jeudi 21 mai 2009

20 de Mayo frente al ayuntamiento de Sta Clara (1902)

Pertenezco a una generación conflictiva, aquella que nació en la primera mitad del sesenta, todavía ajena a la Y, donde el asere comenzaba a emerger « bon enfant » y casi ignorante del 20 de mayo, porque cuando comenzamos a crecer, la fecha ya había sido puesta de lado para en su lugar, aturdirnos con un montón de otras. Y del veinte de mayo como fecha guardo pocos recuerdos. Tuve una novia en la calle habanera bautizada así y que nace en la avenida cuyos mojones todavía dicen « de la Independencia » y que se adentra en el Cerro y termina en la calle Pedroso, allí se estrecha y se convierte en Consejero Arango. Y si no me equivoco, es la única « cosa » bautizada en la isla con la histórica fecha. De muchacho, y luego no lo volví a oir, escuché decir en ligeras trifulcas de colas y cantaletas, que si la escaramuza no se resolvía aquello iba a « terminar como un veinte de mayo » ! Nunca he relacionado la fecha con la independencia de Cuba, porque aunque truncada, aquella había sido obtenida cuatro años antes. Izar la bandera en el Morro habanero y en los ayuntamientos de pueblos y ciudades no era otra cosa que el nacimiento de la República, y la investidura de Tomás Estrada Palma como Presidente en 1902. En la misma fecha, pero en 1913 terminó el período de José Miguel Gómez. Mario García Menocal, Alfredo Zayas y Gerardo Machado se sentaron en la misma silla en el 13, en el 21 y en el 25. Ese día de 1936, terminaron los 159 días con banda presidencial de José Barnet y comenzaron los 218 días de Miguel Mariano Gómez. Desde entonces, la histórica fecha dejó de ser fecha de investidura presidencial y comenzó a pasar a menos. Personalmente, yo prefiero no buscarme un veinte de mayo con nadie y me detengo aquí, justo para saludar la fecha, aquella en que mi abuelo Alfredo y su hermano Gonzalo, apenas envainado el machete, montaron sus caballos en Ventas de Casanova y fueron a Santa Clara para ver izar la bandera en el ayuntamiento. ©cAc

vendredi 15 mai 2009

Hospital de San Lázaro (precisiones y detalles)

En el artículo Antiguo Hospital San Lázaro de Santa Clara que les presenté en diciembre 17 del pasado año, haciendo alusión al mismo, hube de escribir – (…) Pero antes de ser colegio, los anchos muros del inmueble albergaron el hospital San Lázaro, que mucho enfermo y herido vio pasar durante la primera guerra de independencia contra la dominación española.-. Vuelvo a la carga con las precisiones, y es que, si bien el Colegio Tandrón, fue hospital de campaña durante la guerra de independencia, desde que fue construido fue concebido como colegio, y no es el Hospital de San Lázaro propiamente dicho.
En la primera mitad del siglo XIX, Santa Clara había extendido su fisionomía urbana, pero aún no había ocupado las sabanas de sus alrededores. En una de ellas, que se extendía hacia el noroeste de la villa, fue construido el Hospital de San Lázaro. Corría 1839, y a la cabeza del Cabildo de Santa Clara se encontraban los alcaldes Luis Carta y Francisco Jiménez. El primero fue su promotor por excelencia y el segundo hizo parte de la comisión y de la Junta que se encargaría de llevar a cabo la obra.

El hospital, costeado por la generosidad de los villaclareños que aportaron la mayor parte de la suma, recibió una buena cantidad de manos de la Junta San Lázaro, que ambos alcaldes y otras autoridades locales integraban. La primera piedra del edificio fue colocada el 11 de agosto de 1839. Tres años más tarde, en 1842, y bajo la alcaldía de José Manuel Ramos, el hospital quedó terminado, y para Reyes de 1843, el recinto se dotó de una capilla privada, la cual tuvo en su altar, un lienzo al óleo con la imagen de San Lázaro.
No habiendo quedado ni trazas del antiguo hospital, se preguntarán cómo era aquel edificio. Y no es imaginación mía, aquí les presento una planta del establecimiento, construido íntegramente de mampostería y tejas criollas fabricadas en el tejar de la villa :
La precariedad era pan común en épocas tempranas de la villa, la mendicidad y el desamparo era harto conocida por los capitanes gobernadores de la isla, y tampoco la piedad se hacía esperar. Por ello vivió el hospital durante sus primeros años de la caridad pública y de los generosos donativos dejados por nobles personas de la villa. Pero cabe realzar el interés de algunos de los tenientes gobernadores por su desarrollo y el celo de las santaclareñas que integraron la Junta Auxiliar de Señoras, enérgicas recaudadoras de la tesorería del San Lázaro, cuyos enfermos contaban con la asistencia de un médico cirujano, un administrador y una empleomanía en correspondencia a sus recursos.
En el sitio donde antes hubieran enfermos y dolencias, hoy saltan los monos, alborotan las cotorras y rugen los leones. En los terrenos que pertenecieran al San Lázaro, demolido en fecha que no puedo decir, se alza el Zoológico de Santa Clara. Y cierto que fueron sabanosos sus terrenos, porque la sequedad de la tierra está presente, y a duras penas el verde logra cubrir sus suelos.
Justo una cosa, y bien guardada, queda del San Lázaro, si antes no han sido desenterradas, pero del hallazgo nunca se ha dado noticias : bajo los cimientos del desaparecido hospital, varias pequeñas cajas de plomo guardan en su interior, ejemplares del periódico El Eco, que se publicaba en la época, piezas de monedas en curso y desmonetizadas, maravedíes y otras monedas en plata, así como la documentación relativa al edificio. Qué les parece ? Todavía quedan trazas del patrimonio del Hospital de San Lázaro. ©cAc-2009

jeudi 14 mai 2009

Hostal Alba (B & B)



Un trabajo de rehabilitación que acaba de merecer el Premio de Conservación y Restauración Santa Clara 2009. La casona colonial retocada a principios del siglo pasado fue deteriorándose hasta casi caer en absoluta ruina. Hoy renace majestuosa de la mano de su patrón, el diligente y enérgico Wilfredo que siempre está de excelente humor y acoge en su hostal a brazos abiertos. El zaguán, enchapado de azulejos blancos que terminan en una discreta cenefa, con el mosaico de su piso ofreciendo un delicado tapiz de formas y colores, la ventana enrejada dando al salón y la reja a la entrada, hacen un complemento de estilo tal como lo concibió su maestro de obra, para esta pieza que es el primer acceso a la casa. Mobiliario bien escogido para el salón, un encanto de saleta justo antes de pasar al patio exterior, desbordado de plantas y macetas que dan ese toque verde tan necesario en las casas de la isla, cuando el bochorno del mediodía incita al reposo y la tranquilidad. Quienes fuimos aquella tarde calurosa después de la entrega de premios, agradecimos el frescor que emanaba del patio. Con el premio adjudicado a la casa, el hostal se inscribe en la lista de aquellos que proporcionan confort, el silencio que respira su interior tan necesario al viajero, y el « savoir faire » de madre e hijo, conocedores del oficio de la hospedería. Sólo unas fotos para que ellas le motiven darse un salto al N° 7 de San Cristóbal, y desde sus ventanas mirar el alba adueñarse de la calle. ©cAc

mercredi 13 mai 2009

Interior de casa (IV) (calle Trista)

La vivienda en Cuba, y en Santa Clara en particular, que es nuestro blanco de críticas y apreciaciones está, como siempre lo ha estado, amenazada por sus ocupantes que en pos de confort, de « modernización » y para dar solución a sus problemas habitacionales, acomete obras y cambios sin reflexionar al golpe que asestan a la arquitectura interior y exterior de las viviendas. Decía, « como siempre lo ha estado », porque desde épocas tempranas, los propietarios de casas no supieron salvaguardar el patrimonio del que disponían. Hoy, la deterioración de las viviendas, su consiguiente destrucción y el déficit  habitacional, han permitido renovaciones tanto en interiores como en exteriores que distan mucho de haber respetado las normas de la conservación y el patrimonio. No pretendo  echar culpas a nadie, porque la falta y la culpa de lo que pasa es de todos.

En una de esas viejas casas del centro histórico metí la cabeza cuando vi a un improvisado « lajero » dar término a la pared lateral izquierda del saguán. A la derecha, la ventana enrejada que debía permitir ver el salón, tapiada con « cartón-tabla », porque la pieza ya no hace parte de la casa. Como muchas casas de fachada ancha, vivienda dividida. En el salón, vive y tiene su negocio un joyero (esto supone que hubo que añadir baño y cocina a la pieza concebida para recibo) que necesariamente tuvo que abrir a la calle,una de las dos ventanas coloniales para convertirla en puerta.
Del saguán se pasa a la saleta, a la que le entra luz y ventilación por las hermosas lucetas rectangulares en la que se engarzan vidrios y piezas de madera, con agujeros para la dicha ventilación. La luceta se acomoda sobre la puerta-ventana y es hermosa tanto desde el interior como desde el patio. Patio lateral, como otras casas que ya hemos visto en éste blog, ahora, y del cual se regocija el coproprietario, acorralado por un muro de balaustres, de nueva factura, y que se han puesto, como los enchapes de piedras y lajas, muy a la moda en cualquier remodelación de casa en la ciudad del Bélico. Como ha dicho en su día la arquitecta Milvia Maribona, eso hace parte del nuevo estilo « neomaceteresco » (ver Un nuevo estilo arquitectónico : el « neomaceteresco » por la arquitecta Milvia Maribona. y también Tropezar con la misma piedra...en la fachada ), y trabajo costará cambiar la mentalidad de los propietarios.

El muro divisorio, va de la mano de una carencia, de la cual sufren las viejas casas de la ciudad : las canales. Las canales han desaparecido, caídas a causa de las vigas y techos podridos, o siguen allí, a punto de desaparecer bajo el herrumbre y la suciedad, porque hay también un poco de abandono, y la excusa está en la falta de una escalera para subirse (no venden escaleras en los comercios, eso es cierto !), y a lo que íbamos, el muro, que supongo casi más costoso que reparar una canal, será el impedimento a que el agua de lluvia penetre en el pasillo techado. Las fotos hablan por sí solas. ©cAc-2009

samedi 9 mai 2009

Ganado, carnes y desarrollo de la carnicería en la ciudad del Bélico

El rastro de ganado mayor y menor de Santa Clara, se mantuvo activo durante largo tiempo. Los vendedores de la plaza del mercado conocida por Las Tahonas, en la manzana delimitada por las calles San José, Renacimiento, Calvario y Carmen (anteriormente Provincial) continuaron abasteciéndose del ganado guardado en el rastro de Fleites, ya en manos del ayuntamiento, y una vez trasladado el mercado de Las Tahonas al edificio construido en las primeras décadas del siglo XX, en la calle Colón entre Mujica y San Cristóbal, el rastro sirvió unos años más. Con la invención de los aparatos refrigerados comerciales, comenzaron a aparecer en los barrios de Santa Clara, las casillas, que fueron el embrión de las carnicerías. Las casillas vendían carne vacuna y de cerdo, pero ni aves ni pescados, que sólo podían encontrarse en la plaza del mercado. Un buen día, el rastro del Condado dejó de existir, con la construcción del Matadero, del que se proveían casi todos los carniceros del gremio, y digo casi, porque había también carniceros que tenían tierras ganaderas y criaban sus propias reses. El Matadero fue edificado en los confines de Virginia, un barrio que se extendía hacia el oeste, al sur de la carretera Central. Así pasaron muchos años hasta la década del sesenta, cuando fue demolida la plaza del mercado de Santa Clara y los carniceros debieron acogerse a las nuevas autoridades del Poder Local que los agrupó en sindicato, y los ubicó en las carnicerías que iban siendo intervenidas por las nuevas autoridades. Al implantarse la libreta de abastecimiento a la población, aumentaron los locales destinados a carnicerías, que abrían en garajes de casas expropiadas, y en locales comerciales prealablemente intervenidos por el gobierno (merenderos, hueverías, pollerías).

En 1968 todas las carnicerías habían pasado bajo control del Poder Popular en representación del Estado. La carne de puerco « tocaba » dos veces por año, en julio y en diciembre. El pescado « llegaba » a la carnicería unas dos veces al mes, casi como el pollo, y la carne tenía una regularidad creo que semanal al principio y luego el racionamiento se fue espaciando hasta su casi desaparición en la actualidad. Al punto que los carniceros debieron formarse como bodegueros, a falta de contenido laboral. En los 80’, con la aparición del mercado « paralelo » y del mercado campesino, aparecieron nuevos « carniceros » en cuyos mostradores podía la población comprar carne de cerdo, de caballo y de carnero, a precios tan altos que los mercados pasaron a llamarse « de los bandidos de Río Frío » en referencia a una telenovela que pasaba la televisión. Aquello llevó al cierre del mercado campesino, y la carne se convirtió en una ilusión y una pesadilla para la familia. Hoy comen carne de vaca los arriesgados que se juegan una pena de prisión, los que tienen una dieta médica, a veces « viene » carne para niños, o « para viejos », el resto no come carne o es estimulado con un picadillo de soya que no siempre se puede comer, y quienes tienen perro, no vacilan en la oportunidad de alimentarlo. Me han dicho que el Matadero de Virginia ya no existe, el « nuevo » no he logrado ubicarlo. Reaparecieron los mercados agropecuarios, con ventas de carne de cerdo y de carnero, incluso sub-productos porcinos. Los precios por las nubes, obra de, como en la época del estanco, de rematadores y especuladores, que no son más que « intermediarios » vestidos de carniceros, que no vacilan en robar dos onzas o venderte piezas mal cortadas, expuestas sin refrigeración en los mostradores envueltos de moscas bien alimentadas. Si quiere variar, pollo y sus derivados, picadillo de res, de pavo norteamericano o canadiense, piernas de puerco, congelados y bien « presentados », puede ser una solución para aquellos que tienen la suerte de pagar en pesos convertibles, de lo contrario, no le queda otro remedio que esperar « lo que llegue » a La Toreta o al Tigre, ya sea el picadillo de soya o el cuarto de pollo popularmente llamado « Alicia Alonso » por la delgadez de la pieza.


Para pescados, no tenga escrúpulos en comprar truchas, filetes de mura y tilapias de río a los vendedores que lo pregonan cuando pasan frente a su casa, después de haber andado medio Santa Clara al sol o dése un saltico a una de las dos pescaderías del gobierno (Pescavilla), que ofrecen, a precios también desorbitantes, alguna que otra variedad de pescados y productos del mar, pero no sueñe con camarones ni langostas, por ellas debe esperar a que los arriesgados vengan de Caibarién, y ya sabe, todo ello sin cadena de frío !©cAc-2009
   

Hostal de Héctor - calle del Buenviaje




Yo hubiera preferido nombrar al Hostal « de las Lourdes » o « el de los Héctores »  pero no tengo otra alternativa que llamarlo Hostal de Héctor, como su gentil y generoso patrón. Héctor lleva las riendas de su hostal, situado en la más antigua calle de Santa Clara, la calle de los Crímenes, allá por el lejano 1689, que es hoy Rolando Pardo pero que sigue llamándosele por el segundo nombre que tuvo : Buenviaje. En la calle se levantaron las primeras casas de los remedianos fundadores de la villa, casas primitivas de madera, paja y guano, la misma concepción del bohío indígena. La casa observó variaciones a medida que progresaba la villa, en pos del confort de sus propietarios y mantuvo su estilo colonial hasta inicios del siglo XX. En 1902 la casona fue remodelada, y aunque guardó su estructura colonial, se convirtió en una casa neocolonial e incorporó hermosos pisos, ventanas, mamparas y enrejados. La casa es fresca y agradable salpicada de verde con su patio lleno de plantas que va desde la saleta hasta la cocina y el comedor. Desayunar mientras todavía las hojas de las malangas gigantes y de los helechos brillan con las gotas de rocío, hacer la siesta a la sombra de su portal o leer a la caída de la tarde mientras los gorriones comienzan a guarecerse en los horcones, es una buena idea si la ciudad del Bélico es etapa en el itinerario por la isla. Las fotos podrían estimular a tocar en el número 8 de la calle Buenviaje, pero nada hay como comprobarlo uno mismo. ©cAc-2009







El Rastro remplaza al Corral de Concejo


En los albores del siglo XIX, la población de Santa Clara va en aumento y el abasto de carne era insuficiente, por parte de los hacendados obligados al mismo a través de la pesa. Las familias preferían comprar la carne en los puestos de la plaza del mercado. Con los cambios comienza a variar el precio del ganado: la arroba de carne costaba desde dos reales y medio hasta cinco reales, y una res costaba veinte reales. La obligación de pasar por la pesa no era compatible con los precios del ganado vacuno, que si se compraban en el propio mercado. En 1809 los hacendados protestaron ante el cabildo, el cual acordó la suspensión de la pesa. No obstante, los hacendados debieron seguir contribuyendo con carne para la alimentación de la tropa veterana de Milicias y no es hasta 1815 que se ven exonerados de seguir manteniendo el abasto de carne a la dicha tropa. Barrio-Nuevo que ya es Barrio del Carmen en esta época se va perfilando como un sector habitacional en el cual no ya no cabía el corral de la loma también rebautizada del Carmen. En 1838 el Corral del Concejo es destruido, y el Cabildo acuerda mediante contrata la construcción de un rastro para ganado mayor y menor. El contrato fue firmado entre el Cabildo y D. Agustín Fleites. Dicho rastro o corral, ocupaba unos 900m² y la edificación fue realizada con materiales sólidos. El establecimiento estaba situado junto al arroyo de la Tenería, en el barrio del Condado. El contrato firmado por el empresario Fleites estaba consentido para una duración de 12 años, durante los cuales, él ingresaría 25 pesos mensuales a los fondos públicos de la villa. Transcurridos los doce años, el establecimiento pasó a manos de las autoridades de la villa en 1850, cuya municipalidad ingresaba a sus arcas casi 2000 pesos anuales.  ©cAc-2009 


jeudi 7 mai 2009

La carne, una obsesión que viene de antaño…



Nadie pondría reparos ante el deleite de una carne bien preparada y cocinada. Roja o blanca, la carne hace parte de nosotros y de nuestra cultura alimentaria. Puedo imaginar a las esposas de los Rodriguez, de los Martínez, de los Rojas o de los Acevedos, enfrascadas en sus cocinas improvisadas delante de sus fogones de leña preparando la carne comprada a primera hora de la mañana en el patio de la casa del alférez Gaspar Rodríguez de Arciniega. En efecto, a falta de mercado, y a raíz de la visita a Cayo Nuevo de D. Gerónimo de Fuentes y Herrera, Teniente Gobernador de la provincia, en 1698, el cabildo de la villa acuerda establecer un mercado y para el mismo señalan el patio de una casa. La casa en cuestión, estaba situada en la esquina de las calles del Calvario y de los Huesitos. Allí se matarían y venderían los animales y aves hasta que el cabildo tuviera medios para construir una carnicería. La carne de cerdo que se vendía en el patio de la casa del alférez, sufría del estanco, cuyo monopolio no era bien visto por la población.


No será hasta la primera década del siglo XVIII que la villa se dotará de un local para carnicería. Corría 1713 cuando fue construído el primero, y no precisamente con fondos del cabildo, pues la tesorería de éste estaba en cero. Por cuenta de los vecinos, que contribuyeron con sus medios, el local de la carnicería fue levantado en la plaza de Armas, justo pegado a la casa capitular. Es precisamente ese año de 1713 que por Real Orden, y que fue acatada por el cabildo, que quedó suspendido el estanco a la carne de cerdo. La villa iba en extensión, y hacia el norte por la calle Nueva, los solares se iban ocupando y el barrio comenzó a tomar forma. En esa época comenzó a llamársele Barrio-Nuevo, y en una parte de la loma de Francisco Alejo, fue emplazado el Corral de Concejo, en el cual se guardarían los animales hasta su traslado a la carnicería. Y como el cabildo tampoco podía costear el corral, la obra fue a contribución de los vecinos. Desde antes de la fundación, la loma, rica en árboles y pastos, era sitio para ganados.




Cincuenta y dos años más tarde (1765) queda inaugurada oficialmente la casa de carnicería, y ésta vez también gracias a la recogida entre los vecinos de los trescientos pesos que costó la misma. Ya no sería en la misma Plaza Mayor, sino en la manzana que ocuparía la plaza del mercado, que es el cuadrante de las calles Provincial, que era el acceso desde el corral del Concejo, la calle Calvario antes Amargura, la calle San José, abierta treinta y un años antes y la calle del Renacimiento.



Vale recordar que era carne vacuna y de cerdo, así como aves, lo que solamente podía procurarse en el mercado, es decir, en el local de carnicería de la plaza, y luego en la propia carnicería, pues el resto de los productos se buscaban directamente en los huertos y en las fincas que circundaban al pueblo. Fue en 1774 que el cabildo acordó la venta de viandas en la casa de carnicería, que se convertiría en el embrión de la plaza del mercado de la villa. En 1789, la carne de cerdo volvió a sufrir las consecuencias del estanco, que se hacía en la propia carnicería. Esta imposición no era del beneplácito de los hacendados y tampoco de la población que comenzaba a sufrir de la avaricia de los rematadores del producto y de los especuladores. ©cAc-2009

mercredi 6 mai 2009

Interior de casa (III) (Sardiñas, calle Maceo)


Estaba yo en pleno inventario de guardavecinos en la calle Maceo, siempre en bicicleta, por supuesto, y miraba con curiosidad el interior de las casas, si alguna hendija se mostraba discreta o la ventana estaba entreabierta. Un extraño que mira para dentro de las casas no es buen signo, y me doy cuenta que la gente me observa con cierta desconfianza, peor aún, portando un aparato de foto imposible de esconder en un bolsillo. Ruedo por Maceo habiendo comenzado en la esquina donde se levanta el otrora Hotel Suizo. Creo que es la calle que presenta la mayor cantidad de inmuebles coloniales representativos. Y también donde vemos algunos cuya deterioración va camino del derrumbe. Sigo mi tarea de observación y de continuas paradas poniendo el ojo en un techo, un alero, una fachada, todo aquello que me proporcione material para escribir y para mostrar a los que vienen detrás, faltos ya de muchas cosas que nosotros logramos guardar en la memoria. Vecinas comadreando, vecinos sentados en los quicios de las puertas y yo mirando. Un hombre delgado, canoso, en tenis Converse lee el periódico sentado en la puerta, y cuando paso, él no levanta la cabeza y yo no quito la vista al interior de su casa. Freno en seco, y abro la conversación. De golpe le pregunto si me permite mirar las vidrieras de su casa, y sin respirar le pregunto si puedo hacer algunas fotos. Tomé cuanto quise, muebles, pisos, rejas techos y esas lucetas rectangulares que son tan comunes en las casas santaclareñas. Nos presentamos, y cual no sería mi sorpresa al descubrir que estaba frente a Sardiñas, el fotógrafo Andrés Sardiñas, uno de los más grandes artistas del lente de la ciudad de Santa Clara. Con mi cámara y mis pretensiones de « chasseur d’images » me quedé un poco anonadado delante del artista octogenario bien cuidado que en lugar de mostrarse en « maître » quiso aprender de mi, de mis desmanes fotográficos. Le prometí una visita, si a una « próxima vez » no se interponen las ráfagas de un huracán. Y le prometí saludarlo con fotos desde esta bitácora antes de que llegue el tiempo de los aguaceros. ©cAc-2009

vendredi 1 mai 2009

Avenida o Paseo ? 100 metros de imprecisión de un tramo de Sta Clara


Ni lo uno ni lo otro. Calle. Una calle que no va más allá de una cuadra. Un tramo en Santa Clara, que siempre me ha resultado extrañamente ambiguo en su concepción y por ende curioso. El tramo, en la primera centuria de la villa, era el término de la calle San José, y aún no estaban todos los solares ocupados por viviendas. De ahí que el tramo, con todo su derecho, pertenezca a la vieja calle. Sin embargo, con la extensión de la ciudad hacia el sur, San José, a partir de la calle Caridad, deja la estrechez y se convierte en un paseo que se salía de los límites urbanos. El siglo XIX iba a trote y Santa Clara con él. Los diez años de guerra independentista habían terminado, y la ciudad se incorporaba como el resto de la isla a la tercera época constitucional. Nace así el Paseo de la Paz en cuyo perímetro se levantaban hermosas quintas coloniales. San José fue bautizada en época temprana de la República, Enrique Villuendas, en recuerdo del patriota villaclareño asesinado en Cienfuegos en 1905.


En la década del veinte, el Paseo de la Paz es bautizado Avenida del General Juan Bruno Zayas y prueba de ello es la tarja en mármol que ha quedado para satisfacer nuestra curiosidad, pero que pasa desapercibida para los transeuntes. La tarja está situada en la parte superior de la fachada de la casa que hace esquina con Caridad.


El susodicho tramo lleva por nombre Villuendas, aunque la placa señale « Villuenda », situada un poco más baja que la que recuerda al doctor Zayas. Evidentemente, el tramo polémico pertenece a Villuendas, y el paseo que hace una veintena de años fue rebautizado avenida Ramón González Coro, sigue siendo para los santaclareños, con sus viejos olivos, el de la Paz. Yo soy de la opinión que para mantener la armonía de la calle y del paseo o avenida, la primera termine en Caridad, y el resto comience en esa esquina que fue a la memoria del patriota del Ejército Libertador.




A la izquierda, la calle Villuendas vista desde la antigua Cárcel Provincial en la esquina con Caridad. A la derecha, también Villuendas, pero en el tramo concebido como paseo o avenida. ©cAc-2009

S.O.S. Tandrón

Pueden pensar que estoy loco, y hasta pueden decir que hay sitios e inmuebles más importantes, que el edificio no está clasificado monumento, que no es del interés de la comisión nacional de monumentos, breve, je m’n fou ! Lo cierto es que el Colegio Tandrón que lleva hoy el nombre de nuestra insignie benefactora Marta Abreu está bien necesitado de una intervención que lo rehabilite y ponga en valor. Situado en la calle de Juan Bruno Zayas a cien metros del fondo de la iglesia de la Pastora, el edificio se alza majestuoso entre las viviendas que lo rodean, que también van perdiendo estilo, fachadas y encanto.  Justo al lado, a su izquierda, escondido por un alto muro,  que el pasante por la propia acera no logra ver, fue construido en los primeros años de la República, un comedor infantil, como anexo del colegio. En relieve sobre su fachada al centro puede verse el escudo nacional cubano y debajo está escrito TODO POR EL NIÑO.

Un detalle llama la atención, cuando se observa todo el frente del edificio, y es la aberrante baranda de cabillas incorporadas con el objetivo de proteger, (proteger qué ?) , que hace parte de la manía de protección como las gallinas a sus polluelos. Mis condiscípulos y yo nunca necesitamos de esa baranda, y todavía estamos con vida. Esa baranda no cumple ningún objetivo, más que afear el inmueble.


El techo acornisado que sostienen las ocho gruesas columnas, sufre de filtraciones, humedad, grietas que se avizoran derrumbe si no se actúa con prontitud y pérdida de repello. Desgraciadamente en una ciudad vieja los cables siguen siendo exteriores, pero quienes instalan la telefonía bien pudieran evitar el mutilar los muros para engachar los aditamentos.



La pared lateral de la escuela que da a la a la calle Pastora y va casi hasta Alemán, felizmente conserva  todas sus ventanas, pero al fondo, la deterioración puede devenir grave. La pérdida de cemento en la unión entre la pared y la carpintería va a permitir la infiltración de agua y va a terminar pudriéndose. Nótese que la canal ha perdido el bajante y pide a gritos que le pasen la mano. ©cAc-2009