dimanche 21 décembre 2008

La Virgen del Camino de Sta Clara


Fue durante la estación de lluvias o acababa de pasar una tormenta tropical. No lo recuerdo bien. Todos los arroyos y cañadas crecieron y vertieron sus aguas en los escuálidos y sucios Bélico y Cubanicay. Un arroyuelo que alimenta al Cubanicay y apenas visible la mayor parte del año, se salió de su cauce y fue lavando piedras y sacando a flote y arrastrando todo lo que a su paso se interponía. Pero la corriente no le permitió arrastrar una mole blanca de velos y curvas. La crecida obligó a muchos a desviarse de su trayecto cotidiano. El cielo comenzaba a despejarse después de un temporal sostenido. La lluvia cesó de golpe, como es habitual, y la vida continuó su ritmo de antes. El paso sobre la cañada, que utilizaban los que iban a correr a la pista del Campo Sport, había desaparecido. Pero eso no fue obstáculo para los muchachos que saltando de piedra en piedra, no recularon ante el « desastre » y abrieron otro paso. Uno de ellos gritó que había descubierto una piedra de mármol y otro aseguró que habían otras piedras blancas. Hasta que uno comprendió que no eran piedras ni cantos sino trozos de una estatua. Corrían los años 80. Los muchachos hicieron saber lo que habían descubierto y el rumor se expandió por toda Santa Clara. La crecida habia desenterrado la estatua de la Virgen del Camino, « depositada » allí luego de haber sido quitada de su sitio original, en los meses que siguieron a la toma del poder por la caravana revolucionaria. No tengo idea del papeleo eclesiástico ni de la burocracia administrativa que hubo de llevar a cabo la estatua troceada para enmendarse y ocupar el sitio quer ocupa en la Catedral de Santa Clara. En todo caso, no logró volver a la pequeña rotonda desde donde daba la bienvenida a todos los que entraban a Santa Clara viniendo por la carretera Central desde el occidente de la Isla. ©cAc

samedi 20 décembre 2008

El puente de la Cruz / puente del Minero


Llamóse puente del Minero el que daba paso al camino de Remedios. La entrada a Gloriosa fue nombrada calle de la Soledad. El paso sobre el Monte iba evolucionando sin llegar a ser un verdadero puente. El paraje aledaño, puro monte, que la humedad del río convertía en lujuriosa vegetación. Y en el paraje, los vecinos que se instalaban, descubrieron una rústica cruz de madera enterrada en la tierra. Alrededor de la cruz, la imaginación popular tejió una leyenda matizada de amor, celos familiares y crimen pasional. Se esfumaba el siglo dieciocho. La religiosidad de la villa alimentaba la leyenda y la cruz fue colocada a la izquierda del río en la dirección de su corriente. El puente del Minero siguió llamándose como tal y los años comenzaron a pasar vertiginosamente. El puente que daba acceso a la villa, y que era la salida para Remedios comenzó a necesitar trabajos y mejoras. No fue hasta 1861 que se planteó la construcción de un puente mucho más sólido. Y también fue el momento para darle importancia a la cruz de madera, origen de una leyenda que ya estaba escrita en los anales de Gloriosa. Junto con el puente fue autorizada la colocación de una cruz, costeada por un comerciante de origen catalán, nombrado Martin Camps. Un año más tarde fue inaugurado el puente que las autoridades coloniales bautizaron como “Isabel II”. La cruz fue colocada a la derecha antes de cruzar el puente, en dirección al Cayo. En efecto, con la fundación de Caibarién en 1841, el camino de Remedios fue cayendo en desuso y suplantado por el camino del Cayo, en referencia a Cayo Barién. La calle de la Soledad, que comenzaba en el puente, fue nombrada entonces calle de Santa Elena.
El monumento de la cruz, fue más resistente a las crecidas que el puente “Isabel II” al que todos llamaban puente de la Cruz. Temporales y crecidas fueron obrando la fundación del puente y una de ellas, en la década de 1890, lo deterioró con fuerza.

El ayuntamiento de la ciudad acometió trabajos y planteó un presupuesto para la construcción de un nuevo puente sobre el Monte, rebautizado Cubanicay. Y la mitad del costo del mismo fue donada por Marta Abreu. Casi olvidada la reina, la Cruz no cedió paso a otro nombre, y cuando el nuevo puente fue inaugurado en 1895, no hubo espacio para otro apelativo que aquel por el que lo conocía la población. Fue en esta ocasión que desapareció Santa Elena y la calle fue nombrada Maura. Del mismo lado del monumento, y entrando a la ciudad, nace hacia la izquierda una calle que también fue bautizada “de la Cruz”. En 1864 fue fundado el pueblo de Camajuaní. El camino del Cayo fue ganando en pavimento y al convertirse en una vía mucho más segura lo llamaron carretera de Camajuaní.

La Cruz fue dañada en 1921 y un año más tarde fue repuesta. La nueva cruz fue costeada por el doctor Pedro Camps y Camps, hijo de Martín Camps, que hubiera hecho traer de Barcelona la primera cruz instalada. La solidez del puente vio pasar no pocas crecidas y durante setenta y cuatro años, la cruz no tembló en su pedestal.

Tarjeta del Puente de la Cruz de principios de 1930. Nótese que la balaustrada sobre tierra firme continuaba hasta la primera vivienda de la acera izquierda de la calle de la Cruz. La torre pertenece al aserrío de madera construido en la margen del Cubanicay
El puente inaugurado en 1895 fue construido como una sólida obra de ingeniería. El paso superior, de poca altura, descansa sobre dos pedestales de ladrillos que forman tres arcadas, una situada en el centro del río y las dos otras abrazan las márgenes. A uno y otro lado del puente, una baranda de balaustres y sobre la baranda, a intervalos, columnas estriadas cuyo pedestal fue concebido para la colocar lámparas conectadas al alumbrado público.
Del lado urbano, las casas de la calle Independencia llegan casi a la orilla del Cubanicay, pero el espacio verde entre el río y los vecinos de la calle de la Cruz es mucho más importante y pudiera reordenarse para aprovecharlo como un espacio público más atractivo, antes que el vecindario siga extendiéndose con el objetivo de ganar terreno. Las instalaciones del aserradero ya no existen.
En la primera mitad del siglo XX, al final del puente buscando la salida de la ciudad, fue contruido un inmueble de tres niveles y detrás, lindando con la margen derecha del Cubanicay, fue construida una colchonería, que sigue funcionando actualmente, pero de manera muy primitiva y sólo como reparadora de colchones. El edificio fue construido para comercio en su planta baja (creo que existe una carnicería en uno de sus locales) y como viviendas, en los dos pisos superiores.

La cólera y los vientos que provocó el huracán Lily a su paso por Santa Clara en 1996, deterioraron la cruz. Una vez restaurada, la cruz fue reinstalada en 1997.©cAc
    
Dos fotos tomadas en 2005. Apenas se ve la diferencia, sin embargo en el lapso de nueve meses, las farolas situadas sobre las columnas usadas como soporte, fueron remplazadas.

Vista del puente desde el edificio. La flecha indica el sentido obligatorio de la calle Independencia. Del otro lado, un espacio verde a manera de “parque” separado por un muro de celocías de las viviendas colindantes. Al fondo, la torre campanario de la iglesia del Buenviaje.

vendredi 19 décembre 2008

El puente del Minero



Hay que remontarse al siglo XVII, cuando fue fundada Gloriosa Santa Clara. Los vecinos que abandonaron la ya centenaria villa de San Juan de los Remedios, buscando seguridad y mejores tierras que las que circundan el pueblo, hicieron el camino al oeste y sin necesidad de conquistar mucho decidieron poner fin a la epopeya cuando fatigados descubrieron un paraje fértil.
Ahora bien, y por qué sitio de la ciudad de Santa Clara entraron los remedianos exhaustos? Todo parece indicar que el camino que fueron abriendo es casi el mismo que une Remedios con la Santa Clara actual. Indudablemente, poco antes de instalarse en el claro de Los Orejanos, encontraron un río (en el camino ya habían cruzado otros), el cual bordearon siguiendo la corriente, y apresurados por levantar campamento, lo atravesaron como pudieron, y al andar un poco más, se tropezaron de nuevo con el río, que no era el mismo, sino otro, que luego descubrieron era de caudal más importante.
Sin embargo, lo que nos interesa es el puente del Minero. Y es justamente el sitio a donde llegaron los remedianos antes de fundar Santa Clara. Era la parte donde el río haciendo una curva, atravesaba una sabana, más fácil de cruzar que por el monte donde lo habían hecho. La decisión de fundar un asiento ya estaba tomada, pero eso no impedía que volvieran y que mantuvieran el contacto con los que habían quedado en la villa. Los primeros en volver a Remedios, hicieron el mismo camino de vuelta, tomando como punto de partida, allí, donde el río atravesaba un claro.
A medida que aumentaron las idas y venidas entre Gloriosa Santa Clara y Remedios, el paso del río por el claro fue en aumento y el lugar se convirtió en puente. Los recién llegados y los que se fueron uniendo a los fundadores, comenzaron a llamar Monte al río que se les interpuso antes de fundar Gloriosa.
El paso del Monte se convirtió poco a poco en el puente del Minero (el hecho de llamársele así tiene también su historia), y el camino que en él comenzaba, el camino de Remedios. ©cAc

mercredi 10 décembre 2008

Escuela "La Trinidad", otra obra de Marta Abreu


La esclavitud se mantuvo en Cuba hasta casi al final del siglo XIX, y por la época en que Marta Abreu se empeñaba en hacer llegar la instrucción a la infancia humilde de su ciudad, las diferencias raciales estaban bien enraizadas. Marta no podía ella sola cambiar un sistema de desigualdad racial, y por los apuntes y conocimientos que tenemos de su vida personal, sabemos que para ella, la raza no existía, y consagraba sus obras a los pobres todos sin distinción de color. Pero la sociedad estaba profundamente dividida. Los colegios abiertos por el legado de sus padres, San Pedro Nolasco y Santa Rosalía, admitían solamente a los niños pobres de piel blanca. Para sobrepasar este fenómeno social, Marta abrió un colegio en un inmueble de su propiedad en la calle San Agustín, en la cuadra marcada entre la calle de Santa Clara y la de San Cristóbal. El colegio, nombrado “La Trinidad”, acogía a los niños de piel negra. La mantención de esta escuela, se hacía con los ingresos personales de Marta, obtenidos del alquiler que rendían dos casas de su propiedad, situadas no lejos, en la calle de Sancti Spíritus. ©cAc

dimanche 7 décembre 2008

S G M

Las tres letras del título son casi desconocidas para los santaclareños más jóvenes. SGM, inscritas en relieve en la chapa que une el cuadrante de los tragaluces de las ventanas del inmueble que se levanta en la esquina de San Cristóbal y Juan Bruno Zayas, en la ciudad del Bélico, son las siglas de la Sociedad Gran Maceo. La sociedad acogía en su recinto a los hombres y mujeres de color, más preciso aún, a los mulatos de la sociedad santaclareña. Y se llamaba así, Gran Maceo, porque mulato era el más intrépido de nuestros caudillos independentistas.

La sociedad cerró sus puertas después de 1959 y el edificio pertenece actualmente a la dirección de deportes de Villaclara.

jeudi 4 décembre 2008

Barbara, Santa, calle y callejon

Desde que amanece diciembre cuatro, el rojo se distingue como color de la jornada. Un color ausente de distinción partidista, simplemente una elección hecha por devoción a Santa Bárbara, Changó o Shangó en el panteón yoruba de la Isla. En efecto, el rojo es el color de éste orisha mayor que es Dios del fuego, del rayo y de los truenos, y se le reconoce como Dios de la guerra y de los tambores, y por ello, patrón de los guerreros y también de las tempestades. Es un santo alegre, al que le gusta el baile, la música, y aunque representa buena cantidad de virtudes e imperfecciones humanas, se le atribuye virilidad y hermosura. Shangó disfruta al mentir, se jacta de ser quien es, ama la pelea y adora el juego. Tiene diversos atributos, el hacha de doble filo, el caballo, los cuernos del toro, el tambor batá, pero se le conoce sobretodo por la espada y la copa. En los sacrificios se le ofrecen gallos colorados y claros, pavos, carneros, toros y tortugas. Shangó es venerado en África, en Brasil y por una buena cantidad de cubanos.

Les muestro un altar y una pintura mural de Santa Bárbara, pertenecientes a la difunta Zoila Rosa Oliva, una de las más respetadas sacerdotisas que tuvo Santa Clara y cuya casa y capilla personal se mantienen en el barrio Condado de la ciudad del Bélico.

Shangó. Ilustración de Lawrence Zúñiga.


Benitero o pila para agua bendita en madera, trabajada en oro viejo con una imagen de Santa Bárbara (19cms de alto x 8 de ancho). Colección de beniteros del autor.


La calle de Santa Bárbara, que es callejón para los santaclareños, nace en la de Villuendas (antigua San José) y desciende suavemente al oeste hasta morir en la margen derecha del Bélico.

La esquina de Juan Bruno Zayas y Santa Bárbara, hace parte del pequeñísimo “barrio chino” de Santa Clara. Vean ustedes las cuatro esquinas en las siguientes dos fotos. A la izquierda, la casa de la familia De la Torre, cuya construcción data de la colonia. A pesar de sucesivas remodelaciones interiores, los muros exteriores no han sufrido transformaciones, aunque es evidente el deterioro de las ventanas y puertas-ventanas. Cruzando la calle, también a la izquierda, nos encontramos un vetusto inmueble colonial, que bien valdría una profunda transformación antes que desapareciera. El edificio, convertido en cuartería, está ocupado por diferentes familias cuyos intereses individuales priman ante el interés de recuperar un pedazo del patrimonio urbano. Frente al edificio colonial, un inmueble Art déco, que por ser más reciente y por su solidez constructiva, el tiempo y los caníbales del patrimonio no han podido ensañarse totalmente con él. Cierto, la humedad, la falta de mantenimiento, y la utilización de pinturas de mala calidad no han ayudado a sus muros. No obstante, las transformaciones son evidentes. Enrejados de cabillas en las ventanas de la planta alta, así como la transformación de las puertas de la planta baja, agreden su arquitectura. Un edificio superpoblado. La necesidad de solucionar problemas de espacio es una de las causas que provocan esas tristes transformaciones, cuando las familias que lo habitan, construyen entrepisos y barbacoas que no pasan inadvertidas para los que transitan por el lugar.
La otra esquina, fue un inmueble colonial que el tiempo y el abandono se encargaron de convertirlo en un célebre vertedero de los vecinos y de los pasantes. Triste final para lo que fue un típico edificio que pudiera testimoniar del pasado arquitectural de la ciudad.
De estas cuatro esquinas, y de su entorno, volveremos a comentar. Ahora, a ustedes de hacer el vuestro.  ©cAc

lundi 1 décembre 2008

El tercer edificio religioso de Gloriosa Santa Clara

Estando el obispo Gerónimo Valdés de visita en Gloriosa Santa Clara, a mitad de junio de 1707, concedió la licencia que permitiría la construcción de la ermita del Buenviaje. La ermita que promovieron Antonio Salgado, Domingo Quila, Francisco Moya, Manuel Antunes y Francisco Hurtado, fue el tercer edificio religioso levantado en Gloriosa, y bendecido en su apertura cuando comenzaba 1719. El edificio original se construyó con pesados horcones cortados en las inmediaciones del villorrío, cubiertos de tablas de palma y como techo, pencas de guano. Así se mantuvo durante cuarenta y tres años, al cabo de los cuales fue reconstruido con mampostería y tejas. La reconstrucción que duró desde 1762 hasta 1765 contó con el vigor del Padre Conyedo que veló hasta que fue colocado el techo del templo.
Pasó más de una centuria, y durante ese tiempo, la ermita fue arruinándose casi hasta desaparecer. Templo y camposanto se mezclaron y ante la aparición de restos humanos antiguamente enterrados, religiosos y pueblo se preguntaron qué hacer sin mucha respuesta de las autoridades. La ermita pasó a cargo de los Pasionistas y con el entusiasmo y aporte de Marta Abreu, se abrió una puerta a la no destrucción del edificio. La ermita fue reconstruida y se edificó además, en el terreno anexo, el Convento de la Comunidad, obra que beneficiaba al barrio con un colegio y que mantenía un lugar de culto.
La ermita volvió a sufrir transformaciones para su mejoramiento y se convirtió en Nuestra Señora del Buenviaje.
La iglesia, que ocupa la esquina de la calle del Buenviaje y de la calle Unión, tiene su entrada por ésta última. Colindante a la iglesia, el Arzobispado de Santa Clara. ©cAc

Dispensario "El Amparo"

Tiempo hacía que en el pensamiento de Marta Abreu rondaba la idea de crear un dispensario. Una noche decembrina de 1894, se encontraba reunido el “Cuerpo Médico” de la ciudad de Santa Clara y entre otros temas, surgió el de la necesidad de crear un dispensario donde pudiera tratarse a los enfermos sin recursos. Los doctores Rafael Tristá y Eugenio cuesta, personalidades familiares a Marta, se contaban entre los presentes, y lo hicieron saber a la benefactora. Marta, deseosa de llevar adelante el proyecto, no vaciló ante la oportunidad y aprovechando una visita de Tristá a La Habana, le hizo saber que ella se encargaría de costear cuanto fuera necesario. El dispensario vio la luz y el cuerpo médico acordó honorablemente darle el nombre de la patricia, que enterada se negó a dicho honor, y propuso el nombre con el cual fue bautizado, “El Amparo”. El dispensario, dotado de equipamiento quirúrgico y la infraestructura necesaria, abrió sus puertas en la calle San José actual Villuendas. Una tarja fue desvelada en su inauguración, y decía:
“El Amparo, Dispensario para niños pobres instalado por la Sra. Doña Marta Abreu de Estévez: fundado y dirigido por el Cuerpo-Médico-Farmacéutico de esta Ciudad y sostenido por el I. Ayuntamiento y la Caridad pública. 1895”.
Si la fuerza ejecutora de Marta Abreu era como un torbellino que protegía a los pobres de su ciudad, no puede olvidarse a una figura que fue aliento y sostén en cada obra de Marta: el doctor Rafael Tristá, virtuoso santaclareño que fue el alma del quehacer cotidiano del dispensario. Tanto Marta como él tenían como divisa para su obra “todo por el desvalido”.

El dispensario se pierde en el recuerdo de las personas más ancianas que he contactado y que hubieran podido contarme historias desconocidas para mi. Desgraciadamente la memoria colectiva a veces flaquea y se pierde en los meandros del olvido. Me gustaría saber si todavía existe el mármol que recuerda al Dr.Tristá y su retrato, y que estaban colocados en el zócalo del edificio. El dispensario desapareció, mucho antes de lo que ustedes puedan pensar, en su lugar, se levanta hoy un edificio que alberga a la empresa telefónica, conocida como ETECSA (Empresa Telefónica de Cuba S. A.).©cAc

samedi 29 novembre 2008

Mutilaciones y maquillaje: de Planta a Empresa, pasando por Compañía

Es harto conocido, el delirio que tienen los hombres por construir, reconstruir y destruir. Desgraciadamente, no siempre logrando buenos resultados aunque las intenciones hayan querido ser las mejores y sin pensar en los que “vienen detrás”, que nos convertimos en generaciones orfelinas de un patrimonio echado por la borda. Después de haberles presentado cómo apareció el alumbrado público en Santa Clara, me topé unas fotos más recientes del edificio concebido como sede de la planta eléctrica y me pareció interesante compartir lo que pude constatar comparándolas con las viejas imágenes del edificio original. Veamos.
 
De la Planta Eléctrica inaugurada en 1895 nos queda esta tarjeta para el recuerdo, felizmente. A la izquierda de la fábrica, una confortable casa, yo diría campestre, si tenemos en cuenta que la antigua calle de Los Huesitos, en el extremo norte, era todavía en ese final de siglo, las “afueras” de la ciudad. Entre la casa y la Planta, un poco más al fondo, la torre chimenea toda de ladrillos rojizos.

Apenas tres décadas más tarde, la fachada principal de la Planta, con su frontón triangular y su techo de dos aguas había desaparecido. El edificio se vio aumentado de un nivel, cuya parte alta de líneas rectas y cornisa corrida, fue coronada por un ornamento con una tarja alegórica a la construcción original, se construyó un portal sobre cuyo techo sostenido por cuatro columnas imitando el orden corintio permitió la instalación de una terraza accesible desde la pieza de arriba, protegida por una baranda de balaustres y para confort de la misma, se le agregó un techo inclinado que naciendo debajo de la cornisa se sostenía sobre cuatro delgadas columnas de hierro. Los laterales del techo fueron cubiertos por un trabajo de carpintería que permitía que entrara la luz y el fresco. En la reconstrucción, el muro alrededor fue mantenido, compuesto por columnas enlazadas por rejas forjadas y la entrada principal se distinguía por dos columnas más altas que como todas, piramidales, sostenían una pieza redonda.
 
Desde la foto anterior a esta, hemos atravesado el siglo, y la Planta transformada su parte delantera en casona ha ido envejeciendo hasta convertirse en un viejo caserón. Fuerzas más o menos desastrosas se encapricharon en que su techo fragilizado volara una tarde aciclonada y otros ciclones humanos en lugar de mantener su muro soplaron con toda su fuerza para desaparecerlo. Un nuevo muro austero y falto de gusto remplazó el original. La torre chimenea se desmoronó en ladrillos y entre los dos inmuebles fue construido un edificio de dos plantas, aberrante, para hacer oficio de oficina comercial de la empresa eléctrica (construcción de la izquierda). A la derecha, nótense otros inmuebles, en primer plano, un local anexo construido a principios del veinte y adosado, en segundo plano, un local, de techo bajo, de “placa” a vocación de almacén u oficina. Y si observa con detenimiento, descubrirá las viviendas del Carmen que cuelgan al Bélico y los árboles de sus márgenes, porque justamente, el fondo de la Planta Eléctrica daba al río.
Maquillado con cales amarillas que imitaban el color de la última verdadera pintura que lo cubrió y maltratado por la humedad, amaneció así vestido para el nuevo milenio.
 
En el primer lustro del milenio, el edificio sacudió el polvo amarillo de la cal y optó por arroparse de un azul impreciso en esa pintura más duradera que llaman “de acetato”. Las oficinas comerciales siguen a la derecha, y el caserón alberga las oficinas de la Empresa Eléctrica. En la foto de la izquierda, al fondo de la Planta, un muro fue construido en bloques de 20, alto de casi dos metros, detrás, el verde ha ido en aumento, y eso al menos regocija. En la foto de la derecha, nótese igualmente que se ha invertido en transformar el local anexo, construyendo un techo de placa debajo de su cobertura original e incrustándole esas ventanas de persianas que desaparecen en la enorme fachada. Placa y local caluroso van de par, y bienvenido el aire acondicionado...


Para terminar con todas estas recriminaciones los invito a acercarse a la parte superior de la fachada del edificio de la Empresa Eléctrica de Santa Clara. La humedad sigue carcomiendo sus muros, y la lluvia se filtra por la cornisa, los balaustres siguen faltando, y no se tuvieron en cuenta en el momento de la “restauración”, como tampoco la marca del techo sobre la terraza. El azul se evapora con el tiempo y las ventanas de época peligran. No perdamos de vista ese pedazo de historia urbana. ©cAc

vendredi 28 novembre 2008

Una Planta Eléctrica para alumbrar Sta Clara

Santa Clara se alumbraba todavía con lámparas de gas a inicios de la última década del siglo XIX. Comenzando 1894, Marta Abreu se afana por poner a su ciudad entre aquellas que iban en pos de la modernidad y para ello comenzó las gestiones que a ese fin eran necesarias. En mayo de ese mismo año se iniciaron los trabajos de construcción del inmueble que albergaría las instalaciones de la Planta Eléctrica de Santa Clara. Los trabajos de ingeniería fueron obra de Juan Tatjer y Riqué. La herramentería, calderas y dinamos, fueron comprados en Francia y en Inglaterra. Para los trabajos de instalación, Marta llegó a Santa Clara, acompañada de un ingeniero francés experto en dichas instalaciones.
La Planta Eléctrica se edificó hacia el norte, al comienzo de la calle Juan Bautista hoy Luís Estévez, frente a la estación de trenes.
La inauguración, prevista para finales de febrero de 1895, estaba ajena al levantamiento en armas que devendría la guerra de 1895. El corojo, retomando la frase de Antonio Maceo, se rompió el 24 de febrero, la capital de Las Villas vivía momentos convulsos y muchos de sus hijos se unían a las fuerzas independentistas, sin embargo, la inauguración y festejos no se suspendieron. Todo bullía en la plaza y alrededor de ella. Una torre Eiffel fue construida en el centro y engalanada con flores. Se levantaron arcos de triunfo en sitios céntricos de la ciudad, privilegiando las calles de entrada a la plaza. Los pueblos de Las Villas quisieron participar en los festejos y dieciseis escudos de esas poblaciones fueron colocados alrededor del parque.
Toda la ciudad estaba engalanada y los actos, a pesar del clima tenso que se vivía, siguieron el programa previsto. Vale recordar que en Santa Clara tenía cuartel el regimiento español Alfonso XIII, cuyos jefes y oficiales habían preparado una serenata en honor a Marta, en el colegio San Pedro Nolasco. Los altos grados del Regimiento seguían la celebración con reserva.

La Planta fue inaugurada en los momentos en que la pólvora y el ruido de la artillería rodaba por los campos orientales de la isla. Era la última tarde de febrero, con una ligera brisa invernal y un sol agradecido. Las bandas de música del regimiento y de los bomberos, no cesaban de tocar la Marcha Real, quizás por última vez, y sólo para hacer constancia de que la dominación española no había terminado. En la sala de máquinas fue colocado un altar delante del cual, la planta fue bendecida por el Padre Alberto Chao. Marta se encargó de repartir medallas de bronce que commemoraban la llegada de la electricidad a la ciudad del Bélico.

Evidentemente, una obra de esa amplitud en una colonia mal amada y cuyos hijos se preparaban para hacerla independiente, no podía ser ni impulsada ni administrada de manera inestable. La propiedad de la misma fue mantenida en manos de Marta Abreu, y tampoco eso impidió que la empresa fuera un fracaso. Si de una parte, la generosidad de la propietaria fue siempre en aumento, la ambición de los que supieron explotar el recurso, contribuyó a pérdidas cuantiosas por los gastos que requería la planta, y por el déficit que engendraba. No obstante, la planta de electricidad no paró, y Marta, desde Paris, donde se instaló con su familia en junio de 1895, veló porque su obra de luz no se convirtiera en tenebrosa empresa. ©cAc
Vista del frente de la Planta Eléctrica a finales de la década del 1920.

jeudi 27 novembre 2008

El segundo benefactor de Santa Clara: Hurtado de Mendoza

Ya Santa Clara beneficiaba de las virtudes de constructor del Padre Conyedo cuando nació en 1724 quien sería su discípulo. Corría octubre cuando a Don Juan Hurtado de Mendoza y a Doña María Veitía les nació un niño al que llamaron Francisco Antonio. Creció en el pueblo que aún no llegaba a ocupar todo los terrenos entre sus dos ríos y recibió instrucción primero en la villa y luego en la capital. En La Habana recibió las órdenes en 1748 y volvió a su terruño donde fue nombrado cura en 1761.
Hacia 1766, el Cabildo había iniciado la construcción del hospital de San Lázaro, y el Padre Hurtado de Mendoza se encargó de llevarlo adelante con el fin de construir un asilo de caridad.
Aunque siguió llamándosele Padre Hurtado, el sacerdote renunció a las órdenes en 1769. No obstante, prestó toda su ayuda para el término de otra ermita que vio la luz en 1792, la ermita llamada de La Pastora, en un barrio en esa época alejado de la plaza Mayor y que los vecinos llamaban Parroquia.
Apasionado de la enseñanza a ella dedicó todos sus esfuerzos y economías. En 1794, fundó la escuela para niños “Nuestra Señora de los Dolores”. El Padre Hurtado fue el gestor de la obra de instrucción y educativa de la escuela por la que pasaron y se formaron muchas generaciones de santaclareños, la “Escuela Pía”. El edificio, de grandes proporciones, lo edificó a sus espensas y a él consignó gran parte de sus rentas. Cuanto hizo, fue para que la escuela subsistiera y nada faltara. Programas de estudio, las reglas de orden interior, la manera de obtener fondos para su fomento, y el mantenimiento del edificio fueron una constante en la vida del institutor, que no perdió un minuto para su atención y cuidado. Muy enfermo y casi en los albores de su partida, Hurtado de Mendoza continuó visitando el instituto que había fundado. El hombre, virtuoso por sus ideas progresistas de la instrucción, murió un día invernal de marzo de 1803.
Primero fue Conyedo, y luego Hurtado de Mendoza. Dos hombres que inspiraron la conducta que siguió años más tarde, Marta Abreu, quien, para perpetuar la memoria de los dos benefactores, hizo suya la iniciativa popular de levantarles a ambos un monumento para toda la vida.
El Obelisco a la memoria del Padre Conyedo y de D. Hurtado de Mendoza fue costeado por el pueblo de Santa Clara, y la mitad de su costo fue contribución de Marta Abreu. El monumento, alto de 9.14 metros y de un peso de diez y siete toneladas, es de garnito gris de Boston y fue construido en Filadelfia bajo la dirección de Tomás Ricart. Como pueden ver, el monumento está protegido por ocho pilares de granito rojo pulido unidos por dieciseis piezas forjadas en hierro y bronce.

Fue desvelado al público el 15 de julio de 1886 y en su tarja está inscrito:

“A la imperecedora memoria de los virtuosos sacerdotes e insignes patriotas D. Juan Martín de Conyedo y D. Francisco Hurtado de Maendoza.

Dedica este monumento la gratitud del pueblo de Santa Clara – 1886.”

Un párroco casi desconocido:el Padre Conyedo

No sólo de muros y piedras quiero escribir, también quiero presentarles a todos aquellos personajes, que han hecho parte de la historia local de Santa Clara y de la provincia, aportando mucha o poca gloria, pero aportando historia.
En octubre de 1687, nacía en la villa de San Juan de los Remedios, un varón que nombraron Juan como el padre, apellidado Conyedo y de Juana Manuela Rodríguez de Arciniega. El niño junto a sus padres, dejó Remedios durante el verano de 1689, en aquel desplazamiento de unos cincuenta kilómetros tierra adentro y que terminó con la fundación de Gloriosa Santa Clara. Juan creció en el villorrío que nacía y allí comenzó su primera educación. Pero la villa no contaba con medios ni instituciones para preparar a su juventud, y Juan fue enviado a La Habana para seguir estudios eclesiásticos. A los 25 años, el joven remediano volvió a su villa adoptiva como sacerdote y con grado de licenciado en estudios canónicos. Corría marzo de 1712. Una vez reinstalado en Gloriosa Santa Clara, Juan de Conyedo comienza su obra educativa. Sin tener en cuenta la diferencia de sexo, agrupó en una sola clase de primaria a todos los niños y niñas de la villa y consagró buena parte de su tiempo a la instrucción de los mismos. Dos meses más tarde fue designado sacristán mayor interino de la Iglesia Parroquial. En 1717, fue convertido en teniente cura de la Parroquial. Si el tiempo era corto para su ministerio, no lo era para continuar su trabajo de instrucción a los hijos de familias desfavorecidas. Nuevos cargos y ocupaciones hubo de ocupar el sacerdote Juan, y en 1718 además de Cura Rector, lo hicieron Juez Eclesiástico. Juan de Conyedo comenzó a ser reconocido como el Padre Conyedo.
De sus propios medios, el cura decidió en 1717, mejorar el primitivo edificio de la ermita de la Candelaria, cuyas paredes eran de tablas y su techo de paja. Las obras, supervisadas por él mismo, comenzaron en 1718 y la nueva ermita, ahora con sus paredes de mampostería y sus techos en teja criolla, se convirtió en Nuestra Señora de la Candelaria.
La primera iglesia de la villa, que era la Iglesia Mayor o Parroquial, levantada de madera y guano en 1692, fue después de la ermita, la obra que el Padre Conyedo decidió acometer. Primero hizo construir una casa de mampostería y tejas a un costado de la iglesia Mayor para instalar en ella el hospital de caridad que resultaba chico en la ermita y destinar una parte a escuela de niños mixta. La reconstrucción de la iglesia parroquial Mayor comenzó en abril de 1725, luego que el Padre Conyedo vendiera una finca y un tejar de su propiedad para poder asumir los gastos. Terminados los trabajos de reconstrucción, el párroco, siempre persuadido que obraba por el bien, decidió dar la libertad a los cinco esclavos que habían servido a los trabajos tanto en la ermita como en la iglesia.
Por encomienda del ministerio, hubo de ausentarse el Padre Conyedo de su villa para fungir como canónigo en Santiago de Cuba. Dejó entonces su obra de magisterio a cargo de Don Manuel Hurtado de Mendoza y a Doña Águeda García. Dispuso que su casa propia, contigua a la ermita, sirviera de vivienda a los instructores y delegó el trabajo del hospicio en un esclavo de su confianza.
Su labor de canónigo en el oriente de la Isla terminó en 1743 y regresó a su villa del centro con ya casi 59 años. En 1744 propone la idea de construir una nueva ermita, que llamaría Nuestra Señora del Carmen.
Virtuoso, no pudo hacer más por los imperativos del tiempo y los recursos. El sacerdocio le inspiró engrandecer los edificios religiosos de Santa Clara y le dio brío a la instrucción y a la educación de los jóvenes de la villa.
Apenas comenzado 1761, el Padre Conyedo se apagó. Queda de su obra, la iglesia del Carmen, y a su memoria, el obelisco situado en el Parque Vidal y una calle al norte de la ciudad. La calle Conyedo, antigua calle de La Pólvora, nace en Unión, al este y termina en la iglesia del Carmen. Conyedo continuaba del otro lado de la plaza del Carmen, hasta el márgen derecho del Bélico, al oeste, pero este tramo de la calle fue rebautizado Padre Tudurí. ©cAc

Una ermita que duró sólo 287 años: La Candelaria.

Gloriosa Santa Clara había sido fundada en 1689. Se sabe, por viejos documentos que hemos encontrado, que la ermita de La Candelaria, ya existía en el año 1696, y que ocupaba una esquina de la plaza de la parroquia.
El Padre Conyedo se propuso hacer mejorías al templo que era de paja y madera y decidió reconstruirla hacia 1718. Las obras terminaron en 1724.
Los maestros de obra fueron los mismos que construyeron más tarde la Iglesia Mayor. La ermita se componía de una sola nave que tenía aproximadamente 16m de largo, 8m de ancho y la altura de su techo era de seis metros. Nunca tuvo torre, pero si campanario. Un campanario original, que estaba formado por cuatro horcones de jiquí, de una altura considerable. Los jiquíes, como era tradición, fueron localizados y cortados en el mismo pueblo.
En 1736 el lugar fue convertido en hospicio y para poder cumplir ese ministerio, el Padre Conyedo hizo venir dos frailes franciscanos (Frai Hilario Quiñones y Frai José Usaches). El hospicio requería una mayor fuerza de religiosos para mantenerlo en condiciones y considerando esta necesidad, surgió la idea de convertir la ermita en convento, lo cual fue autorizado por la orden de los fundadores. Para la conversión de la ermita en convento, fue solicitada la Real Licencia. La dicha licencia nunca fue recibida por los religiosos. Entre tanto el sistema constitucional de la metrópolis sufrió cambios y las licencias fueron suprimidas en febrero de 1823. Los nuevos cambios acontecidos en la gobernación trajeron consigo la restitución del templo a los frailes, y fue Frai Antonio Rodríguez quien tomó posesión del lugar en marzo de 1825.
El gobierno español de la península, habiendo adoptado nuevas disposiciones en 1841 respecto a las comunidades religiosas, las hizo extensivas a la isla de Cuba. La ermita, portadora del título “hospicio” fue cerrada y los objetos de culto, altares y mobiliario fueron trasladados a la administración de rentas.
Ocho años más tarde, en 1849, la ermita perdió todo carácter  religioso, convirtiéndose en cuartel. Una reconversión que hizo levantar voces en la sociedad santaclareña de la época, persuadidas de la importancia de conservar el edificio como monumento religioso de la ciudad. No pasaron dos años, cuando en 1851, el campanario fue desmontado. La ermita-cuartel se mantuvo en la esquina de la plaza hasta 1883, cuando el edificio fue demolido para en su lugar construir el teatro “La Caridad”. ©cAc