mardi 13 octobre 2009

El Villaclara (a la espera de un inversor)


  
©cAc-2009
Detrás de las rehabilitadas puertas de cristal, muy engañosas, se esconde la desolación y el abandono total del que fuera Teatro Villaclara. Ahora no me acuerdo la última vez que me senté en una luneta, despellejado su vinil rojo, ruidosas y carcomidas por el tiempo. Pero si recuerdo aquella tarde de un sábado de finales de 1974 en que entramos Vidal, Oscar Valladares, Jorge Luis, que le decíamos Solón, y yo, para ver una película americana en blanco y negro, “Matar un ruiseñor” (To Kill a Mockingbird, 1962) con la que el legendario Gregory Peck ganara un Oscar. He vuelto al Villaclara, por una puerta lateral que da a la calle Cuba. Una puerta de hierro por la que se entra a un cementerio de cemento y estructuras de hierro soportando el sereno y los soles, las aguas de la primavera y el silencio, como las ruinas de un edificio tras la guerra. La guerra del tiempo y del abandono. Del facilismo. Lo menos difícil fue convertir aquel cine teatro en sala de baile y conciertos donde en cada nuevo espectáculo, el local se degradaba ( a veces se busca degradar hasta el extremo para justificar el cierre de un inmueble). De la inoperancia. Del desprecio a lo que se tuvo y no somos capaces de conservar, porque en ello va la memoria de todos, de los que no están, o que ya entraron por la puerta grande de la avenida Calixto García, de los que día a día pasan por su lado sin pensar que dentro la mala hierba crece y las ratas campean sin temor a ser molestadas. Intenté volver atrás, verme sentado en una luneta, esperando que comenzara la tanda, y no logro ver más que el fantasma de la destrucción revolotear entre el amasijo de hierro y cemento. ©cAc

  

©cAc-2009

1 commentaire:

  1. Por eso no quiero volver a Santa Clara,prefiero guardarla en mi memoria como la vi por ultima vez en junio de 1068.

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