samedi 3 octobre 2009

Mi paso por el Instituto

Los pilongos que cursaron el bachillerato en el Instituto hasta 1939, siguieron el plan de estudio de Varona, y a partir de 1941 y hasta 1959, el plan de estudio fue aquel conocido como « Plan Remos », elaborado por el Dr. Juan Remos, y que contrariamente al de Varona, puso énfasis en las Humanidades y particularmente en la historia de la nación cubana. El Instituto fue vivero de una juventud revolucionaria durante las alternancias políticas del periodo republicano, y de él emergieron figuras que combatieron el septenato batistiano, unos se montaron en el tanque revolucionario, otros se desprendieron de la utopía por la que habían luchado, y así, como en las historias de los pueblos, unos sí, y otros no. La primera imagen que relaciono con el « pre » es la de mi primo Luis, y su novia Maruchi, cogidos de la mano, sentados en un banco poco visible del parque. Andaban de uniforme, y no olvido el detalle de la falda azul de Maruchi, plisada, con tres cintas blancas que la identificaban como alumna del grado trece, pues en aquellos años si mal no recuerdo, el pre comenzaba en grado once. Y aunque no prestaba atención a lo que pasaba, pues era menos que adolescente, sabía que se daban extensas reuniones, que eran verdaderas purgas del más puro estilo stalinista. Una mañana fresca de mayo de 1979 comenzó mi periplo por el « pre de la calle ». Colgaba para siempre el uniforme azul de becado con el distintivo rojo en el hombro izquierdo. Creo que un libro abierto y átomos dislocados estaban circunvalados por el nombre de la escuela de donde procedía. La vocacional Lenin. Mi inaptitud por las ciencias llevó a que me expulsaran decentemente (baja por insuficiente índice académico) de la más elitista de las escuelas construidas por la revolución. Aquello no era escuela, era una vitrina. Y del día a la mañana, caí como un paracaídas en el otrora Instituto de Santa Clara. De cierta manera, ese recinto lo había soñado, y quizás demasiado. Cuando de niño pasaba delante, pensaba que entrar allí significaba ser grande. Se salía « bachiller ». Ahora entraba, como el perro, con el rabo entre las patas. Allí ya existía una comunidad de ex discípulos de la vocacional, -idos y expulsados- pero de la de Santa Clara, por donde también había yo pasado antes de dejar « el campo » por « la placa », porque para los habaneros, todo el que no es de la Habana, es guajiro, y yo era « guacho » en aquella escuela en pleno suburbio capitalino, que no era menos campo que la ciudad del Bélico. Entrando al « pre », creo que lo hice con mala pata. Si en la « Che » había pandillas, en el « Osvaldo » había bandos, clanes y varias castas sociales. Había de todo, de lo peor a lo mejorcito de Santa Clara. La directora tenía a sus hijos como alumnos del plantel, como también profesores del claustro. Despotismo y nepotismo. Rigor a conveniencia. Sin embargo, fue el colegio donde hice amigos que lo son infinitamente todavía. Y tuve que vérmelas con dirigentes insolentes y petulantes, y no me callo su nombre –Tereja Monja, que de monja no tenía una pizca- y que como a mí le hizo daño a muchos de mi curso. Era la secretaria de la juventud, ya podrán imaginarse. Acecho constante, fraudes montados para arruinar vidas, y otros, los de verdad, dejados por intereses de « familia », la gran familia ! Recuerdo que me acusaron de haber ido al Escambray para hacer fotos y propagar las condiciones de vida de los campesinos, hay Teresa Monja, si te acordaras…, y luego fue el año crucial en la vida de muchos cubanos, el año 1980, el del Mariel, el de los actos de repudio que comenzaban en las escalinatas del Instituto, y terminaban en casa de los repudiados, la escoria, los parias, nuestros propios hermanos de tierra. Y fue el año en que se decidía nuestro futuro, el de la entrega de las carreras universitarias –cuánta mentira y falsedades hubo en aquella corrida-, y peor aún, justo después del Mariel, se dieron aquellas famosas reuniones de crítica y autocrítica, donde muchos con carreras en las manos, la perdieron, porque « la universidad era para los revolucionarios », y como en todos los planteles y escuelas, las humillaciones llovieron, en una batalla perdida delante de los colosos del arbitrio revolucionario. Profesoras frustradas en sus vidas de mujeres provincianas, y ni qué hablar del corito de padres que siempre las acompañaban. Sin embargo, no pasaré por alto, la figura más sensible, la más inteligente, la mejor preparada de todo el claustro de profesores, y que hoy me siento orgulloso de haber dejado la Lenin, más que nada, por haberme permitido el ser alumno del poeta villaclareño, Carlos Galindo. Sus clases de literatura fueron, tanto para los insensibles como para los que llevamos una fibra de escribidores dentro, un oasis de parsimonia, de lectura, de indiferencia a lo superfluo, de verdaderas clases, donde aprendimos a escuchar en el silencio, la palabra de un hombre comprometido con una pasión, la de enseñar literatura. Ese fue, sin pedirlo, el mejor regalo que me ofreció el Instituto, el « pre », el « Osvaldo » como quieran llamarlo. Años han pasado (29 !) desde que aquel sólido grupo de amigos y menos amigos nos despedimos y cada uno eligió caminos diferentes. Nos hemos visto, y hasta celebramos en el 2000, los veinte años de aquella separación. Por aquel entonces estaba yo de vuelta a Cuba. Como lo estuve en marzo de este año. Volví al « Osvaldo », quise guardar en mi cámara, mi paso por sus aulas y corredores. Pero una vez más, chocamos con el muro humano que se interpone y que fastidia ese momento de placer en que la memoria echa a correr. ( !) La foto es de la « profe » « de guardia » en la puerta, que como una fiera me impidió traspasar la puerta del recinto, me vio cámara en mano, y sin dejarme hablar, preguntar, pedirle…, me espetó la consigna dada por su superior ! Dicen que el que persevera triunfa, a lo mejor la próxima vez… las « cosas » hayan cambiado ! ©cAc

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