samedi 29 novembre 2008

Mutilaciones y maquillaje: de Planta a Empresa, pasando por Compañía

Es harto conocido, el delirio que tienen los hombres por construir, reconstruir y destruir. Desgraciadamente, no siempre logrando buenos resultados aunque las intenciones hayan querido ser las mejores y sin pensar en los que “vienen detrás”, que nos convertimos en generaciones orfelinas de un patrimonio echado por la borda. Después de haberles presentado cómo apareció el alumbrado público en Santa Clara, me topé unas fotos más recientes del edificio concebido como sede de la planta eléctrica y me pareció interesante compartir lo que pude constatar comparándolas con las viejas imágenes del edificio original. Veamos.
 
De la Planta Eléctrica inaugurada en 1895 nos queda esta tarjeta para el recuerdo, felizmente. A la izquierda de la fábrica, una confortable casa, yo diría campestre, si tenemos en cuenta que la antigua calle de Los Huesitos, en el extremo norte, era todavía en ese final de siglo, las “afueras” de la ciudad. Entre la casa y la Planta, un poco más al fondo, la torre chimenea toda de ladrillos rojizos.

Apenas tres décadas más tarde, la fachada principal de la Planta, con su frontón triangular y su techo de dos aguas había desaparecido. El edificio se vio aumentado de un nivel, cuya parte alta de líneas rectas y cornisa corrida, fue coronada por un ornamento con una tarja alegórica a la construcción original, se construyó un portal sobre cuyo techo sostenido por cuatro columnas imitando el orden corintio permitió la instalación de una terraza accesible desde la pieza de arriba, protegida por una baranda de balaustres y para confort de la misma, se le agregó un techo inclinado que naciendo debajo de la cornisa se sostenía sobre cuatro delgadas columnas de hierro. Los laterales del techo fueron cubiertos por un trabajo de carpintería que permitía que entrara la luz y el fresco. En la reconstrucción, el muro alrededor fue mantenido, compuesto por columnas enlazadas por rejas forjadas y la entrada principal se distinguía por dos columnas más altas que como todas, piramidales, sostenían una pieza redonda.
 
Desde la foto anterior a esta, hemos atravesado el siglo, y la Planta transformada su parte delantera en casona ha ido envejeciendo hasta convertirse en un viejo caserón. Fuerzas más o menos desastrosas se encapricharon en que su techo fragilizado volara una tarde aciclonada y otros ciclones humanos en lugar de mantener su muro soplaron con toda su fuerza para desaparecerlo. Un nuevo muro austero y falto de gusto remplazó el original. La torre chimenea se desmoronó en ladrillos y entre los dos inmuebles fue construido un edificio de dos plantas, aberrante, para hacer oficio de oficina comercial de la empresa eléctrica (construcción de la izquierda). A la derecha, nótense otros inmuebles, en primer plano, un local anexo construido a principios del veinte y adosado, en segundo plano, un local, de techo bajo, de “placa” a vocación de almacén u oficina. Y si observa con detenimiento, descubrirá las viviendas del Carmen que cuelgan al Bélico y los árboles de sus márgenes, porque justamente, el fondo de la Planta Eléctrica daba al río.
Maquillado con cales amarillas que imitaban el color de la última verdadera pintura que lo cubrió y maltratado por la humedad, amaneció así vestido para el nuevo milenio.
 
En el primer lustro del milenio, el edificio sacudió el polvo amarillo de la cal y optó por arroparse de un azul impreciso en esa pintura más duradera que llaman “de acetato”. Las oficinas comerciales siguen a la derecha, y el caserón alberga las oficinas de la Empresa Eléctrica. En la foto de la izquierda, al fondo de la Planta, un muro fue construido en bloques de 20, alto de casi dos metros, detrás, el verde ha ido en aumento, y eso al menos regocija. En la foto de la derecha, nótese igualmente que se ha invertido en transformar el local anexo, construyendo un techo de placa debajo de su cobertura original e incrustándole esas ventanas de persianas que desaparecen en la enorme fachada. Placa y local caluroso van de par, y bienvenido el aire acondicionado...


Para terminar con todas estas recriminaciones los invito a acercarse a la parte superior de la fachada del edificio de la Empresa Eléctrica de Santa Clara. La humedad sigue carcomiendo sus muros, y la lluvia se filtra por la cornisa, los balaustres siguen faltando, y no se tuvieron en cuenta en el momento de la “restauración”, como tampoco la marca del techo sobre la terraza. El azul se evapora con el tiempo y las ventanas de época peligran. No perdamos de vista ese pedazo de historia urbana. ©cAc

vendredi 28 novembre 2008

Una Planta Eléctrica para alumbrar Sta Clara

Santa Clara se alumbraba todavía con lámparas de gas a inicios de la última década del siglo XIX. Comenzando 1894, Marta Abreu se afana por poner a su ciudad entre aquellas que iban en pos de la modernidad y para ello comenzó las gestiones que a ese fin eran necesarias. En mayo de ese mismo año se iniciaron los trabajos de construcción del inmueble que albergaría las instalaciones de la Planta Eléctrica de Santa Clara. Los trabajos de ingeniería fueron obra de Juan Tatjer y Riqué. La herramentería, calderas y dinamos, fueron comprados en Francia y en Inglaterra. Para los trabajos de instalación, Marta llegó a Santa Clara, acompañada de un ingeniero francés experto en dichas instalaciones.
La Planta Eléctrica se edificó hacia el norte, al comienzo de la calle Juan Bautista hoy Luís Estévez, frente a la estación de trenes.
La inauguración, prevista para finales de febrero de 1895, estaba ajena al levantamiento en armas que devendría la guerra de 1895. El corojo, retomando la frase de Antonio Maceo, se rompió el 24 de febrero, la capital de Las Villas vivía momentos convulsos y muchos de sus hijos se unían a las fuerzas independentistas, sin embargo, la inauguración y festejos no se suspendieron. Todo bullía en la plaza y alrededor de ella. Una torre Eiffel fue construida en el centro y engalanada con flores. Se levantaron arcos de triunfo en sitios céntricos de la ciudad, privilegiando las calles de entrada a la plaza. Los pueblos de Las Villas quisieron participar en los festejos y dieciseis escudos de esas poblaciones fueron colocados alrededor del parque.
Toda la ciudad estaba engalanada y los actos, a pesar del clima tenso que se vivía, siguieron el programa previsto. Vale recordar que en Santa Clara tenía cuartel el regimiento español Alfonso XIII, cuyos jefes y oficiales habían preparado una serenata en honor a Marta, en el colegio San Pedro Nolasco. Los altos grados del Regimiento seguían la celebración con reserva.

La Planta fue inaugurada en los momentos en que la pólvora y el ruido de la artillería rodaba por los campos orientales de la isla. Era la última tarde de febrero, con una ligera brisa invernal y un sol agradecido. Las bandas de música del regimiento y de los bomberos, no cesaban de tocar la Marcha Real, quizás por última vez, y sólo para hacer constancia de que la dominación española no había terminado. En la sala de máquinas fue colocado un altar delante del cual, la planta fue bendecida por el Padre Alberto Chao. Marta se encargó de repartir medallas de bronce que commemoraban la llegada de la electricidad a la ciudad del Bélico.

Evidentemente, una obra de esa amplitud en una colonia mal amada y cuyos hijos se preparaban para hacerla independiente, no podía ser ni impulsada ni administrada de manera inestable. La propiedad de la misma fue mantenida en manos de Marta Abreu, y tampoco eso impidió que la empresa fuera un fracaso. Si de una parte, la generosidad de la propietaria fue siempre en aumento, la ambición de los que supieron explotar el recurso, contribuyó a pérdidas cuantiosas por los gastos que requería la planta, y por el déficit que engendraba. No obstante, la planta de electricidad no paró, y Marta, desde Paris, donde se instaló con su familia en junio de 1895, veló porque su obra de luz no se convirtiera en tenebrosa empresa. ©cAc
Vista del frente de la Planta Eléctrica a finales de la década del 1920.

jeudi 27 novembre 2008

El segundo benefactor de Santa Clara: Hurtado de Mendoza

Ya Santa Clara beneficiaba de las virtudes de constructor del Padre Conyedo cuando nació en 1724 quien sería su discípulo. Corría octubre cuando a Don Juan Hurtado de Mendoza y a Doña María Veitía les nació un niño al que llamaron Francisco Antonio. Creció en el pueblo que aún no llegaba a ocupar todo los terrenos entre sus dos ríos y recibió instrucción primero en la villa y luego en la capital. En La Habana recibió las órdenes en 1748 y volvió a su terruño donde fue nombrado cura en 1761.
Hacia 1766, el Cabildo había iniciado la construcción del hospital de San Lázaro, y el Padre Hurtado de Mendoza se encargó de llevarlo adelante con el fin de construir un asilo de caridad.
Aunque siguió llamándosele Padre Hurtado, el sacerdote renunció a las órdenes en 1769. No obstante, prestó toda su ayuda para el término de otra ermita que vio la luz en 1792, la ermita llamada de La Pastora, en un barrio en esa época alejado de la plaza Mayor y que los vecinos llamaban Parroquia.
Apasionado de la enseñanza a ella dedicó todos sus esfuerzos y economías. En 1794, fundó la escuela para niños “Nuestra Señora de los Dolores”. El Padre Hurtado fue el gestor de la obra de instrucción y educativa de la escuela por la que pasaron y se formaron muchas generaciones de santaclareños, la “Escuela Pía”. El edificio, de grandes proporciones, lo edificó a sus espensas y a él consignó gran parte de sus rentas. Cuanto hizo, fue para que la escuela subsistiera y nada faltara. Programas de estudio, las reglas de orden interior, la manera de obtener fondos para su fomento, y el mantenimiento del edificio fueron una constante en la vida del institutor, que no perdió un minuto para su atención y cuidado. Muy enfermo y casi en los albores de su partida, Hurtado de Mendoza continuó visitando el instituto que había fundado. El hombre, virtuoso por sus ideas progresistas de la instrucción, murió un día invernal de marzo de 1803.
Primero fue Conyedo, y luego Hurtado de Mendoza. Dos hombres que inspiraron la conducta que siguió años más tarde, Marta Abreu, quien, para perpetuar la memoria de los dos benefactores, hizo suya la iniciativa popular de levantarles a ambos un monumento para toda la vida.
El Obelisco a la memoria del Padre Conyedo y de D. Hurtado de Mendoza fue costeado por el pueblo de Santa Clara, y la mitad de su costo fue contribución de Marta Abreu. El monumento, alto de 9.14 metros y de un peso de diez y siete toneladas, es de garnito gris de Boston y fue construido en Filadelfia bajo la dirección de Tomás Ricart. Como pueden ver, el monumento está protegido por ocho pilares de granito rojo pulido unidos por dieciseis piezas forjadas en hierro y bronce.

Fue desvelado al público el 15 de julio de 1886 y en su tarja está inscrito:

“A la imperecedora memoria de los virtuosos sacerdotes e insignes patriotas D. Juan Martín de Conyedo y D. Francisco Hurtado de Maendoza.

Dedica este monumento la gratitud del pueblo de Santa Clara – 1886.”

Un párroco casi desconocido:el Padre Conyedo

No sólo de muros y piedras quiero escribir, también quiero presentarles a todos aquellos personajes, que han hecho parte de la historia local de Santa Clara y de la provincia, aportando mucha o poca gloria, pero aportando historia.
En octubre de 1687, nacía en la villa de San Juan de los Remedios, un varón que nombraron Juan como el padre, apellidado Conyedo y de Juana Manuela Rodríguez de Arciniega. El niño junto a sus padres, dejó Remedios durante el verano de 1689, en aquel desplazamiento de unos cincuenta kilómetros tierra adentro y que terminó con la fundación de Gloriosa Santa Clara. Juan creció en el villorrío que nacía y allí comenzó su primera educación. Pero la villa no contaba con medios ni instituciones para preparar a su juventud, y Juan fue enviado a La Habana para seguir estudios eclesiásticos. A los 25 años, el joven remediano volvió a su villa adoptiva como sacerdote y con grado de licenciado en estudios canónicos. Corría marzo de 1712. Una vez reinstalado en Gloriosa Santa Clara, Juan de Conyedo comienza su obra educativa. Sin tener en cuenta la diferencia de sexo, agrupó en una sola clase de primaria a todos los niños y niñas de la villa y consagró buena parte de su tiempo a la instrucción de los mismos. Dos meses más tarde fue designado sacristán mayor interino de la Iglesia Parroquial. En 1717, fue convertido en teniente cura de la Parroquial. Si el tiempo era corto para su ministerio, no lo era para continuar su trabajo de instrucción a los hijos de familias desfavorecidas. Nuevos cargos y ocupaciones hubo de ocupar el sacerdote Juan, y en 1718 además de Cura Rector, lo hicieron Juez Eclesiástico. Juan de Conyedo comenzó a ser reconocido como el Padre Conyedo.
De sus propios medios, el cura decidió en 1717, mejorar el primitivo edificio de la ermita de la Candelaria, cuyas paredes eran de tablas y su techo de paja. Las obras, supervisadas por él mismo, comenzaron en 1718 y la nueva ermita, ahora con sus paredes de mampostería y sus techos en teja criolla, se convirtió en Nuestra Señora de la Candelaria.
La primera iglesia de la villa, que era la Iglesia Mayor o Parroquial, levantada de madera y guano en 1692, fue después de la ermita, la obra que el Padre Conyedo decidió acometer. Primero hizo construir una casa de mampostería y tejas a un costado de la iglesia Mayor para instalar en ella el hospital de caridad que resultaba chico en la ermita y destinar una parte a escuela de niños mixta. La reconstrucción de la iglesia parroquial Mayor comenzó en abril de 1725, luego que el Padre Conyedo vendiera una finca y un tejar de su propiedad para poder asumir los gastos. Terminados los trabajos de reconstrucción, el párroco, siempre persuadido que obraba por el bien, decidió dar la libertad a los cinco esclavos que habían servido a los trabajos tanto en la ermita como en la iglesia.
Por encomienda del ministerio, hubo de ausentarse el Padre Conyedo de su villa para fungir como canónigo en Santiago de Cuba. Dejó entonces su obra de magisterio a cargo de Don Manuel Hurtado de Mendoza y a Doña Águeda García. Dispuso que su casa propia, contigua a la ermita, sirviera de vivienda a los instructores y delegó el trabajo del hospicio en un esclavo de su confianza.
Su labor de canónigo en el oriente de la Isla terminó en 1743 y regresó a su villa del centro con ya casi 59 años. En 1744 propone la idea de construir una nueva ermita, que llamaría Nuestra Señora del Carmen.
Virtuoso, no pudo hacer más por los imperativos del tiempo y los recursos. El sacerdocio le inspiró engrandecer los edificios religiosos de Santa Clara y le dio brío a la instrucción y a la educación de los jóvenes de la villa.
Apenas comenzado 1761, el Padre Conyedo se apagó. Queda de su obra, la iglesia del Carmen, y a su memoria, el obelisco situado en el Parque Vidal y una calle al norte de la ciudad. La calle Conyedo, antigua calle de La Pólvora, nace en Unión, al este y termina en la iglesia del Carmen. Conyedo continuaba del otro lado de la plaza del Carmen, hasta el márgen derecho del Bélico, al oeste, pero este tramo de la calle fue rebautizado Padre Tudurí. ©cAc

Una ermita que duró sólo 287 años: La Candelaria.

Gloriosa Santa Clara había sido fundada en 1689. Se sabe, por viejos documentos que hemos encontrado, que la ermita de La Candelaria, ya existía en el año 1696, y que ocupaba una esquina de la plaza de la parroquia.
El Padre Conyedo se propuso hacer mejorías al templo que era de paja y madera y decidió reconstruirla hacia 1718. Las obras terminaron en 1724.
Los maestros de obra fueron los mismos que construyeron más tarde la Iglesia Mayor. La ermita se componía de una sola nave que tenía aproximadamente 16m de largo, 8m de ancho y la altura de su techo era de seis metros. Nunca tuvo torre, pero si campanario. Un campanario original, que estaba formado por cuatro horcones de jiquí, de una altura considerable. Los jiquíes, como era tradición, fueron localizados y cortados en el mismo pueblo.
En 1736 el lugar fue convertido en hospicio y para poder cumplir ese ministerio, el Padre Conyedo hizo venir dos frailes franciscanos (Frai Hilario Quiñones y Frai José Usaches). El hospicio requería una mayor fuerza de religiosos para mantenerlo en condiciones y considerando esta necesidad, surgió la idea de convertir la ermita en convento, lo cual fue autorizado por la orden de los fundadores. Para la conversión de la ermita en convento, fue solicitada la Real Licencia. La dicha licencia nunca fue recibida por los religiosos. Entre tanto el sistema constitucional de la metrópolis sufrió cambios y las licencias fueron suprimidas en febrero de 1823. Los nuevos cambios acontecidos en la gobernación trajeron consigo la restitución del templo a los frailes, y fue Frai Antonio Rodríguez quien tomó posesión del lugar en marzo de 1825.
El gobierno español de la península, habiendo adoptado nuevas disposiciones en 1841 respecto a las comunidades religiosas, las hizo extensivas a la isla de Cuba. La ermita, portadora del título “hospicio” fue cerrada y los objetos de culto, altares y mobiliario fueron trasladados a la administración de rentas.
Ocho años más tarde, en 1849, la ermita perdió todo carácter  religioso, convirtiéndose en cuartel. Una reconversión que hizo levantar voces en la sociedad santaclareña de la época, persuadidas de la importancia de conservar el edificio como monumento religioso de la ciudad. No pasaron dos años, cuando en 1851, el campanario fue desmontado. La ermita-cuartel se mantuvo en la esquina de la plaza hasta 1883, cuando el edificio fue demolido para en su lugar construir el teatro “La Caridad”. ©cAc

dimanche 16 novembre 2008

El teatro "La Caridad" de Santa Clara



Cuando la gente asiste las funciones del santaclareño teatro La Caridad, pasan de prisa por uno de sus costados o lo miran desde un banco del parque Vidal, no lo relacionan con un hospicio ni con un convento. Y es que en el terreno donde fue construido el edificio, de aproximadamente unos 1950m², primero existió un templo y un hospicio, también llamado curiosamente “La Caridad”, el convento de San Francisco y desde 1849 hasta su canje por otros terrenos en 1883, la ermita de la Candelaria, servía de cuartel.
El teatro fue idea de Marta Abreu, que avizorando el buen emplazamiento para el mismo, propuso al Ayuntamiento de construir ciertas obras en la calle de la Gloria a cambio del terreno que ocupaba la ermita de la Candelaria.
La construcción del teatro comenzó poco después de la firma de la escritura en 1884, una vez demolido el viejo edificio. A un costo de 140 000 pesos del cuño español, el teatro fue encargado al ingeniero Herminio Leiva, contratista de obras. El adornista Matheoli tuvo a su cargo la decoración y las piezas esculpidas fueron obra de un tallista apellidado Bossi. La carpintería fue realizada por Pianca y Ruíz, carpinteros de renombre. Las cortinas de la escena fueron pintadas por el el escenógrafo Manuel Arias. Un ilustre pintor, Don Camilo Salaya, fue el realizador del hermosísimo cielo raso del teatro, en cuyo medallón central dejó representado al Genio, la Fama y la Historia. Los medallones exteriores, ocho en total, representan los bustos de la Avellaneda, de Echegaray, de Calderón, de López de Ayala, de Tirso de Molina, de Hartzembusch, de Lope de Vega y de Moratin. Para el vestíbulo de entrada, habían sido encargados dos bustos esculpidos en mármol, uno de Calderón de la Barca y el otro de Echegaray.

El teatro “La Caridad” fue inaugurado el 8 de septiembre de 1885, día en que se celebra a la Virgen de la Caridad, patrona de Cuba. Les hago descubrir el teatro con mis viejas tarjetas blanquinegras y las fotos más actuales, seguro que les harán recordar una función sabatina sentados en su platea o en la algarabía de su gallinero, durante los festivales de estudiantes, les dice algo eso?, o un concierto a las cinco de la tarde para escapar de la modorra del domingo! ©cAc

dimanche 9 novembre 2008

Colegios San Pedro Nolasco y Santa Rosalía


Entre las primeras obras de Marta Abreu secundada por sus hermanas, se cuentan los dos colegios fundados en la calle que hoy conocemos como Máximo Gómez (antes se llamó Calle Nueva, Provincial, Carmen y antes que Máximo Gómez, a alguien se le ocurrió nombrarla Weyler, apellido tristemente célebre por haberse llamado así la “reconcentración” de la población campesina en los pueblos ocupados por las tropas españolas, en 1896).
El primero fue San Pedro Nolasco, en la propia casa paterna de los Abreu, cedida por el padre con el objetivo de enseñar a los niños de la villa.

 


Puerta cochera de la antigua casa solariega de los Abreu, hoy entrada del Restaurante Colonial 1878.

El segundo colegio se llamó Santa Rosalía, y según lo dispuesto en el testamento de Doña Rosalía Arencibia, con el fin de educar a las niñas. La institución se erigió en el terreno donde en 1696, la villa tenía su cuartel de bomberos y que una tarja colocada en 1996 nos lo recuerda.
 En la tarja colocada en este colegio puede leerse:

SANTA ROSALÍA
ESCUELA GRATUITA PARA NIÑAS POBRES,
MANDADA A FUNDAR POR
Da ROSALÍA ARENCIBIA DE ABREU
Y SOSTENIDA POR SUS HIJAS
1984


Años más tarde, el inmueble fue convertido en Academia de Pintura y Bellas Artes y la construcción, en los años 1980, de la escuela vocacional de arte (EVA) en terrenos periurbanos de Santa Clara, trajo consigo la desaparición de la Academia, de la cual sólo queda una parte de su tarja entre la puerta principal y la primera ventana de la derecha. El ya deteriorado inmueble, sin techos y sus muros interiores destruidos, acogió durante un tiempo las veladas sabatinas del “Mejunje”, una cruzada a vocación cultural emprendida por el actor y dramaturgo Ramón Silverio. De la noche a la mañana, el espacio cultural dejó de ser huésped de esos muros y el vetusto inmueble se convirtió en parqueo de bicicletas. Actualmente está cerrado completamente. ©cAc

lundi 3 novembre 2008

Devanture: escaparates y vitrinas?


Hace algunos años tuve la suerte de rescatar una buena cantidad de fotos y tarjetas postales de la ciudad de Santa Clara en la década del veinte y del treinta. Las tarjetas en negro y blanco son elocuentes. El paisaje urbano ciertamente ha evolucionado pero logra uno constatar que es la misma ciudad de Marta noventa años después. La misma? No precisamente en un sinnúmero de detalles y por ello quiero comentar en lo adelante algunos de estos cambios.
Observando las fachadas de ciertos inmuebles pude apreciar una similitud en la manera de presentar las fachadas a vocación comercial como uno puede apreciar en pueblos y ciudades de Europa. En Francia, los escaparates y vitrinas de comercios están sujetos a normas a través de los cuales, deben insertarse en la composición arquitectural de las fachadas, de una manera armoniosa, sin ocultar ni disfrazar el estilo en el que fueron construidas, es decir, las normas para la concepción de la “devanture”.
En esta foto se puede apreciar dos “devantures” contiguas en la planta baja de un inmueble. Se trata del Hotel Central, construido en 1929. A la izquierda, la entrada del hotel, concebida como una “devanture” en aplique, donde se utilizaron maderas de alta calidad, y cristalería para valorizar el vestíbulo. A la derecha, el Café Central, abierto hacia el exterior, en armonía con la altura dada a la “devanture” del hotel, pero en lugar de maderas, se privilegió soportes en metal, es decir, columnas finas en hierro y a todo lo ancho tres tableros separados a la distancia de las columnas, formados por un conjunto de pequeños vitrales en cristal de opalina.



En esta foto más actual, se puede apreciar, detrás de las columnas, las “devantures” de la planta baja del edificio. Del Café Central sólo se mantienen, por su solidez, las columnas en hierro forjado, y entre ellas, estructuras de aluminio y vidrieras, las inferiores a todo lo ancho del espacio entre las columnas, y encima, ventanas con persianas de cristal. El hotel perdió todo su encanto con la desaparición de su “devanture” en aplique, y el vestíbulo quedó dividido en dos partes, ambas engarzadas a través de una estrutura también de aluminio, con una entrada al “hotel” y del otro lado, la puerta de entrada a un banco de la entidad BPA.
En la foto que les muestro a continuación, quiero que aprecien a la derecha, la “devanture” de una tienda en la calle Luis Estévez. El comercio, dedicado a colchonería y venta de muebles, es un ejemplo notable de lo que fueron las fachadas de los comercios en Cuba, y aunque Santa Clara no fue virtuosa por sus escaparates, me permito hacer alusión al mismo. Por mucho que he buscado en mis archivos, no encuentro la foto que tomé de lo que es hoy la que fue, según puede leerse en la enseña de neón de la época, “la mayor colchonería de Cuba”. El comercio desapareció un día, y el local se lo comparten una familia que reside y una posta de la PNR. Evidentemente, la “devanture” en aplique de maderas y vidrieras ya no existe. Como siempre, la solidez de las columnas así como los tableros superiores con vidrios, han soportado los embates del tiempo y de los interventores.













Observen las normas de esta fachada comercial realizada al final de la década del 1920 y su correspondencia con las normas de la “devanture” como lo reglamenta el plan local de urbanismo aprobado para Paris en el 2006 y vigente en la actualidad.