samedi 31 octobre 2009

Un edificio, una institución, la Cámara de Comercio e Industria de SC


Por qué llamaron “de la Amargura” a la calle que nació en la esquina norte de la plaza, en dirección al oeste? Nadie lo sabe, nadie precisó aquel detalle. El solar fue ocupado por una familia numerosa, que se fue desgajando con el tiempo y situándose en las nuevas calles que iban tejiendo los habitantes. Los herederos la vendieron y una casa con portalón caído hacia la plaza fue levantada en la primera mitad del XVIII, y cuando todavía no había finalizado el siglo, la casa escondió sus tejas, situándolas en el techo de la planta agregada. El piso de la estancia de los altos era todo de madera, sostenido por viguetas transversales. Arriba establecieron los aposentos y la planta baja, además de comercio abierto hacia la plaza, comprendía un zaguán, un salón, la cocina y un patio con puerta cochera por la calle del Calvario, nombre que había remplazado al de Amargura. Entonces la calle, conocida por estar situada en ella la casa capitular y la cárcel, y no pocas casas de familia, se había ido extendiendo hasta casi llegar a una cañada, unos cien metros antes de llegar al río de la Sabana (río Bélico). Comején, lluvias y la humedad fueron debilitando las columnas de la planta baja, y los propietarios, asustados, decidieron solidificar el inmueble. Seis gruesas columnas fueron levantadas para soportar el techo y portal superior, al que se accedía por cada una de las dos habitaciones situadas de ese lado y por las dos puertas de un saloncito situada entre ambas. El edificio, de dos plantas, mantuvo su aspecto de viejo caserón colonial hasta los primeros veinte años de la recién nacida república cubana. Ante la inseguridad del piso superior donde estaban los aposentos, la familia se había hecho construir una sólida vivienda en la misma calle del Calvario. Las estancias de la planta baja, al fondo, quedaron abandonadas, excepto el comercio que se mantuvo abierto y que se beneficiaba del aljibe situado en el patio.
Al propietario del terreno e inmueble, le propusieron la compra del edificio, a lo que no puso objeción después de haberse reunido con sus hijos. La acción inmobiliaria fue una propuesta del consejo municipal, a nombre de la recién creada Cámara de Comercio e Industria. Corría el año 1921, y comenzaba el mandato presidencial de Alfredo Zayas. Casi al mismo tiempo, el corazón urbano de Santa Clara se dotó de dos nuevos edificios: la tan añorada casa consistorial que los primeros capitulares nunca pudieron regalarse, a falta de “propios”, -como se le conocía entonces al arca de las recaudaciones, por vía de imposiciones, multas y otros gravámenes-, y el edificio de los comerciantes y empresarios de Santa Clara. El inmueble, de estilo ecléctico, al estar situado en un terreno de esquina, se favorecía de mucha más luz natural, al poder incorporar ventanas, y por ende, ventilación, pero también ganaba en espacio en su planta alta al incorporar balcones tanto en el frente como en su lateral derecho. ©cAc

vendredi 30 octobre 2009

Hotel Central (2009)

Ochenta años han pasado desde que fuera inaugurado con mucha pompa el Hotel Central de Santa Clara. Clientes de paso y clientes que arrendaban por meses. Uno de los inquilinos permanentes, en los años treinta fue la directora del telégrafo y correo central sito en la calle Colón. Hotel en el que pernoctarían las figuras estelares del momento y que se presentaban en los teatros de la ciudad. Un café de mesas refinadas, grandes espejos y lámparas del mismo estilo con el que habían decorado el vestíbulo del hotel. El negocio hotelero duró treinta años a su propietario. Otro hotel decapitado con las intervenciones y nacionalizaciones del cincuenta y nueve y del sesenta. Inquilinos protegidos por las nuevas leyes de reforma urbana. Y el abandono comenzó a roer sus muros, sus habitaciones, su estilo, su “caché”, y ya dura cincuenta años, con brochazos y maquillaje exterior, y ninguna conservación de sus interiores.
 

A quienes he preguntado, nadie ha podido decirme cuando desapareció la hermosa fachada del hotel y la elegancia del café. Silencio como respuesta y hombros ligeramente levantados. Central siguió llamándose el hotel, cuyas pocas habitaciones disponibles se convirtieron en cuartos de paso, de una noche, a veces por horas, en contubernio entre clientes y carpeteros. Al café como un honor le adjudicaron categoría y para que rimara, lo llamaron cafetería. Ni uno ni otra, pues poco a poco fue convirtiéndose en merendero de largo mostrador y poca oferta. Épocas de bocaditos y batidos, helados y dulces, también tuvo, sería deshonesto decir lo contrario, y me veo sentado en sus banquetas, tratando de ocupar las más próximas al pasillo, porque las del fondo estaban demasiado pegadas a los baños, carentes de toda higiene. El aluminio remplazó la madera de la “devanture”, de la cual solo quedaron las columnas fundidas en hierro y sostenes irreprochables del techo. Del vestíbulo con sus lámparas colgantes, y aquellas situadas sobre mesas y consolas, no queda más que el mármol y las barandas de la escalera. Rehabilitaciones, renovaciones, reconstrucciones, pero nunca conservaciones que imprimieran respeto al patrimonio. La sucursal bancaria que ocupa el extremo izquierdo de la planta baja, no puedo decir cuando fue instalada, aunque al decir de su puerta e interior, tengo la impresión que fue agregada en los años cincuenta. Algún amigo comentarista nos sacará de dudas. Y retornando al vestíbulo, hoy no es más que la entrada ordinaria a un hotel convertido en cuartos para familias, aquellas familias que por alguna razón (cliclón, derrumbes o presa Minerva, no puedo precisar) tuvieron que ser albergadas temporalmente, -la palabra temporal en términos urbano-habitacionales puede confundirse con instalación casi vitalicia-, hasta que la dirección de viviendas competente los reubicaran de forma permanente.
 
 
Entré al Central como Pedro por su casa, subí su marmólea escalera y quedé sorprendido por el abandono impreso en todo el edificio. Hay paredes que desde 1929 no han vuelto a pintarse. Los cuartos han sido metamorfoseados, desvencijados, paredes manoseadas, viso de placeres carnales, huellas de una situación que nadie tiene en cuenta, o que cuentan con el total abandono para finalmente “extraer” a los ocupantes, ante la inseguridad del edificio, y poner en las manos de los nuevos grupos económicos estatales, una joya de la que bien pudiera servirse la ciudad. Las fotos dan grima, pero no puedo oponerme a mostrárselas. Espero comentarios y sabias interpretaciones. ©cAc
   
  
  

©cAc-2009

jeudi 29 octobre 2009

Hotel Central (1929)

Las familias que fundaron la villa, eligieron los solares en los que levantarían sus moradas, sin mala fe, sin litigios, quizás algún que otro capricho por parte de las mujeres a sus maridos, o por algunas mujeres, a título personal, que como Dominga de Rojas, eran de un férreo carácter. Las familias principales, -porque la diferencia radicaba ya entre los venidos de Remedios, se acordaron parcelas en Buenviaje y en el perímetro de la recién medida plaza del villorrio. No obstante, había terreno para todos. Las parcelas concedidas, con el tiempo fueron divididas entre hermanos, o entre padre e hijos, y llegado el momento, los herederos no vacilaban en venderlas. La villa no se parceló de la noche a la mañana, y además de los fundadores, hubo una buena cantidad de familias que fueron llegando en los primeros años. Llegaban de Remedios, inspiradas por los primeros, pero llegaban de otros sitios atraídos por la aventura. Fue por aventura que se instaló en la villa, un matrimonio originario de Coimbra, en Portugal. Juan Manuel Rodríguez Surí y Margarita Leal, se instalaron con sus cuatro hijos y una hermana de Margarita, en el solar desocupado entre aquel de Baltasar de Lagos y la esquina donde había levantado su bohío Marcelo Hernández Ramírez. De familia en familia, la vivienda fue ganando en valor con las rehabilitaciones que los imperativos de la época recomendaban, pero mantuvo hasta finales del XIX su aspecto colonial primitivo. Aunque la fachada de madera ya había sido remplazada por la mampostería, el portal agregado en el XVIII siguió siendo sostenido por cuatro horcones. Bien a inicios del XX, la casa se acordó un toque neocolonial. El techo alto de tejas desapareció, y en su lugar, la casa se dotó de techo plano recubierto de yeso en su interior y al exterior, recubierto por una especie de rasilla. Seis columnas de fuste liso y capitel sencillo, friso ornamentado y como cornisa, un muro balaustrado, que servía de protección a la terraza. En los días en que finalizaban las obras del parque republicano, la casa donde había vivido Potenciana Leal, fue puesta en venta por sus propietarios y adquirida por un negociante interesado en convertir la vivienda en hotel.

Mientras el mundo caía exhausto en la Gran Depresión, aquel año de 1929 Santa Clara inauguraba un magnífico hotel, que el hecho de dar al parque, y estar situado entre el Ayuntamiento y la Cámara de Comercio, le otorgaba una distinción y elegancia sin par. Nació el Hotel Central cuando comenzaba Gerardo Machado su segundo mandato. Frente a uno de los mejor diseñados parques urbanos de la Isla, y que se había rodeado de un conjunto inmobiliario que si no homogéneo, bastante bien articulados unos y otros. De factura ecléctica, el edificio se acordó diferentes órdenes para sus columnas, y estilos. La planta baja del edificio mantuvo el soportal, que imbricado con los portales vecinos, formó un pasillo largo techado con dos extremos, uno en la calle de Marta Abreu, y el otro en la calle Rafael Tristá. El soportal sobre el cual descansa la primera planta, está sostenido por seis columnas estriadas de orden jónico. Originalmente, la planta baja estaba ocupada por el vestíbulo del hotel, a la izquierda, y por el Café El Central, a su derecha, cada uno ocupando una mitad del volumen total. El Café, abierto hacia el portal, hacía uso de éste como terraza exterior. Del lado del Café, entre columna y columna, y para delimitación del establecimiento, fue colocada una baranda trabajada con tablillas de madera, lo que daba un aire de intimidad al cliente, aunque el espacio fuera abierto. La luz natural entraba al vestíbulo del hotel por el escaparate enmaderado que ocupaba todo su frente. Un trabajo remarcable de marquetería, donde los vidrios de las puertas-ventanas y la ebanistería dejaban ver la influencia decorativa del art nouveau en la concepción neocolonial urbana.

El acceso al primer nivel, se hacía por una escalera que llevaba a un descanso, desde donde se bifurcaba a izquierda y derecha. Sendos pasillos recubiertos de azulejos, coloridos pisos como ya hemos encontrado en buena parte de la ciudad y techos ornamentados de molduras. Entre ambos pasillos, una pieza techada pero abierta hacia la escalera principal y abierta hacia un patio central, sin acceso y enteramente protegido por muro con balaustres. La abertura consistía en dos grandes puertas con sendas lucetas superiores. Los dos pasillos, en dirección al frente del hotel, daban a una pieza cuyas tres puertas permitían el acceso a un amplio balcón techado sostenido por ocho finas columnas, doble bosel, luego ornamentadas imitando engalanamiento romántico, y lisas hasta el capitel corintio. Las dos habitaciones a cada extremo, eran las únicas dotadas de puerta y balcón privado con vista al parque. El friso coronando el techo del balcón voladizo, un pastel de relieves y molduras decorativas. La cornisa toda balaustrada y al centro rematado por dos pilares, el suavizado frontispicio donde todavía puede leerse Hotel Central, y el económicamente convulso año de 1929. Desde el pasillo de la derecha, una escalera exterior, protegida por una baranda en hierro forjado, fue construida para acceder a las habitaciones de la segunda planta. La dicha escalera, de doce pasos, se detenía a mitad del nivel y desde allí se dividía en forma de percha invertida, once pasos de escalera a cada lado, que daban acceso al nivel más alto del hotel. Cinco habitaciones ocupaban el cuerpo construido a todo lo ancho del edificio, pero de escaso fondo, el cual daba hacia el techo delantero del inmueble. Me pregunto si eran cinco apartamentos arrendados a inquilinos permanentes del hotel. ©cAc

mercredi 28 octobre 2009

Palacio Municipal (Ayuntamiento)

Terreno manigual, solar concedido graciosamente, casa de familia y casa capitular con cárcel incluida es la historia acumulada durante doscientos treinta y tres años, antes que se levantara en 1922 el edificio que a título de Palacio Municipal acogería el ayuntamiento de la ciudad y del municipio de Santa Clara. Los años veinte, de inquieto desarrollo, de esperanzas republicanas y escasa alternancia política, fue el periodo de mandato, por dos veces, de Gerardo Machado, después del cuatrienio de Zayas. La gobernación provincial proyectaba y ejecutaba. La ciudad se desperezaba de su adormecimiento. El perímetro de la plaza mantenía el diseño de la remodelación efectuada al final del siglo XIX. Por espacio de un año fueron vecinos, el Ayuntamiento y la Parroquial Mayor, ajena que en el recinto acabado de construir se jugaba su existencia. Nació el Palacio Municipal y se desmoronó la iglesia. Culpable de haber decapitado un trozo de historia de la ciudad, el ayuntamiento incorporó en su frontispicio, el reloj de la iglesia que miraba al poniente. Ahora mira al naciente. Existe. Y gracias a la meticulosidad de un hijo de la villa, también da la hora, a ritmo de campanadas. Es vivificante escuchar las campanas de medianoche, cuando el parque se sumerge en el silencio de un día a mitad de semana. Las campanas del reloj del Ayuntamiento. Pero, qué Ayuntamiento? Mi generación no conoció, -no conoce-, ni tampoco las otras generaciones que siguieron, a ningún alcalde de la villa. Nació el parque republicano, hermoso frente al Ayuntamiento. Pero tampoco conocimos aquel parque de pérgola, lámparas y butacas individuales. Casi simultáneamente, parque y ayuntamiento fueron desmantelados. El parque revolucionó sus costumbres. La ciudad perdió su Ayuntamiento. Por esas cosas de la vida, el sitio escogido para cabildear primero y ayuntar después, ambas cosas por espacio de 163 años, se convirtió en sede de la emisora radial CMHW, que existía a dos pasos de allí, en la calle Buenviaje. Otra mudada incomprensible, al menos mientras no conozca uno las razones de aquel cambio (para ocupar el espacio inmueble dejado por la institución edilicia?), un cambio que unos pueden pensar sin más allá ni más acá, pero en realidad pensado para revolucionar el eje de las fuerzas vivas moribundas, para decapitar el nudo de la sociedad civil pueblerina, o de una capital de provincia, centro de un centro, espina y flor.


©cAc-2009
El edificio ecléctico, con sustancial influencia neoclásica, sigue siendo la sede de la emisora provincial CMHW, conocida como La reina radial del centro. Hace muchos años, allá por los 80’, cuando ocupé un puesto en la directiva de la Brigada Hermanos Saíz en Santa Clara, me dijeron que me preparara para una entrevista, que no llegó a realizarse. Y como no entré para ello al recinto, les confieso que nunca he puesto un pie en el solar donde Baltasar de Lagos construyera su bohío en 1689. He tenido sólo el placer de ver la silueta beige del edificio con sus cinco ventanas vidriadas superiores, y sus cinco arcadas que dan acceso al portal desde el parque, su reloj tictacteando, y la bandera ondeando como si fuera el Ayuntamiento. Disfruten las fotos, como hice yo mientras las tomaba. ©cAc

©cAc-2009

mardi 27 octobre 2009

La Casa Capitular (Cabildo)

El ayuntamiento es una institución desaparecida, e indiscutiblemente, merece un poco de historia en el estudio espacial socio urbano de Santa Clara, porque fue, -Cabildo en sus orígenes-, la rueda dentada que hizo avanzar y sociabilizar la villa, desde su misma fundación. En la misa de fundación del villorrio estuvieron presentes, como parte de las familias fundadoras, cierto número de miembros del Cuerpo capitular de Remedios. Sería injusto no mencionarlos, porque además de sufrir las calamidades del traslado, ejecutaron el proyecto de fundación de la ciudad que acaba de cumplir 320 julios. Ellos fueron, el alcalde remediano, capitán Manuel Rodríguez, el alférez mayor Gaspar Rodríguez de Arciniega; Alonso Rodríguez, que fungía como procurador general, y los regidores anuales Esteban Díaz de Acevedo y Diego Gutiérrez. De manera que en el propio año 1689, el villorrio contaba con un cuerpo capitular capaz de echar a andar por los vericuetos de la administración. Una vez que las familias hubieron ocupado los solares en los que levantaron sus viviendas, y al mismo tiempo que construyeron la primitiva iglesia de la población, vecinos y cuerpo capitular se dieron a la tarea de levantar la casa de cabildeo. Esta Casa Capitular, construida con horcones revestidos de tabla de palma, y con techo de paja, fue levantada a cien metros de la apenas delimitada Plaza de Armas, en la calle que salía de la esquina noroeste de la misma, y que los vecinos bautizaron como calle de la Amargura. En Amargura, que luego se llamaría del Calvario, polvorienta y sucia, la casa, reconstruida y reparada por orden del Cabildo, serviría de Cárcel y Sala capitular por espacio sesenta y siete años. Ante la imposibilidad de hacer una nueva, y constatada la inseguridad del inmueble, el Cabildo decidió en el mismo año de 1756, de reconstruirlo, y como no tenía la suma proyectada a cotizar entre los vecinos, echó mano a los 400 pesos guardados en depósito. Un año duró la reconstrucción, que acometió enteramente el reconocido albañil y carpintero, Agustín Fleites. El maestro de obra invirtió en la construcción de la sala de sesiones, así como en la pieza destinada a Cárcel, 564 pesos por encima de los cuatrocientos efectivos de que disponía el Cabildo. La recaudación vecinal no permitió recuperar más que una sexta parte del déficit, y Don Agustín, conocido por su generosidad no cobró el valor real de su trabajo. La obra de Fleites era enteramente de horcones, madera, embarrado y tejas, para la sala capitular, y de mampostería y tejas, el local destinado a cárcel, que ocupó la esquina del inmueble. Veintisiete años sirvió la casa capitular a los menesteres del Cabildo, soportando los temporales de primavera y los vientos estivales, casi tan huracanados como los de hoy día. En 1784, la casa no resistió más, y el peso de sus tejas hizo que se hundiera el techo de la sala de sesiones, la cual fue trasladada a una casa de familia temporalmente. No fue hasta 1792, que se fijó un impuesto para el fomento y construcción de una nueva casa capitular, cuya aprobación por parte del gobierno se obtuvo dos años después, en 1794, justo cuando otro proyecto se puso en marcha, el de comprar la casa de los herederos del capitán Fernando Pérez de Morales, situada frente a la misma plaza Mayor. Entretanto, hubo polémica en cuanto a la elección del sitio, entre el Cabildo, y el teniente gobernador de Villa Clara, que abogaba por la casa del vicario Pérez de Prado, situada detrás de la Parroquial Mayor. Hubo de intervenir la Capitanía General de la Isla, que en 1797 dio el visto bueno por aquella que construyera el capitán Luis Pérez de Morales, fundador de la villa. La suma de 6000 pesos fue consignada en las escrituras de compra del inmueble a la familia heredera. Vale aclarar, que la casa del capitán Luis Pérez de Morales, había sido construida por el presbítero Marcelo Pérez de Morales, en los días en que se fabricaba la iglesia parroquial. Hasta ese momento, una miserable casa ocupaba el solar del que era propietario Baltasar de Lagos y que le había sido concedido por el Cabildo en los días posteriores a la fundación. Desde 1797, la casa de vivienda de los Pérez de Morales, albergó la Casa Capitular, donde sesionaría el Cabildo, y también la Cárcel de la villa. A cada nuevo teniente gobernador, la casa iba mejorando su aspecto y las reformas la dotarían de un aljibe en 1850, de sustanciales mejoras a las piezas destinadas a celdas, y en la segunda mitad del XIX, su fachada incorporaría el soportal cuyo entablamento la realzaría en belleza entre los inmuebles vecinos. En efecto, arquitrabe, friso y cornisa del portal sostenido por ocho columnas y basas lisas, todo carente de decoración, nos hace pensar que el edificio en su renovación se acordó un toque de orden toscano. ©cAc

lundi 26 octobre 2009

El Liceo de Villaclara, después de...


©cAc-2009
Desde su inauguración el 30 de diciembre de 1927, el Liceo no cejó en promover el arte, la cultura y las tradiciones cubanas, tal como había sido el objetivo de sus creadores sesenta años antes. Una institución que se sentaba en demora palaciega con alcance social ilimitado. No era un club reducido a una élite, era, tal como fue bautizado el edificio, un “palacio social” vivero de las nuevas generaciones. Generaciones que validarían las doctrinas martianas, cuyo culto no faltó en el Liceo. La institución, como fue costumbre desde 1926, organizaba cada año en la fecha del natalicio del Apóstol, la “cena martiana”, que creara en Manzanillo Juan Francisco Sariol, director de la Revista Orto. Con el gobierno revolucionario, la herencia cultural de la institución no varió, aunque sorpresivamente mermara la idea aglutinadora. No logro entender por qué la palabra “liceo” tuviera que descarrilarse y perder su simbolismo. De sede artística y cultural, se convierte en las oficinas de la recién creada Delegación Provincial de Cultura, y además, una escuela vocacional de música y un taller de montaje de artes plásticas (yo me pregunto cómo podían funcionar esas tres cosas en un inmueble concebido diferentemente, pero bueno,!). Y poco a poco fue dejándose de llamar Liceo de Villaclara. A raíz de la creación del Consejo Nacional de Cultura, la institución territorial villareña se instaló, desde 1962, en el desmantelado Gobierno Provincial, inquilino del ala izquierda del Palacio. Como el ala izquierda le resultó pequeña, las autoridades cometieron, a mi juicio, el pecado de cederle el ala derecha del edificio, que albergaba desde 1925 la Biblioteca Pública “Martí”. Así, quedó decidido el traslado de la biblioteca al Liceo de Villaclara, en el año de 1965. Cajas de libros, documentos y mobiliario de un palacio a otro. Tres años duró el destierro, al cabo de los cuales, cajas de libros, documentos y mobiliario volvieron a atravesar el parque para reinstalarse en su casa inicial. Con el antojo, -y yo creo más a antojos que a reflexiones, de ocupar el recinto del Liceo, el CNC hizo un favor a la Biblioteca, que ganaría todo el espacio del otrora Palacio Provincial.

Fue entonces que la memoria visual del Liceo quedó borrada para siempre. La prueba, las letras LV inscritas en el portal del edificio, frente a su puerta principal, fueron remplazadas por las siglas CNC. Durante dos años el CNC fue patrón del edificio, y al abandonarlo, se instaló entonces en sus dos niveles, el Museo de Historia, por espacio de ocho años. Casi finalizando la inestable década del setenta, en diciembre de 1978, el palacete color arena reabrió como Casa de Cultura, llevando como nombre, la de un destacado intelectual villaclareño, nacido el año de la independencia, y fallecido en Santa Clara, en 1977: Juan Marinello Vidaurreta. La Casa de Cultura no ha fatigado en su función, y desde su creación, ha vuelto a ocupar un espacio cultural para el que fue concebido el edificio. Multitud de eventos, concursos, manifestaciones artísticas de toda índole, y por supuesto, tanto apego y devoción a la cultura, que apenas se percataban de la fatiga del inmueble, del abandono en que iban cayendo sus piezas, de la humedad que aniquilaba sus ornamentos interiores, el moho negro ganando espacio en sus muros exteriores, paredes falta de pinturas, manoseadas, proa al final de un inmueble cuya solidez le permitía “aguantar” el desprecio a su conservación en perfecto estado.
©cAc-2009
La piedra de canto utilizada en la construcción del edificio, le imprime un toque de distinción con respecto a todos sus vecinos. Sus muros no sufrirán por la falta de pintura, pero ennegrecerán por ese sello que la humedad les confiere. Entonces, la renovación de la fachada, cuya limpieza es costosa, se impone. Fue de las primeras cosas en rehabilitarse, la limpieza de su fachada exterior. Las imágenes del abandono, exterior e interior, las guardo para mí. Y aunque la total restauración del inmueble no ha terminado, y existe una programación seguida muy de cerca por la dirección de patrimonio del territorio, quedé sorprendido por el esmero con que ha sido ejecutada en sus primeras etapas. Ornamentos, molduras, marquetería, vidrios, todo ha sido valorado y confiado a maestros de la restauración, que han dado mucho de sí para recobrar la elegancia interior de los salones, amén de no contar con todo el material necesario que le daría el brío de tiempos pasados. En abril pasado escribía sobre el evento que tuvo lugar en la Casa de la Cultura de Santa Clara (Premio de Conservación & Restauración de Monumentos Santa Clara 2009 ) y al que asistí con una gran satisfacción. Asistir al evento me permitió deambular y fotografiar sin cuestionamientos ni objeciones enjundiosas. Y las imágenes, las guardé para esta ocasión en que hacemos honor a la memoria del Liceo de Villaclara. Que las disfruten. ©cAc
©cAc-2009