vendredi 19 juin 2015

Puente Ramiro Capablanca


Aprovecho que el Torneo Internacional “Capablanca in Memoriam” celebra su 50 edición en La Habana, para acercar Santa Clara a ese apellido de familia que el mundo del ajedrez venera. Y no precisamente mi crónica tiene que ver con José Raúl el ajedrecista sino con Ramiro, el abogado. Ramiro Capablanca Graupera fue el primer hijo del bayamés José María Capablanca y de la matancera María Graupera. Luego nacería el genio del ajedrez, José Raúl. Ramiro Capablanca, que fuera Miembro de la Asamblea Constituyente de 1940, fue Gobernador Provincial de Las Villas. El puente sobre el río Cubanicay en la calle Misioneros y que une el barrio del Hospital Viejo y el barrio de La Vigía, lleva su nombre. El puente fue una obra pública costeada por la municipalidad en 1947 siendo alcalde Juan Artiles López. Nada emblemático para la ciudad, el puente carece de gracia y gusto arquitectónico. Todo cementado, de acera peatonal estrecha por cada lado, la obra no debe haber sido costosa, teniendo en cuenta el poco ancho del curso de agua en ese punto. No tengo conocimiento de que el puente haya sido restaurado en algún momento. Las placas de bronce que nombran al puente están situadas en los extremos derechos antes de cruzar el río yendo hacia La Vigía o yendo hacia el hospital. Me pregunto si tuvo alumbrado público y me lo hace pensar la gruesa base situada en la baranda cementada y que pudo ser la base de una columna para farol. Nadie nombra al puente Ramiro Capablanca, unos lo llaman Puente de la Vigía, otros Puente de la calle Misioneros. El río, abajo, es un hilo indefenso, que se ha ido empequeñeciendo por la acumulación de sedimentos en sus orillas, extensión de patios,  malezas y vertedero público por la falta de civismo del vecindario. ©cAc-2015

                                          Extremos del puente en las dos direcciones.

jeudi 18 juin 2015

Pasos y puentes sobre arroyos y ríos…

El villorrio que devendría ciudad de Santa Clara fue fundado a escasos metros del arroyo de la Sabana (río Bélico) y no lejos del sitio donde éste se une con el arroyo del Monte (río Cubanicay), sin embargo, el caserío emergió en el cuadrilátero que nombraron plaza y desde el cual partieron las primeras calles. La plaza distaba poco de los dos ríos, a los cuáles se accedía sin necesidad de caminar enormemente y donde solo se interponía para llegar ellos, maleza y manigua boscosa. El villorrio poco a poco convertido en villa estaba surcado por arroyuelos y cañadas que morían en los dos arroyos que si bien por el sur distaba uno del otro, por el norte la abrazaban hasta que el abrazo los unía buscando otros cauces y la salida al mar. Cañadas y arroyuelos no fueron obstáculos para el trazado de calles y para la evolución urbana que tomaba auge. Se cruzaban fácilmente. Obstáculos fueron los arroyos, y sobre todo en primavera cuando las crecidas los sacaban de sus cauces. Entonces hubo que pensar en los pasos sobre éstos, que en sus inicios fueron horcones y tablas, sin barandas ni seguridad alguna. Con el tiempo mejoraron los pasos que en los ejes de acceso a la villa y las calles de circulación más frecuente, se convirtieron en puentes sobre los arroyos devenidos ríos y los otros cursos de agua, una evolución que duró años, y que aún hoy, no ha conseguido engarzar barrios con estructuras que merezcan llamarse puentes. Santa Clara no es como la vecina Matanzas, “la ciudad de los puentes”, a pesar de que la villa evolucionó en un área hidrográfica bastante ramificada. Los vecinos de la ermita del Carmen cruzaban sin temor la cañada de los Almiquíes, y el arroyo Marmolejo que nacía en la Laguna del Francés, era la frontera natural entre los vecinos de Tanoya al sur y aquellos que vivían próximos a la calle Paso Real de los Oficios. El llamado arroyo de las Flores, que era más cañada que arroyuelo, tenía su fuente en las profundidades de la tierra donde quedó marcada la Plaza y huía al oeste hasta morir en una poza que lindaba con el arroyo de la Sabana. Las Flores, poco profundo y empedrado podía cruzarse saltando piedras, pero el Marmolejo, pura roca serpentinada con vetas verdegrises, era más profundo y misterioso, y en época de lluvias, una cinta lacustre que se desparramaba desde la laguna hasta que desembocaba en el arroyo de la Sabana… ©cAc-2015

dimanche 14 juin 2015

Hotel Central, 2015

Desvencijado y ruinoso, el octogenario hotel santaclareño intenta rejuvenecer detrás de la metálica valla levantada en el perímetro de su fachada que colinda con el otrora Ayuntamiento de la ciudad y del otro lado la desaparecida Cámara de Comercio convertida después de un calamitoso rescate en Almacenes Parque. Falto de tiempo durante mi última estancia en Santa Clara, decliné la invitación a entrar en el Central sumergido en una obra gigantesca de su carpintería y de sus viejos muros. Hoy lo siento, y de manera profunda porque la restauración de su carpintería me interesaba sobremanera. Un especialista me ha dicho que los trabajos de carpintería relevan de un gran profesionalismo, y habiendo conocido al carpintero ebanista patrón de la obra restauradora, me permito corroborarlo. Por ese lado el Central tendrá una terminación satisfactoria. La restauración también avanza y los especialistas en devolver la riqueza de sus columnas, de sus ornamentos, no cesan desde la mañana hasta el final de la tarde. Y justamente, cuando pasaba por la acera del parque frente al hotel no me podía impedir de apretar el obturador si la cámara la llevaba conmigo, o de sentarme en un banco y ver el trabajo de raspadilla, de minucioso escarbe limpiando grietas y fisuras en cuyo interior la herrumbre seguía ganando terreno faltas de paliativos, para no decir abandono y descuido. Si la ciudad logra encender las lámparas que una vez colgaron de los techos del hotel y abre sus puertas para regocijo de todos, entonces el patrimonio urbano puede ufanarse de haber ganado una larga batalla. Mirando al este, el Central y los inmuebles vecinos gozan del sol naciente que impregna en sus fachadas desde el alba hasta primera hora de la mañana la declinación de la luz proyectada desde el otro lado del Capiro y bañando de luces y sombras enredadas entre los árboles del parque. Les ofrezco la luz tempranera captada en horas tempranas de un enero santaclareño y el afanoso trabajo de los especialistas para devolver brío y fuerza al patrimonio arquitectural de la ciudad de Marta. ©cAc-2015


Para más infó les propongo ir a estos enlaces, dos artículos inicialmente publicados en cAc (I). Bonne lecture!