mercredi 11 novembre 2009

Gran Hotel Roosevelt

 

En el primer cuarto del siglo pasado, fue construido otro hotel de huéspedes en Santa Clara: el Gran Hotel Roosevelt. El edificio, de fachada más amplia que el Virginia y el Pasaje, había ganado en altura, y se ubicaba en la arteria comercial por excelencia de la ciudad, la calle Independencia, entonces eje vial de extrema importancia, cuyo doble sentido de circulación permitía la entrada y la salida a la ciudad, por la carretera de Camajuaní. El edificio, era destinado a arriendo inmobiliario, y los cuartos estaban ocupados permanentemente. Resulta difícil hoy día, saber de cuántos cuartos se componía el “hotel”, que tenía las habitaciones en el primer y segundo piso, de las cuales, dieciocho tenían una puerta ventana con pequeño balcón privativo, cuatro dando hacia la calle Maceo, dos en la media fachada de esquina y doce dando hacia Independencia.
Las remodelaciones ejecutadas al inmueble, y la pobre documentación fotográfica de época, no me permiten establecer todo el uso de la planta baja. Considerando que la puerta principal del hotel, es la segunda de izquierda a derecha, cabe preguntarse si la planta baja estaba compartida entre un gran vestíbulo, que ocupaba toda el ala izquierda del inmueble, y la pieza hacia la derecha, con cuatro puertas, estaba ocupada por un comercio. Me lleva a pensar esto porque, originalmente, sobre la fachada existieron dos lámparas de aplique, con inscripción del comercio, y las mismas estaban situadas, una entre la primera y segunda puerta, y la otra entre la tercera y la cuarta.
El “Roosevelt” como popularmente se le conoce al edificio, ha tenido la misma suerte destructiva del Virginia y del Pasaje, al punto de ser irreconocible su interior. El vestíbulo, al ser expropiado el “hotel”, fue convertido en oficinas, y el comercio, después de su intervención, en la década del sesenta, ha sido mutilado y metamorfoseado. La transformación de la calle Independencia en “boulevard” peatonal, desde la calle Zayas hasta Maceo, dio una oportunidad al Roosevelt para lavar y maquillar su fachada, teniendo en cuenta su ubicación en la trama elegida como paseo peatonal. Digo, dio una oportunidad, porque no dio una segunda vida a un edificio que pudiera ser clave en la oferta hotelera de la ciudad. El maquillaje fue de mala calidad y lo podemos constatar dieciséis años después. No es mi intención criticar los cinco balconcillos con balaustres incorporados en la planta baja. Llamo la atención al hecho de no haber aprovechado el momento para una intervención general del edificio, que hubiera sido una segunda vida. La historia se repite. Propietario expropiado. Ocupantes beneficiados con la ley de Reforma Urbana de octubre de 1960. El edificio de uno pasó a ser de todos, y todos pusieron un granito de arena en su paulatina destrucción, y conversión en otra “cuartería” donde cada ocupante intenta cambiar, mejorar, ampliar, vivir, sin la menor idea de lo que se llama remodelación reglamentada y conservación patrimonial. Si el “Roosevelt” conserva paredes y techos (los pisos han sufrido mucho deterioro), es porque la solidez le nació en su concepción. ©cAc

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