1986


(*)Texto escrito por el autor días después de la partida de su abuela paterna.

mardi 16 juin 2009

Corridas de toros en el corazón de Santa Clara



A pesar de las disposiciones publicadas en bando por el Cabildo, un acontecimiento permitió una tregua a las prohibiciones y hasta aparecieron toda suerte de entretenimientos: torneos, juegos de cañas, de sortijas y alcancías que tuvieron como centro la Plaza Mayor. Hasta un teatro provisional fue levantado en la plaza.
Para saludar la proclamación en 1760 de Carlos III como nuevo monarca, un bando fue publicado en el cual se permitía a todos los vecinos de la villa, sin discriminación fuere cual fuere y con total libertad, a entregarse a cuanta diversión estimara conveniente. La dicha autorización conllevaba una sola obligación, la de no ausentarse de la villa en el transcurso de los quince días señalados para los festejos. La contravención a la obligada permanencia en la villa exponía a una multa de cuatro ducados. Y si de jolgorio y fiestas se trataba, no había mucho que obligar a quedarse al interior de los límites del pueblo.
Eran los tiempos de corridas de toros, convertidas en diversión favorita en la isla. Santa Clara no se quedaba atrás y el encierro y corrida se hacía en la Plaza Mayor. Grande era el espacio yermo de la plaza que permitía aquel duelo entre hombres ansiosos de matar y cuando menos de banderillar, y toros excitados por la capa y el gentío. Para llevar a cabo la corrida, el Cabildo tomaba precauciones y cerraba las esquinas de la plaza y las boca-calles que concernían para el evento, y montaban una cerca desde el cementerio pegado a la Parroquial en línea recta hasta la casa donde hoy se levanta el edificio que fuera Ayuntamiento de la municipalidad.
Muchas películas que vimos en la niñez nos catapultaron unas veces como toros otras como toreros, cuando nos reuníamos primos y amigos. Más tarde, de muchacho, me preguntaba el por qué Cuba no había incorporado a sus tradiciones aquella de las corridas, habiendo sido conquistada y colonizada por los hacedores de plazas taurinas. Luego, curioseando en la enciclopedia taurina Los toros, de José M. de Cossio, aprendí que el espectáculo taurino  si había sentado base en la isla. Se nombran ciudades y plazas habaneras, pero no Santa Clara. Yo confirmo que hubo corrida en la villa de Gloriosa, aunque sin verdaderos toros y toreadores. Puro espectáculo de divertimento y de exhibición. Santa Clara nunca construyó una plaza de toros, cosa de la cual me alegro y enorgullezco. Con la intervención norteamericana, las lidias fueron prohibidas y desde entonces, salvo los dos espectáculos de agosto de 1947, dejaron de ser agonía y muerte para  los toros.
En la primavera de 1995 me senté por primera y única vez en una plaza de toros. La Plaza de las Ventas madrileña desbordaba. Los oles y la gritería me confirmaron que yo presenciaba la fiesta encarnizada entre dos bravos, uno a su aire, el otro resoplando y agitado ante la proximidad de la muerte. Si llegué al final de la corrida fue porque llevaba en mí los ojos de mi padre y su deseo de presenciar, como buen matarife, el enbanderillamiento del animal. Prometí contarle con lujo de detalles aquella tarde madrileña pero me juré no pisar nunca más una arena taurina.
No hace mucho, recorriendo Aquitania, nos tropezamos la funesta salida de un toro inerte, ensangrentado, aún caliente, que acababa de satisfacer con su agonía a un público que abarrotaba las arenas del pueblito francés Rion-les-Landes. Triste domingo para el toro y para mí. No adhiero a ninguna asociación antitaurina, pero soy totalmente contrario a tanta brutalidad. ©cAc

lundi 15 juin 2009

Gallos de pelea en la Santa Clara del XXI


En publicación anterior, he comentado que el juego hizo su aparición bien temprano en la ciudad del Bélico y las autoridades de la villa no tardaron en cabildear al respecto. Las disposiciones adoptadas por el Cabildo en referencia a los juegos, si bien ayudaron a controlarlo, despertó un interés mayor por los aficionados que no cejaron en continuar  jugando y de inventar otros. Fue cuando aparecieron las peleas de gallos. En un principio como un « sano » pasatiempo que se convertía en una distracción de más, desde que comenzaba el día hasta que se iba el sol. Sin embargo, el pasatiempo de ver pelear a dos gallos sanguinolentos, se convirtió en vicio de incalculables perjuicios. Dos notables se alzaron contra las peleas de gallos en la villa, los capitanes Juan Rodríguez Surí y Juan de Monteagudo, que ejercían como alcaldes hacia 1743. Los dos hombres, convencidos de la deriva perniciosa del juego, publicaron un bando u ordenanza que decía:

« Por cuanto se esperimenta en la villa el perjuicio de los juegos de naipes, dados y gallos, habiendo personas que solo atienden á ese pernicioso vicio, sin trabajar ni atender á sus obligaciones, sino embebidos en él: esperimentándose asi mismo las pérdidas considerables que se hacen en dichos juegos, de hombres pobres casados, que cuando pierden los pocos reales que adquieren, llegan al estremo de venderles á sus mujeres hasta la ropa y prendas que tienen, (…); y asi mismo, que muchas personas que han tenido comodidades para vivir, se ven muy pobres, y sus familias descarriadas, y las discordias que entre los jugadores se ofrecen, para obviar tan perniciosos inconvenientes, (…), prohibimos á todas las personas, de cualquiera estado ó condición, juegos de naipes de dos reales de entrada para arriba, con tal que la pérdida que se haga no esceda de diez pesos: prohibimos en el todo el juego de dados y los vueltos de envite en cualquiera pequeña cantidad, admitiéndose los de honesta diversión, y que en ellos no esceda la pérdida de los dichos diez pesos, pena de cinco ducados de multa y diez días de cárcel y por la tercera destierro del lugar por un año preciso: que los juegos de trucos no escedan de dos reales cada juego, no siendo la pérdida de diez pesos, bajo las mismas penas: que ningún oficial de herrero, carpintero, albañil, sastre, zapatero y barbero juegue en los días de trabajo, pena de dos ducados de multa y diez días de cárcel: que ninguno que fuera fullero se consienta jugar, y que á éste, el coime ó tablajero que lo sepa y consienta, se les condena en diez ducados de multa, y el interés á quienes hubieren ganado mal, si el dicho fullero no lo tuviere: que ningún tablajero ó coime consienta los juegos arriba prohibidos, ni menos que jueguen oficiales, ni que consientan hijos de familia ni esclavos, ni aun à ver, pena de seis ducados y diez días de cárcel por la primera vez, treinta días por la segunda y por la tercera un año de destierro preciso, fuera del lugar: que en cuanto á los juegos de gallos, la pérdida de cada pelea no esceda de diez pesos, bajo las mismas penas, que pagará el que cuidare dicho juego”.
Gallo de pelea y cuartería donde vive el propietario del gallo

Pese a los continuos bandos y prohibiciones, el juego no mermó en las costumbres de los villaclareños y en toda la isla, manifestándose como una tradición popular cubana. Ni en el período colonial, ni de intervenciones norteamericanas ni a lo largo de la República, los juegos desaparecieron del imaginario popular, y por supuesto, renombradas eran muchas vallas donde un público fanático apostaba por una encarnizada pelea de gallos. En los años cincuenta, Santa Clara se dotó de un elegante establecimiento para los combates de gallos. El Club Gallístico estaba ubicado en la carretera Central por la banda de Esperanza, en las inmediaciones del barrio Las Minas. Pasados de moda los bandos, aparecieron las leyes y decretos del cincuenta y nueve revolucionario, y veintiséis días después de la huída de Batista fue dictada la ley (*) creadora del Instituto Nacional de Ahorro y Vivienda (INAV) que preconizaba la lucha contra los juegos. Por supuesto, el Club Gallístico fue intervenido, y a los habituales espectadores y apostadores no les quedó otro remedio que esconderse para seguir disfrutando de su vicio. Peleas que no han desaparecido en la Isla, como tampoco en la ciudad del Bélico. Alguien que conozco me ha invitado a presenciar un combate de gallos, y solo atiné a decirle que prefería hacer unas fotos a un kíkiri de pelea. Lo comenté a mis primos del campo y no tardaron en proponerme un domingo de asueto con ellos. Francamente, ninguna invitación me llamaba la atención. Recuerdo que de viaje por Ecuador, la curiosidad nos hizo ser espectadores de par de peleas, brutales, encarnizadas, donde sentimos las espuelas de los animales como si penetraran nuestra propia carne. Antes de que finalizara la segunda pelea ya estábamos fuera de la valla. Confieso que no estoy preparado tan siquiera para servir de coime a la entrada de un garito! ©cAc
Gallo de críanza. Nótese la diferencia de sus muslos y patas con los gallos de arriba.

(*) Ley N° 86 de 26 de enero de 1959.

vendredi 12 juin 2009

Dados, naipes y trucos

Entrados en el segundo cuarto del siglo XVIII, los vecinos de Santa Clara fueron conminados a observar nuevas reglas de convivencia pública. En los espacios públicos de la villa aumentaban los círculos de vecinos que jugaban a los dados, naipes, y se entretenían con diferentes juegos de trucos. ¡Ah, el juego, la perdición de los hombres!, y para evitar que aquello no se convirtiera en un mal profundo, el cabildo dispuso el control de dichos entretenimientos, en los que siempre había dinero de por medio. La disposición rezaba así: « que no los hubiera ni en casas particulares, ni en tablajerías, pena de perdido el dinero que se cogiera y ocho días de cárcel  y al dueño de la casa, además de la misma pena, dos ducados de multa ». Todo parece indicar, que los vecinos hartos de la morosidad de aquellos comienzos de la sociedad poblana, encontraron en los juegos un escape con el cual entretener sus horas, aunque fueran laborales. Y por si fuera poco, con la posibilidad de volver a casa con unos ducados de más en sus bolsillos.
Trucos son los que se sobran en la ciudad del Bélico para sobrevivir. El bochorno del mediodía no es impedimento para sentarse en una esquina y en lugar de hacer una siesta sudando a borbotones sobre una cama, muchos prefieren, si corre una brisa, aunque sea cálida, hacerlo con sus vecinos y amigos. Hoy, apenas se juega a los dados, y poca gente guarda esos cubos cifrados del uno al seis que se removían al interior de una especie de vaso fabricado en cuero, muy sólido, a veces finamente trabajado con detalles. Y aunque en la familia no somos adeptos a los juegos de azar, con sorpresa descubrí un juego en el fondo de una gaveta. 
En las calles de Santa Clara, se juega al parchís, naipes y a las damas, al dominó y hasta se juega a los palitos chinos. Falta de otros entretenimientos? Demasiado tiempo libre?, o como antaño, cuando los alcaldes tuvieron que frenar el abandono de los oficios en horas de trabajo? Les dejo unas instantáneas de naipes y damas pero del siglo XXI. Los jugadores de naipes refrescaban del sol todavía encaramado a las cuatro y media de la tarde, en una calle del santaclareño barrio  Condado. En la calle Maceo, padre e hijo, jugaban una partida de damas, frente a su casa. ©cAc

jeudi 11 juin 2009

Los dioses rotos, las lunetas también...


Cuando fui a la isla a principios de año, el cine Cubanacán de Santa Clara (construído al final de los 40’) anunciaba la première de la película cubana Los dioses rotos. Me dije, no puedo perder la oportunidad.  Un jueves a las ocho y treinta de la noche.  Hijo de la experiencia, a las ocho en punto ya estaba llegando al boulevard y cual sorpresa la mía, no estaban vendiendo entradas, y la mayoría del público ya tenía una en mano. Los privados de la consabida papeleta comenzamos a hacer una cola, que fue río inmenso en la calle. Luego comenzaron a dejar pasar a los asistentes en grupos de veinte. Como el recolector de entradas lo mismo la pedía como que no la pedía, mucha gente entró tranquilamente. Y cuando toda aquella muchedumbre hubo entrado, el recolector comenzó a repartir papeletas a cuenta gotas, detrás del improvisado hueco hecho en la puerta de cristal del cine (el cine fue concebido con un local exterior para vender las entradas y desde que el cine sufrió su quota de período especial, ese local ha servido a otros usos, desde venduta de pacotilla en divisas hasta local de venta y alquiler de filmes en dvd) . Cuando tuve la posibilidad de asegurar mi papeleta cifrada además con mi número de suerte, entré al cine como un bólido, sin apenas mirar la muestra de pinturas expuesta en su amplio vestíbulo, y traté de localizar una luneta sana entre las que no estaban ocupadas.

Una vez sentado, o medio sentado, porque la luneta estaba renga, me dí cuenta que asistía a una première sin haber pagado un centavo . Como dicen los comerciantes en Francia, « gracieusement », un « petit geste commercial », pues si era así, mejor ! El cine había dejado de usar, a falta de películas, la pantalla grande, y se servía de un televisor que pasaba películas de vídeo, para un lunetario construido para unos tresmil espectadores. La gente comentaba que qué bueno era volver a ver una película en pantalla grande ! Una presentadora anunció la première de Los dioses rotos acompañada del documental cubano « Del amor y los muertos » de Guillermo Centeno. El documental, hace referencia a un grupo de vietnamitas que cursaron estudios en la Isla y que regresaron a su tierra para servir en lo que habían aprendido, y continuar su vida en familia. Si bien, emotivo por los testimonios, creo que algo aburrido por momentos. El cine desbordado, en su mayoría jóvenes, y como es frecuente en las salas cubanas, esa algarabía que torna a la gritería y que desarticula a buena parte de los espectadores, ahogados de calor, y sentados incómodamente. Así logré ver el filme de Ernesto Daranas en cuyo reparto vi caras nuevas y caras ya conocidas. Un avejentado Patricio Wood, una Isabel Santos pasada de peso, Silvia Águila demasiado lista como mujer y naif como investigadora, y Héctor Noas, vestido de una madurez como actor que vale la pena resaltar. Al galán Carlos Ever, lo ayuda su cara bonita, pero qué malo es como actor ! Otros no conocía, y fueron en mi criterio mediocres.  Sin embargo, el filme puede verse, y sacarse de él infinidad de conclusiones. No voy a decir dos Cubas. Me detengo en esas dos Habanas con sus desequilibrios sociales y societales, bien mostrados en sus casas y su paisaje urbano, la ciudad de casas y apartamentos espléndidos y la ciudad de solares respirando sangre sudor y sexo. Aunque la Habana espléndida teje a su aire el sexo descontaminado de pobrezas, y ni qué decir de esa Habana de negocios y empresarias libres como el viento. Sin comentarios.  A la salida de la sala, casi a medianoche, el gentío se diluye y me quedo saludando a unos amigos. Comento que me gustaría tener una copia del filme. Una pareja de jóvenes me propone una copia, me dan su dirección y me dicen que pase al día siguiente con una « drive ». Una cléUSB, atiné a reflexionar. He vuelto a ver la película en familia, lejos de San Isidro y del mito que envolvió al chulo Yarini. Lejos de esa Habana enorme que sobrevive y donde sobreviven creyendo que viven, buena cantidad de prostitutas, gigolós y proxenetas. Y no pudimos dejar de reir recordando a Sandra decirle a Rosendo, « en la cara nooo, en la cara noooo ! » . Cuidadito, nené, eso no se toca, eh, caca ! ©cAc
Si quieren el link y curiosear sobre el filme aquí se los dejo :