vendredi 20 novembre 2009

De Paris a Florencia… La Toscana* (M. Gómez y M. Abreu)

Los cambios urbanísticos que se ejecutaron en Santa Clara en el año de 1965 permitieron a los pilongos trasladarse de Paris a Florencia sin ausentarse de la ciudad. Otro toque de magia en el que la desaparición de un edificio era real, como real era aquel que lo remplazaba. Adiós a otra esquina colonial de la ciudad, sumergida en una fiebre “modernizadora” que ningún termómetro sensato fue capaz de bajar. La esquina no era otra que los 565 m² que ocupaba el “Parisién”, en una construcción, que si bien había contemplado cambios desde sus orígenes, hablaba de los días fundadores de la villa. El solar, como los cuatro que componen esa manzana, hacia 1850 estaba en manos de la Comisión local de instrucción primaria, la cual se esforzaba por hacer construir un nuevo edificio para la Escuela Pía. Sin embargo, las dificultades financieras del Cabildo, hicieron que en lugar del Instituto, se pensara en la edificación de una Plaza de Mercado. Este proyecto de mercado no creció, y entonces los dichos solares, -que obviamente, estaban construidos-, fueron cedidos en propiedad en octubre de 1856 a D. Pedro Nolasco Abreu, -padre de nuestra ilustre benefactora Marta Abreu-, y a D. Juan Jova por la suma de 3042 pesos.
Fue en la segunda mitad del XIX que la casa de muy alto puntal, con caída y fachada principal hacia la calle Carmen, sufrió una remodelación, tal como su vecina de la derecha, entonces Diputación Provincial, y así se mantuvo hasta principios del XX, en que los propietarios renovaron su fachada, sin deteriorar su aspecto colonial, pero manteniendo una armonía en altura y estilo de los únicos dos inmuebles entre la calle Marta Abreu y la cortísima calle que se llamara Renacimiento.

“El Parisién”, cafetería y dulcería que abrió sus puertas en la década del 50’, era una esquina viva y con sobrada vida social, pero fue blanco de las políticas urbanas revolucionarias en que las demoliciones, construcciones en tiempo récord y cumplimientos de metas por visitas de rigor se impusieron al ritmo cotidiano de la ciudad. En efecto, corría 1965, y la ciudad de Santa Clara había sido elegida como sede del acto nacional para recordar el asalto al cuartel Moncada. Para los “festejos”, se decidió demoler “viejos edificios” y construir “para embellecer”, para “equilibrar la escasez y carencia de diseños en áreas sociales”. Fue el regalo de cumpleaños que me hizo aquel acto cuando el 1° de julio de 1965, “El Parisién” se hizo polvo y cinco días después, comenzó la nueva obra. Durante veinte días, de sol a sol, y de luna a luna, 270 constructores trabajaron para dar término al “Toscana”, un restaurant de comida italiana en el corazón de Santa Clara, proyectado por urbanistas, arquitectos y trabajadores del IPF, del Micons[1] y del Init Una obra cuya estructura, columnas y vigas fueron fundidas in situ. Las losas de hormigón y las viguetas prefabricadas. Novedad para la esquina, el toque verde incorporado en el diseño.
 
El “Toscana”, cuarenta y cuatro años después, oralmente convertido en la “Toscana” porque el restaurante italiano hoy no es más que una escuálida pizzería, es un ejemplo vivo de las mutilaciones que vejan a una ciudad por caprichos, y de las mutilaciones que todo aquello sufre cuando a nadie le interesa la conservación en su más amplia definición. El deterioro que se observa es el generado por el abandono humano, la construcción es sólida, su fraguado y la utilización de materiales óptimos le concedió larga vida. Terraza techada a desniveles, abierta con columnas, jardineras, porshe de entrada voladizo, saliente hacia la calle, jardín con palmeras y una secuencia de ventanas asumiendo su responsabilidad de iluminación y ventilación.
La “Toscana”, del que ya nadie recuerda que tuvo un cartel lumínico en su fachada y mobiliario de design años 60, no es el espacio agradable al que se entra solo, acompañado por la familia o amigos para deleitarse con cualquiera de las especialidades de la península italiana. No, la “Toscana” es la esquina donde mucha gente de Santa Clara va para “ver que puede comer” cuando en sus casas no hay mucho más ni mucho menos. Y para ello tiene dos opciones, tener tiempo y suerte si quisiera sentarse en el “salón”, y acceder a otras ofertas, o simplemente, ir por la puerta de atrás, la de servicio, hacer la “colita” para comprar la pizza destinada a ese punto de venta, que la empleada –saya negra desteñida y blusa blanca ajada de grasa- traerá en una bandeja de aluminio grasienta, y que servirá en diminutos pedazos de cartón. Pizzas de queso, las más de las veces, pizzas de jamón, a veces… Y por esa misma puerta, si realmente quiere sentarse en el salón, y no quiere hacer la cola, con una buena propina, entrará de manera bien “discreta”, delante de los ojos de los que esperan la próxima bandeja de pizzas. Santaclareños que conocen el pase, y turistas, no se esconden para satisfacer sus estómagos.
El ala derecha del otrora restaurante italiano es una mezcla de bar con amenización musical, y que las guías de turismo se empeñan en llamar “Patio de la Toscana”, y cito: ...ideal por su posición casi frente al parque, vecino del teatro, y lugar de encuentro de numerosos estudiantes y pueblo, a los que usted podrá mezclarse para escuchar conciertos organizados o música tradicional en live, a partir de las 9 o 10pm y hasta pasada la medianoche. Un sitio a no dejar de ir en la ciudad.Insisto en ese “patio” toscanero, porque si bien pudiera servir para lo que fue concebido, es decir terraza del restaurante, ese incontornable paraiso, a un costado de La Caridad, hace daño a las funciones, piezas y espectáculos del teatro, y no pocas veces, los asistentes se han quejado de la incidencia de la música del bar mientras disfrutaban de una función nocturna.
La esquina, -que una vez requirió de semáforo- inaccesible a la circulación por las obras de la Cámara de Comercio, y limitado el paso peatonal, es la menos conflictiva y también tiene sus habitudes. Come en las otras dos, tanto por Máximo Gómez, como por Marta Abreu, se parquean los choferes de taxi, sobre todo aquellos que proponen las carreras a los centros nocturnos alejados del centro, y los bicitaxistas. Es una esquina de gran movimiento peatonal, hacia y desde el parque, en dirección al oeste, donde « El Mejunje » y la « terminal intermunicipal » son centros neurálgicos, y hacia la zona comercial del boulevard… ©cAc
*Esta crónica urbana de Santa Clara es fruto de la colaboración con HBN (http://arquitectura-cuba.blogspot.com/ ), y por cuya cortesía ha sido posible la inserción de imágenes auténticas del restaurante “Toscana”.
[1] Los proyectictas del ministerio de la Construcción fueron los arquitectos Raúl Chaell Lam, Ary Planas, Carmen Callón, Leandro Montes, Alberto Rodríguez, José Cortiñas y Juan Luis Caveda entre otros, que junto a los responsables de obras, Argelio Castellanos, Obdulio Millán, Armando González y Manuel López, también tuvieron a cargo las obras del restaurante Hanabanilla, del Soda Init y del restaurante Mar Init.

Edificio CUBA (Tristá y Cuba)

Aunque hace esquina con la calle que honora el nombre de la Isla, tiene su entrada por la calle Tristá, y una vez terminado el inmueble, en la década de 1950, tocó de elegancia y modernidad una de las más concurridas esquinas de la ciudad. Concurrida desde los tiempos ahora lejanos de la fundación, cuando a partir de ella y hacia el oeste, comenzaron a abrirse establecimientos de oficios. No en valde, a la primitiva calle Paso Real del Río, se le agregó « de los Oficios ». Allí establecieron sus negocios, el primer barbero que tuvo Santa Clara, el primer sastre y los primeros comerciantes de menestrales, en un tramo de unos cincuenta metros. Casa de vivienda o comercio, o primero casa y luego comercio, son el pasado de la esquina que mira al parque, y que extiende su mirada a los confines de Santa Clara en dirección de Cerro Calvo.
El gran caserón colonial, con algunas modificaciones en su fachada, lo siguió siendo hasta el final del primer cuarto del siglo XX. Fue entonces cuando el inmueble sufrió una profunda remodelación en la que se dotó de una cornisa coronada de un frontispicio triangular de tamaño importante. Y no fue hasta la década del 1950 en que se construyó el inmueble tal como lo vemos actualmente. La planta baja fue enteramente concebida como comercial con una altura de techo poco más alta que el resto de los niveles pero que a simple vista, y dejándonos llevar por la marquesina, da la impresión de un gran volumen y de la existencia de un entresuelo. En sus orígenes, la planta baja estuvo seccionada en tres tiendas, dos con entrada por la calle Cuba, la peletería que ocupaba el local en ángulo, una cafetería de « cancha » entre la peletería y la puerta de acceso al edificio y en el extremo derecho, también por Tristá, un local de oficinas. La primera planta del edificio creo que fue concebida para arriendos de locales para oficinas, y la segunda y tercera planta como apartamentos de un gran standing con grandes balcones dando hacia las dos calles y una serie de apartamentos dando al sur.
Por la solidez y calidad de su construcción, el edificio Cuba se muestra vigoroso erguido en su esquina. El edificio fue ocupado desde su inauguración por familias de clase media, algunas de las cuales todavía residen, otras emigraron al extranjero, y otras utilizaron la « permuta » por situaciones personales o de mejoramiento en espacio. En todo caso, el vecindario siempre ha sido de familias de clase media, no obstante pertenecer a la horneada revolucionaria. No creo que los ocupantes de los apartamentos hayan modificado un producto de una concepción bien pensada.
El piso dedicado a oficinas, desde mucho tiempo viene siendo ocupado por un departamento o varios, no sé, de la institución partidista. Buen gusto que tienen las instituciones gubernamentales para el establecimiento de sus oficinas. La planta baja es la que más remodelaciones ha conocido, notablemente en la última década de 1990. Por la calle Tristá, estuvo establecida en un momento dado la Consultoría Jurídica Internacional, hasta que se mudó a otro sitio de la ciudad. Actualmente, también por Tristá, una empresa cuyas siglas no me dicen nada, pero que puedo interpretar como de la agricultura o la agronomía, tienen asiento a la derecha de la puerta principal. La cafetería, convertida en merendero, y cuyo nombre ahora no recuerdo, dejó de serlo para en su lugar abrir un anexo de la sucursal de « Cadeca », establecida en lo que fuera la peletería. Por la calle Cuba, se mantiene una tienda, cuyo volumen es despreciado, y que se muestra sobre todo como un chinchal emparapetado tratando de recuperar, evidentemente divisas, vendiendo muchos productos con defectos, rotos y a veces inservibles, es perfumería, quincalla y distribuidora de helados en potes, del patio y de importación, y es la meca del maltrato por parte de sus vendedoras que no hacen ni un mínimo de esfuerzo por sonreir a los nacionales, a los otros, sonrisa de oreja a oreja ! En la vitrina a la izquierda de la entrada, la tienda tuvo instalado un cajero automático del BCC, con aire de funcionar cuando bien le parecía. Y bien, la otra parte del edificio, también por calle Cuba, otrora comercio, se la apropió el BFI cuando estableció su sucursal en Santa Clara, conjuntamente con el inmueble colindante a su izquierda.
Como antes le había comentado en la introducción a las tres esquinas, ésta fue el principal acceso al centro desde el oeste, y la salida y conexión hacia la zona urbana de « los hospitales ». Aunque no como antes del cierre del parque, mantiene una circulación regular, y el mismo sentido vial. Zona de tres actividades informales : los choferes de autos particulares, -aquí se ven menos intermediarios-, los « parqueadores » y « cuidadores » de los coches de turismo, y el fuerte de la esquina, que son aquellas personas que se dedican a la compra-venta de pesos convertibles, justamente en los portales de la sucursal oficial « Cadeca », y a dos pasos del BFI y del BCC, donde turistas y cubanos de visita en la Isla se proveen también de pesos CUC. Tampoco faltan esas personas que ya figuran en la lista de « personajes » del cotidiano, que se procuran un aliciente a su subsistencia, proponiendo albergue en hostales, y almuerzos y comidas en los ya casi inexistentes « paladares » de la ciudad, desde que ven a alguien con pinta de forastero. Encontrarán igualmente al octogenario vendiendo cuchillas de afeitar, otro vendiendo la última edición del diario oficial, al bicitaxista desesperado por encontrar un pasajero o dos, y no faltarán a ese ajetrear de cambistas y policías jugando al gato y al ratón, y al hormigueo de gentes desde bien temprano en la mañana, hasta el final de la tarde en que la esquina reencuentra la tranquilidad en sus aceras. ©cAc
  
 
©cAc

mercredi 18 novembre 2009

Céspedes y Luis Estévez (BCC)


En el propio año de 1689, un solar fue acordado a Marcos Gaspar Rodríguez de Arciniega. Este solar, de esquina, dio origen a dos calles, la de los Huesitos, buscando los maniguales del norte, y la del Calvario, en dirección al río del Monte. Marcos Gaspar, entre los fundadores de la villa, vino de Remedios acompañado de su madre, de cuatro hermanos, así como de la mujer con quien estaba casado, Anastasia de Jesús de Yera. La casa que construyó, quien devendría el primer alférez mayor que tuvo la villa, fue ocupada, además del matrimonio, por Juana Márquez, que había enviudado de Tomé, el padre de Gaspar, y por el más chico de sus hermanos, Juan, todavía soltero. La casa fue levantada de tabla de palma y guano, sin aberturas dando a los Huesitos y una puerta y tres ventanas dando a la calle del Calvario. Y precisamente es en ésta casa en la que se establece en 1698 el primer mercado del villorrio, y que no era más que un punto de venta, mayoritariamente de carnes. Rodríguez de Arciniega, aconsejado por Juana “la Vieja”, como le decían a su madre, había privilegiado como patio un buen espacio del solar que le fue acordado. El patio daba cupo a los animales, allí se sacrificaban y allí mismo se vendía la carne. Quince años duró aquel embrión de mercado, hasta que en 1713 fuera construido el primer local específico a “carnicería”. Con el progreso y la posibilidad de abastecerse de materiales en la propia villa, Marcos Gaspar, que ya había cerrado los ojos a su madre, viendo que su familia crecía, y haciendo parte de las familias principales, decidió mejorar su vivienda. Mampostería, tejas, y grandes puertas ventanas que daban a las dos calles. Luego vendrían los pisos y las rejas en hierro forjado, terminando el siglo XVIII. La casa, a pesar de su buena ubicación, siempre quedó al margen de sus vecinas de la plaza. No obstante estar a un paso de la misma, las dos esquinas de la plaza le hacían sombra. Así, medio escondida, traspasó el XVIII y recorrió todo el diecinueve. No fue hasta los primeros años de la República que los propietarios de la casa hicieron una rehabilitación total del inmueble y tocaron su fachada de cierto aire neocolonial pero guardando una profunda huella colonial. Toda la fachada blanca era realzada por la balconería trabajada en hierro forjado, -como en las viejas casas coloniales de Trinidad-, me comentó mi amigo Juan, cuando le pregunté acerca del inmueble. Tanto él como yo, tenemos dudas sobre qué fue esa esquina durante la época republicana, y atando cabos después de muchísimas consultas, les presento lo que saqué en conclusiones, veamos si estamos en el buen camino, si no, aceptamos correcciones!
La esquina que nos retiene, fue una casa comercial dedicada a colchonería, con grandes puertas, y tenía en su interior un agradable patio sevillano, tocado de tinajones en sus cuatro lados y al centro un surtidor. Es posible que en el recinto estuviera ubicada, además de la colchonería, una Caja de Ahorros. El tiempo pasó, los propietarios cambiaron. La colchonería, a la hora de las intervenciones, fue expropiada a sus dueños. La Caja de Ahorros nacionalizada y puesta a disposición del nuevo orden bancario cubano. La colchonería se convirtió en el centro depositario de las armas en posesión de la ciudadanía, -léase pueblo-, que no necesitaba armas para defenderse, pues ya la epopeya revolucionaria había terminado (terminado?) pero que se necesitaban para equipar a las nuevas fuerzas del orden y del ejército…, más aún, la Caja de Ahorros se convirtió en “recuperativo-monte-de-piedad”, al convertirse en centro de recuperación de prendas, y objetos en oro y plata, a fin de “garantizar el respaldo y valor de la moneda cubana golpeada por quienes huían de la vorágine con los bolsillos llenos”. Ironías del destino! Recogidas las armas y recogido el botín santaclareño de oro y plata, el edificio fue cerrado hasta nuevo aviso. El edificio pasó enteramente a manos del BNC (léase Banco, no Ballet!) y la esquina volvió a sufrir una transformación. Esta vez, el inmueble perdió su carácter neocolonial y se dotó de grandes ventanas vidriadas, donde estuvieron las anteriores, muros enchapados de granito rosado, y una marquesina voladiza a un tercio de la altura de las ventanas (puertas?) así como de una puerta principal, ni hacia Luis Estévez ni hacia Céspedes, junto en sesgo, mirando hacia la plaza, por el espacio libre entre las dos edificaciones vecinas. Algunos enchapes de granito no soportaron los embates del tiempo y la no conservación y…, se cayeron, y así estuvieron hasta que la sede del BNC en otra reorganización bancaria, pasó a manos del Bandec (Banco de Crédito y Comercio) y éste, impregnó de sus colores y siglas los inmuebles de los que ha ido apropiándose. Losas rojo sangre para enchapar una imaginaria cornisa, otras como una cinta alrededor de la marquesina, en los espacios inferiores de las ventanas vidriadas y a cada lado de la puerta principal, cual dos hipotéticas columnas.

 
En la esquina de marras, que fuera casa de familia y mercado de carnes terminando el siglo XVII, una b mayúscula trona bárbaramente como un barbarismo en este comienzo del siglo XXI. ©cAc

mardi 17 novembre 2009

Nuestros predecesores

Hace un tiempo atrás, faenaba yo con el objetivo de mi cámara fotográfica, en un sitio de Santa Clara, cuando llegaron dos niños con su padre, y comenzaron a correr, a encaramarse y finalmente, a patear un balón contra el monumento. Yo, me pregunté de qué manera podía terminar mis fotos y convencer a los niños para que dejaran de golpear el monumento. Primero le pedí al padre que por favor, que si me ayudaba a controlar a los niños, yo podía terminar mi « trabajo », a lo que accedió gustosamente y además se interesó a la cámara, a las fotos, y con toda intención, dediqué tiempo a remarcar una pequeña tarja en la que podía leerse « Grupo de los Mil »
-qué significa « grupo de los mil », me preguntó, y aproveché para comentarle que era un comité de ciudadanos que buscaban la manera de salvaguardar la historia, de trasmitirnos la memoria, de cuidar lo que estaba hecho y de promover lo que no se tenía. Y sentí que algo lo había sensibilizado, por la manera en que le habló a los hijos, frente al busto del Apóstol.
Los saludé y dejé el Parque de los Mártires, cruzando la calle para andar Luis Estévez en dirección al parque (el Vidal, obviamente !) y seguir para mi casa.
Y como estoy convencido que el « Grupo de los Mil » no les dice nada a las actuales generaciones, e incluso a los contemporáneos conmigo, y hasta a gente mucho más cargada de años, aprovecho para recordar a ese grupo de vecinos santaclareños, que en enero de 1944 fundaron un comité con el propósito de ayudar a la comunidad, a través de obras de utilidad pública, inspirados en un ideal filantrópico por el bienestar social. Los iniciadores fueron el doctor Francisco González Cuesta y Gilberto Cardoso Garí.
En su labor ciudadana, el comité santaclareño se convirtió en una institución de reconocida importancia. Mucho antes de cumplir la primera década de creado, la ciudad se había beneficiado en obras por un monto de casi 42,000 pesos. Las inversiones contemplaban construcción de calles, erección y salvaguarda de monumentos, fachadas, y todo ello, empeñados en trasmitir la memoria a los que naceríamos años más tarde.
Si ve en algún sitio o monumento, la inscripción « Grupo de los Mil », recuerde que en la obra, está la huella del grupo ; o si el azar lo lleva a tropezarse en una puerta de calle, una inscripción « MIL-santa clara », es que en la vivienda vivía un miembro del comité.
Y como le debemos más que un instante de memoria, escribo el nombre de algunos de esos miembros del « Grupo de los Mil », que indiscutiblemente, fueron nuestros predecesores.
[Abelardo Gómez Gómez, Agustín Solís Niebla, Fausto Vilches de la Maza, Enrique Díaz Guzmán, Oscar Esparza Monteagudo, Dámaso Martín Morales, Enrique Figueroa Franqui, Juan Bautista de León, Francisco Navarro, Ciro Corcho, José Germán Ortega, Clemente García Cortina, José M. Ruíz Miyar, Clara García Domínguez, Dámaso Martín Méndez, Justino García Cortina, Fernando Ávalos, Angelina G., Feliciana Falcón, José Felipe Silva y Eusebia Ávalos] ©cAc

lundi 16 novembre 2009

Tres esquinas de Santa Clara

Inevitablemente, volvemos al parque, o casi, en caso de que no quisiéramos volver al cuadrilátero, aunque no necesariamente. Y volvemos por esas tres esquinas que están estrechamente relacionadas con el acceso, o la salida del parque Vidal. Cada una de esas tres esquinas tiene un ambiente particular, que les presento ahora y que desarrollaremos individualmente después.
La primera que trataremos, fue la vía tradicional hacia la estación de trenes, por Luis Estévez, y por consiguiente, la salida hacia la carretera de Sagua. Desde antaño, Céspedes, de poco tráfico, fue una calle de acceso al parque, pero desde el cierre de éste a la circulación vial, el sentido cambió, y los automóviles doblan a la derecha en Luis Estévez, pero atención, el movimiento de vehículos es casi inexistente. Los autos que se parquean en una y otra calle, son taxis particulares, boteros y algún que otro bicitaxista en espera de clientes, al acecho de turistas, o de aquel que ellos suponen que pueda necesitar de un transporte, -taxi, amigo, taxi, amigo- es lo único que saben decir, unas veces los choferes, otras los intermediarios que pululan por la esquina, sentados en los quicios de las ventanas del museo y en la acera, tratando de arreglar el mundo, de vivir, de « trabajar» sin mucho esfuerzo …




La segunda esquina, aquella que es el principal acceso al centro desde el oeste (calle Rafael Tristá), y la salida y conexión hacia la zona urbana de « los hospitales » (calle Cuba), aunque no como antes del cierre del parque, mantiene una circulación regular, y el mismo sentido vial. Zona de tres actividades informales : los choferes de autos particulares, -aquí se ven menos intermediarios-, los « parqueadores » y « cuidadores » de los coches de turismo, y el fuerte de la esquina, que son aquellas personas que se dedican a la compra-venta de pesos convertibles, justamente en los portales de la sucursal oficial « Cadeca », y a dos pasos del BFI y del BCC, donde turistas y cubanos de visita en la Isla se proveen también de pesos CUC.


Nuestra última esquina, ahora inaccesible a la circulación por las obras de la Cámara de Comercio, y limitado el paso peatonal, es la menos conflictiva y también tiene sus habitudes. Come en las otras dos, tanto por Máximo Gómez, como por Marta Abreu, se parquean los choferes de taxi, sobre todo aquellos que proponen las carreras a los centros nocturnos alejados del centro, y los bicitaxistas. Es una esquina de gran movimiento peatonal, hacia y desde el parque, en dirección al oeste, donde « El Mejunje » y la « terminal intermunicipal » son centros neurálgicos ; y hacia la zona comercial del boulevard… ©cAc

mercredi 11 novembre 2009

Gran Hotel Roosevelt

 

En el primer cuarto del siglo pasado, fue construido otro hotel de huéspedes en Santa Clara: el Gran Hotel Roosevelt. El edificio, de fachada más amplia que el Virginia y el Pasaje, había ganado en altura, y se ubicaba en la arteria comercial por excelencia de la ciudad, la calle Independencia, entonces eje vial de extrema importancia, cuyo doble sentido de circulación permitía la entrada y la salida a la ciudad, por la carretera de Camajuaní. El edificio, era destinado a arriendo inmobiliario, y los cuartos estaban ocupados permanentemente. Resulta difícil hoy día, saber de cuántos cuartos se componía el “hotel”, que tenía las habitaciones en el primer y segundo piso, de las cuales, dieciocho tenían una puerta ventana con pequeño balcón privativo, cuatro dando hacia la calle Maceo, dos en la media fachada de esquina y doce dando hacia Independencia.
Las remodelaciones ejecutadas al inmueble, y la pobre documentación fotográfica de época, no me permiten establecer todo el uso de la planta baja. Considerando que la puerta principal del hotel, es la segunda de izquierda a derecha, cabe preguntarse si la planta baja estaba compartida entre un gran vestíbulo, que ocupaba toda el ala izquierda del inmueble, y la pieza hacia la derecha, con cuatro puertas, estaba ocupada por un comercio. Me lleva a pensar esto porque, originalmente, sobre la fachada existieron dos lámparas de aplique, con inscripción del comercio, y las mismas estaban situadas, una entre la primera y segunda puerta, y la otra entre la tercera y la cuarta.
El “Roosevelt” como popularmente se le conoce al edificio, ha tenido la misma suerte destructiva del Virginia y del Pasaje, al punto de ser irreconocible su interior. El vestíbulo, al ser expropiado el “hotel”, fue convertido en oficinas, y el comercio, después de su intervención, en la década del sesenta, ha sido mutilado y metamorfoseado. La transformación de la calle Independencia en “boulevard” peatonal, desde la calle Zayas hasta Maceo, dio una oportunidad al Roosevelt para lavar y maquillar su fachada, teniendo en cuenta su ubicación en la trama elegida como paseo peatonal. Digo, dio una oportunidad, porque no dio una segunda vida a un edificio que pudiera ser clave en la oferta hotelera de la ciudad. El maquillaje fue de mala calidad y lo podemos constatar dieciséis años después. No es mi intención criticar los cinco balconcillos con balaustres incorporados en la planta baja. Llamo la atención al hecho de no haber aprovechado el momento para una intervención general del edificio, que hubiera sido una segunda vida. La historia se repite. Propietario expropiado. Ocupantes beneficiados con la ley de Reforma Urbana de octubre de 1960. El edificio de uno pasó a ser de todos, y todos pusieron un granito de arena en su paulatina destrucción, y conversión en otra “cuartería” donde cada ocupante intenta cambiar, mejorar, ampliar, vivir, sin la menor idea de lo que se llama remodelación reglamentada y conservación patrimonial. Si el “Roosevelt” conserva paredes y techos (los pisos han sufrido mucho deterioro), es porque la solidez le nació en su concepción. ©cAc