lundi 28 septembre 2009

Parque esquina a Colón


De la librería « Pepe Medina », -donde la poeta y escritora santaclareña Bertha Caluff (el apellido es un sello distintivo de sus origenes libaneses) ameniza el espacio mensual « Volviendo a brotes » , cruzamos a la acera del frente, y entramos en el cuartón sur de los inmuebles que rodean al parque Vidal. Solar mercedado en los albores de la fundación, pasó rápidamente de inmueble familiar a local comercial, con cinco grandes puertas que abrían al imponente muro lateral de la parroquial Mayor, y entre cuatro y cinco puertas dando a la calle Colón. Al desaparecer la mole de ladrillos rojos pensada y levantada por el Padre Conyedo, la esquina comenzó a sentir la importancia de su sitio, y el caserón colonial, hermoseó su fachada e integró un soportal en el espacio de sus tres puertas centrales, sostenido por cuatro columnas estriadas imitando el orden jónico, las dos centrales descubiertas y las dos de los extremos adosadas a sendas columnatas cuadradas, principales sostenes del techo. La puerta más occidental (única que mantuvo hasta hace poco algo del viejo caserón colonial) daba acceso a un local bastante oscuro en el que vendían prensa, es decir, al entrar chocabas con un mostrador, y en las paredes se aglomeraban colgados sobre cordeles, afiches, periódicos y revistas. Hoy no sé a que sirve ese local.
La peletería (El Edén ?), un comercio típico de los años cuarenta, ocupaba el centro del inmueble, con sus escaparates exteriores en cuyos espejos interiores las muchachas se miraban el peinado y se aplicaban un poco más de lápiz labial antes de cruzar al parque… Y en la misma esquina, el mostrador, -porque a eso no puede llamársele otra cosa que mostrador- de granito con huequitos que acumulaban la humedad del trapo que se le pasaba, y que le otorgaba un olor penetrante que atraía a las moscas. De ahí, y por la comunidad de insectos alados que revoloteaban las veinticuatro horas, la esquina fue bautizada « el mosquero », que muchos preferían « al palacio de las moscas ».
En esa esquina podían comprarse cigarros fuertes y ligeros, tabacos al detalle y hasta fósforos, aquellas cajitas cuya lija nunca servía, pero el fuerte de la venta, era la tacita de café a diez centavos, que a medida que fueron perdiendo asas y bordes fueron reemplazadas por vasos de cristal transparente, que en lugar de café, iban hasta la mitad de una zambumbia cerealera. Café mezclado ? El sitio, renombrado por las moscas lo era también por la rapidez y calidad del fregado de los vasos. No habiendo siempre agua corriente, habían dos pailas, una oon agua y detergente, la otra para el enjuague, siempre turbia por las trazas de detergente. Los vasos soportaban una cadena sin descanso, eran zambullidos en la primera paila, luego en la segunda y así mojaditos -era casi preferible que verlos secar con el paño (trapo ?)- con el cual a veces lo hacían, y de nuevo servidos con la zambumbia, o la infusión que estuviera de moda, y a los labios de la clientela ! Ese ajetreo en serie le otorgó un nuevo apelativo a la esquina. La « babita » atraía a todos los pasantes, temporales e intemporales del parque vidal. Los noctámbulos, los de después de la medianoche, los que perdían la última guagua para la universidad, reclutas perdidos a la caza de un cigarro, los perennes trastornados de la ciudad, los dolientes que venían desde la funeraria, los viejos madrugadores, los que esperaban el transporte obrero o el camión que los llevaría a recoger papas al Yabú ! Desde mucho tiempo antes, las puertas dando a Colón, fueron dando acceso a pequeños comercios de tejidos, calzado, quincallería, y hacia el final de siglo, en una de ellas fue instalado un « sector » de la policía… El mostrador, duro como el granito, sigue viendo el constante pasar hacia y desde el parque, menos impresionante en olores, ahora opacado por los los vendedores de flores que ocupan la calle frente al inmueble de marras ; el edén del calzado dio paso a un café literario al que tuve intenciones de entrar cuando la feria del libro, cosa que por alguna razón no hice. En todo caso, cabe preguntarse, cómo fue posible que en la rehabilitación de la fachada que dio paso al café literario, no tuvieran en cuenta una restauración más consecuente de la esquina. Miren las fotos y quizás me darán razón, qué hacen esas puertas de aluminio y vidrios que nada tienen que ver con el entorno ? Una verdadera agresión del paisaje urbano que salta a la vista, irremediablemente.
  
cubaurbana©cAc-2009

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