samedi 16 janvier 2010

El Billarista (calle Marta Abreu N° 52)

La calle Marta Abreu de Santa Clara, además de haber sido una de las primeras de la villa, y que se llamó en sus inicios calle de la Amargura, vio levantar, siendo entonces la calle del Calvario, en la mitad del siglo XIX, el que se convertiría en el primer inmueble, alto de tres plantas, de la región central de la Isla. El edificio, de un área de 380 m², fue construido de mampostería, con vigas y horcones de una solidez excepcional. Para el techo, se privilegiaron tejas criollas fabricadas en un tejar local. Tres niveles concebidos como vivienda y comercio, éste ubicado en la planta baja. El valor ajustado en el catastro de la villa, luego de su inscripción en el Registro de la Propiedad, fue estimado en poco más de 14000 pesos-oro. En la década del 80’ en el propio siglo XIX, el inmueble fue puesto en venta, y su comprador fue Vicente González Abreu, quien lo adquirió por 19000 pesos-oro, monto que le proporcionó una plusvalía de 5000 pesos-oro a su vendedor. En efecto, Santa Clara era una villa recién titulada ciudad, y el valor parcelario alrededor de la Plaza Mayor, comenzaba a aumentar. El edificio, con su frente hacia Calvario, se alargaba por San José, recibiendo la bendición del sol por su naciente. La familia ocupaba la primera y segunda plantas, y en los bajos se agitaban los empleados del comercio y los domésticos que servían la casa, y tenían allí sus cuartos. Con su aire de grande entre los caserones que lo envolvían, el inmueble fue ajustándose al tiempo y a principios del XX, el propietario hizo trabajos de rehabilitación. El uso habitacional quedó solamente en la tercera planta, todo un mirador que permitía disfrutar de las colinas ondulantes que abrazan Santa Clara. Finalizando la década del 10’, fue instalado en el edificio la oficina de telégrafos de la ciudad. Desde los primeros años de la República, la calle había sido rebautizada con el nombre de la noble patricia villaclareña, fallecida en Paris en 1909. La oficina de telégrafos deja los locales de la calle Marta Abreu N° 52 en 1924, cuando la capital provincial se erguía como ciudad y cambiaba su paisaje urbano y sus infraestructuras. Inmediatamente son ocupados los locales por otros comercios, una sala de baile, una asociación a vocación espiritual (Rajayoga) y una sala de billar. Y fue esta sala de billar quien le imprimió el carácter y dio nombre al inmueble, que desde entonces y hasta nuestros días ha sido llamado el “Billarista”. La sala de billar fue cerrada en 1959, al ser instituido el INAV por la ley N° 86, promulgada en enero 26. El edificio cerró los locales comerciales, igualmente intervenidos, y fue acogiendo familias que se fueron instalando en los mismos. Otros locales nunca más reabrieron sus puertas. La degradación comenzó a roer el vetusto inmueble, medio abandonado y falto de conservación. Los años fueron pasando y haciendo mella. La inhabitabilidad ganó terreno y ante la posibilidad de derrumbe, las familias fueron reubicadas por las autoridades de Vivienda en la década de 1980. El grado de deterioro fue calando muros y techos, balcones y carpintería. De igual forma el vandalismo hizo de las suyas, y poco a poco la esquina en ruinas se convirtió en un antro revestido de toda la sordidez que pueda imaginarse. Su centralidad en la ciudad lo convirtió en foco de todos los rumores, y de todos los miedos: NO PASE PELIGRO Derrumbe. Y los transeúntes cruzaban a la acera del frente al llegar a Juan Bruno Zayas. Ingentes esfuerzos se realizaron en la misma década del 80’, por parte del Centro provincial de Patrimonio, apoyado por la facultad de Construcciones de la UCLV y las autoridades de Cultura. Para entonces lograron consolidar su estructura y evitar la pérdida de su segunda planta. De nuevo la incertidumbre, el deterioro, la espera. La espera de los villaclareños temerosos de perder un símbolo del paisaje urbano, en pleno centro de la ciudad. El valor patrimonial y de suelo no fue desdeñado por un grupo de hotelería y recreación, que amasó la idea de convertirlo en hostal. Alguna negativa hubo, que la idea no cuajó y mientras tanto, la sombra de la ruina seguía ganando terreno en los casi 400m² de inmueble. El Billarista entró al nuevo milenio, enfermo y acongojado, pero con deseos de seguir viviendo, y en ese trance horrible que es la espera, se mantuvo otro lustro. En el 2005 el derrumbe se revelaba inminente. Cuando me acerqué a su viejo casco de ciento cincuenta y cuatro años, en el 2007, una valla metálica anunciaba la protección del área ante el desplome. Les presento los años ruinosos del Billarista. La memoria, toda, tiene un lugar en la historia urbana de los pueblos, y por qué vamos a olvidar su lado triste? ©cAc.


  

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