mercredi 30 décembre 2009

Interior de casa (VI) calle San Miguel

 ©cAc

Una vecina me dijo dónde podía encontrar huevos. Fui a la dirección indicada y llamé por la ventana. Silencio. Toqué con la aldaba y estaba mirando la placa “Dios bendiga nuestro hogar” cuando el mismo Lucas me abrió la puerta. Mañana vuelvo a tener, vuelva mañana, -me dijo. Volví al día siguiente con mi canasta para huevos. Doce a dos pesos, veinticuatro, y le pagué con un chavito, al que no puso reparo. Mientras yo esperaba en la sala por los huevos, puse atención a los pisos y a las piezas de la casa. Sala sombría, pero fresca, con una ventana de dos paños, de persianas francesas y lucetas superiores. Reja de hierro, calcinados los goznes. A la izquierda una primera habitación. La saleta, fresca igualmente, envuelta en esa penumbra que sólo pueden ofrecer esas ventanas corridas dando al patio. Una segunda habitación a la izquierda de la saleta. Y fue precisamente el paso de la saleta al patio y pasillo techado lo que atrajo mi atención.

  ©cAc

La intimidad de la saleta era obra de los cinco paños de persianas, uno fijo en el extremo derecho, y cuatro, -dos de los cuales corresponden a la puerta hacia el pasillo exterior- abriendo hacia la saleta. Encima del enmaderado, como es usual en muchas casas de la ciudad, un vitral corrido compuesto de cinco vidrios de colores guarnecidos por veintidós vidrios blancos. A lo largo del pasillo, siguiendo la izquierda, la tercera habitación, el cuarto de baño instalado en los años 40’, pues originalmente estaba al fondo del patio, y la cocina-comedor. El techo del pasillo en forma de L está sostenido por una solera también en L sostenida a su vez por tres columnas que fueron inicialmente tres horcones delgados, dos de los cuales han sido remplazados por tubos de hierro. Y en el cierto abandono que imprime la tarde al patio y al pasillo, siento como una nostalgia por las casas de la ciudad. Y aunque ésta no es de las casas significativas de la ciudad, me parece bien hacer notar lo funcional de esas puertas ventanas y vidrios que dan el toque de intimidad a las saletas de Santa Clara. ©cAc

mardi 29 décembre 2009

Los mercados de Sta Clara (la feria dominical del Sandino)

He tenido la ocasión de deambular por toda el área del Sandino algún que otro domingo, temprano en la mañana. Digo “domingo”, porque en semana, aunque también me vi obligado a ir para comprar viandas y frutas, la oferta no era como durante la “feria”. El horizonte ferial de la consumación era mucho más diversificado. Desde el amanecer comenzaban a llegar tractores, camiones y automóviles de los vendedores, ya fueran campesinos productores independientes, intermediarios de los campesinos, o productores de las granjas cooperativas, complejos agro-industriales, y otros vendedores con sus bicicletas, carretones y carretillas.
En la calle que bordea el estadio infantil y que termina en el estadio de los grandes, se instalaban las empresas con sus productos excedentes, con cuanta vitualla pudieran cargar, tornillos, productos plásticos, muebles, cacerolas, jarros, sartenes, gomitas para cafeteras y sellos de seguridad para las ollas, breve, un pulguero o mercadillo para comprar aquello imposible de encontrar en la red comercial de la ciudad.
En la avenida Sandino, desde el Estadio frente al edificio alto hasta la calle 1ra, se instalaban los improvisados anaqueles, tarimas y cajas a manera de mostrador. Los remolques de tractores y los camiones. Los vendedores de trigo salvado, de puré de tomate, ajos y cebollas, en ristras y al detalle, y la cosecha de estación –excepto la papa cuya distribución y venta está controlada-, yuca, malanga, boniato, berenjenas, coles, calabaza, quimbombó, plátanos machos, plátanos burros y plátanos frutas, aguacates a precios desorbitantes, naranjas, toronjas, -difícilmente limón- frutabombas y piñas, mango de clases y mucha guayaba, jamás un mamey amarillo pero si hermosos mameyes a precios astronómicos!
En la calle 1ra, que es la del Cabaret El Bosque, puestos de fritas, guarapo, refrescos a granel, un puesto vendiendo chicharrones al peso, y varios vendiendo bocaditos de carne de cerdo con lechuguita y tomate, picante al gusto y pepinillos marinados, cajitas de congrí y cucuruchos con chicharritas!
Los domingos, el área del Sandino se convertía en feria provinciana al estilo de esos mercados del Marruecos profundo, a diferencia que en la santaclareña feria, no faltaba la pipa de cerveza, -clara y causante de dolorosas cefaleas, y ron a granel, bautizado, que es sencillamente ron adulterado. Para los afortunados Dimar con especialidades del mar, y cervezas de botella o latica, ron Santiago o Paticruzao, y refrescos enlatado y limonadas gaseadas. En el viejo quiosco del Minaz, pizzas y bocaditos de jamón de Vegas de Palma. Sobre el puente, en los improvisados bancos casi pegados al río. El callejón de Las Bocas y los vendedores informales con sus dulces de guayaba, los lechugueros, y el viejito que vende el perejil y el cilantro. Gentes detrás de la comida, otros detrás del alcohol. Como en esas ferias polvorientas que animan los dormidos pueblos andinos, y también las ciudades del sur continental.

  


Deambular por la “feria” era estar en otra Santa Clara, de mil rostros diferentes, rostros de viejos arrugados, de brazos jóvenes tatuados y de cabezas con rolos y bicitaxistas fatigados, carretoneros pregonando Terminal, me voy, terminal, y música en cada esquina, gritería aquí, gritería allá, baile y mulatas con zandunga, riñas y altercados, botella de ron a la mano, o cerveza a granel en lata reciclada. Verdadera fuente de estudio para etnólogos y antropólogos europeos. Y como ya les he descrito el lado alimentario y culinario, les muestro en un slideshow imágenes de la feria dominical en plena ebullición mañanera. ©cAc

vendredi 25 décembre 2009

Los mercados de Sta Clara (los últimos veinte años)

Primero fue la suspensión de la ayuda soviética, y la entrada de los cubanos, a mitad del verano del 90’, en el largo y fatigante “periodo especial”. No digamos carestía, ni déficit de ciertos renglones. Penuria cruda y ruda. Luego como un sésamo, promulgaron la legalización del dólar y la aparición de las “shoppings”. Corría 1993. El cambio peso-dólar llegó a las nubes. Y lo que no encontrabas en los mercados en pesos, lo encontrabas en la “bolsa negra” en moneda americana. Hasta que su uso fue nuevamente restringido, y remplazado por el peso cubano, apellidado convertible. Finalizando el siglo, el mercado, también paralelo, pero ni libre ni campesino, aumentado de agropecuario y estatal, volvió a las áreas de parqueo del Estadio Sandino. El Estado, se convertía en intermediario de los campesinos, cuya producción -salvo la de consumo familiar-, entregaba a los centros de acopio estatales, a precios fijados por la dicha entidad. Y otro precio, bien elevado, al momento de ofertar los productos en los MAE. Como para volverse locos, -exclamaban los consumidores. Recuerdo que en los quioscos construidos en duro, en los terrenos a la izquierda pasando el Cubanicay, y que servían para la venta de cerveza en fechas de carnaval, se desarrolló un cierto mercado, estatal, evidentemente, al que se accedía con la conocida “libreta” y que daba derecho a productos del “agro” con precios relativamente aceptables. Pero aquellas colas, mayoritariamente de jubilados, se acabaron con el cierre de aquellas ventas, a las cuales venían gentes de toda Santa Clara.
Del 2000 a esta fecha, todo ha cambiado, y se mantenido igual. Mercados y mercados. Precios y desprecios. En el parqueo del Estadio, excepto los lunes, de un lado el Mercado Estatal Agropecuario y del otro, los puestos de los campesinos (medio campesinos – medio intermediarios!). En los quioscos de la avenida Sandino y calle 3ra, el “mercado” de las carnes. Carne de cerdo, y de carnero. Ni de res ni carnes blancas! Los domingos, todo el área del Sandino se convertía en Feria Dominical al estilo de esos mercados del Marruecos profundo, a diferencia que en la santaclareña feria, no faltaba la pipa de cerveza, -clara y causante de dolorosas cefaleas, y ron a granel, bautizado, que es sencillamente adulterado. Gentes detrás de la comida, otros detrás del alcohol. Y al estilo de esas ferias polvorientas que animan los dormidos pueblos andinos, y también las ciudades del sur continental.
Y de nuevo cambios. El área del Sandino, es puro cambio, casi en permanencia, como el guarapo y las fritas, en la avenida del Burro Perico (oficialmente 9 de Abril) y calle 1ra. Adiós organopónicos, quioscos de los años 70’, cuando el Sandino bullía durante los carnavales, desaparición de los degradados baños públicos, y nuevas instalaciones (cafetería de la cadena Dimar, en pesos cuc, bien sûr!, y puestos de venta de productos de las TRD., y cambios en la trama vial, comenzados cuando el difunto Juan Pablo II ofició misa en la ciudad de Marta, y continuados hace poco con la extensión de la calle 1ra, y la construcción de un parque de atracciones, con aparatos chinos, y que antes de terminarlo ya lo llaman el “Parque Chino”… ¿dónde reinstalaron los mercados? Pues, las instalaciones del antiguo Mercado Paralelo acogieron al Agropecuario Estatal y al Cárnico. Sin olvidar la guarapera, y a la entrada del mercado, refrescos de frutas (en marzo me di gusto con el refresco de nísperos!), y del otro lado de la calle, parqueo de bicicletas, a 40c ilimitado, otro puesto de ventas en cuc, y menos tradicional y vistoso, el área reservada al mercado campesino, tres veces menos importante que cuando estaba en el parqueo del Estadio. Y como en todo buen mercado cubano, esa figura clave a la entrada de los recintos: el vendedor de jabitas (las bolsitas de nylon de las shopping), a peso las jabitas, y el otro vendedor, aquel que las confecciona y vende, más sólidas y duraderas. Todo ello, es como la plaza del mercado, pero “cauchemardesca”, mal pensada, poco funcional, a evitar a punto de mediodía, jamás bien abastecida, a proximidad del parque Vidal y en línea recta hasta él, lejos de todos los barrios, mal servida en transporte, y para colmo, no tan descentralizada como la quería el dirigente demoledor del 65’. ©cAc
  ©cAc
Área del Mercado Agropecuario (Estatal), en el parqueo del estadio Sandino, en el 2004 (izq). Foto tomada en el 2005, del Mercado campesino, también ubicado en otra área de parqueo del Estadio de base-ball (centro). A la derecha, aspecto actual de la fachada exterior del Mercado Paralelo, que da a la calle Buenviaje. En estos parajes hubo de construir su casa de tabla de palma y guano, en el mismo año de 1689, Cristóbal de Moya, uno de los fundadores de la villa. El terreno, fértil por la inmediatez del río del Monte (actual Cubanicay), hubo de convertirse en la primera finca de la villa (estancia en aquellos tiempos), y cuyo propietario dedicó al cultivo del plátano y de la yuca.

jeudi 24 décembre 2009

Los mercados de Sta Clara (de campesinos y paralelo)

El Mercado Libre Campesino fue creado en 1980. Los campesinos, de manera individual, podían vender, -una vez cumplido el contrato con las entidades del Estado- la producción excedente. En Santa Clara los campesinos montaron sus tarimas y puestos en el área de parqueo del Estadio Sandino. Los santaclareños reencontraron productos desaparecidos o muy escasos. Cierto, la canasta familiar mejoraba, pero la posibilidad de adquirir los productos era un “casse-tête” para los cabezas de familia. El mercado libre estimuló a los campesinos, y la producción creció notablemente. También el mercado estimuló un afán de lucro, no por parte de los campesinos, sino por aquellos que se impusieron como intermediarios entre el productor y el comprador. De ahí que los mercados fueran denominados “de los bandidos de Río Frío”, en alusión a una novela que pasaba la televisión. El campesino ponía sus precios, y el intermediario -elemento necesario en la economía, pues alguien tiene que vender, y no puede ser el propio productor-, quintuplicaba y sin sudar, ganaba más que el que producía la tierra. Seis años duró el Mercado Libre Campesino, hasta que cayó en la lista de errores a rectificar. Se perjudicaron los campesinos, los intermediarios, y la población en general. Si hubiera habido un verdadero control, con precios justos “plafonados”, el mercado no hubiera sido blanco del gobierno.
También en los 80’, casi cuando llegaba a su fin el mercado libre campesino, abrió el Mercado Paralelo de Santa Clara, en los antiguos terrenos y dependencias de un aserrío situado al final de la calle Buenviaje, casi pegado a la línea del ferrocarril central. Era un germen de gran supermercado, con anaqueles y estanterías, cuyos productos, más caros que los de distribución por libreta, colmaban o casi colmaban las necesidades que el racionamiento no lograba. Incluso, nada de balanzas ni onzas robadas, arroz, -muchos descubrieron el arroz integral-, azúcar prieto, frijoles, sal, todo envasado, conservas marinadas rumanas, vinos búlgaros y el excelente vino tokaji (Tokay) húngaro, sopas y café soluble polaco, compotas de manzanas rusas, cerezas en su almíbar, jugos de albaricoque, y algo que apreciaban los consumidores: papel sanitario. Al decir de los precios, precios estatales, no era para ir todos los días, pero lo que se encontraba en el mercado ayudaba a paliar muchas necesidades. Entre bandidos y bandidos, sin dejar fuera a los bodegueros, también buenos especímenes de bandidos, el forrajeo, aunque no desapareció, se hizo sombra, dispuesto a renacer cuando al caso viniera. ©cAc


  

mercredi 23 décembre 2009

Los mercados de Sta Clara (libreta y forrajeo)

Pero, no voy a tratar de todas las mercaderías, que ya habrá tiempo para ello, sino solamente del abastecimiento agropecuario: lo que la tierra y el mar, -en un país rico en tierras y mares-, nos proporcionaba. Aquel capricho de dirigente empecinado en demoler el edificio de la plaza, tenía como objetivo la descentralización del mercado en diversas áreas y barrios de la ciudad (descentralizar la miseria?, la escasez?, porque en 1965, la plaza era ya un fantasma de plaza!). Dónde fueron situados esos nuevos mercados al desaparecer la plaza? Hay una palabra que se ancló en la oralidad de los santaclareños en ese periodo: forrajear. Forrajear según el Diccionario de la lengua española ©2005 Espasa-Calpe, significa “segar y recoger el forraje”, y forraje es la “hierba o pasto seco que se da al ganado”. Se iba a tal y mas cual lugar, o tal pueblo, para forrajear lo que se encontrara, ya fueran viandas, frutas, ajos cebollas, café en granos en las lomas de Jibacoa, arroz llegando a Sancti Spíritus y frijoles en la escambraica zona de Barajagua, tomates en el valle de San Diego, y así iba la vida, de forrajeo en forrajeo. Fue de cierta manera, el inicio de la pérdida de valores culinarios, y el desconocimiento de muchos platos en sucesivas generaciones. Con el nacimiento de “la libreta” no hubo necesidad de abrir mercados en los barrios. Ya estaban. Las bodegas, que había en todas las esquinas, asumieron la tarea. Cada familia con su libreta debía ajustarse a la distribución equitativa, semanal, quincenal o mensual, de acuerdo al producto que se tratara, o anual, como la venta de carne de cerdo cuando se aproximaba el día de Santa Ana. El pescado era distribuido en las carnicerías[1]. Fresco unas veces, otras congelado, en proveniencia de los buques-fábricas de la flota cubana de pesca.
  
Tres carnicerías de Santa Clara, elegidas al azar. "El tigre" (izq.) está situada en la esquina de Tristá y Alemán, en lo que fuera un comercio cuya construcción data de la segunda mitad del sXVIII. El comercio fue intervenido en los 60’, y convertido en vivienda y carnicería. La parte utilizada como vivienda por Alemán perdió todo el carácter colonial, al ser bajada la altura del techo, a través de una placa y ventanas pequeñas. También por Alemán, la puerta casi en la esquina fue convertida en ventana y se le agregó una reja de cabilla. De las tres puertas por calle Tristá, solamente la de la carnicería guarda relación con la arquitectura colonial, habiendo desaparecido las otras dos al convertirse esa parte del inmueble en vivienda. Nótese el alero original por la calle Tristá, completamente decaído por el lateral que da a Alemán. "La Toreta" (centro), está situada en una esquina que fuera un gran caserón colonial construido a finales del sXVIII, cuando la villa se extendía hacia el suroeste, y convertida en bodega en el XIX, momento en que renovaron techos y aleros. Por San Miguel, una parte del otrora caserón sirve como vivienda, y por Alemán, parte de las piezas de la casa, fueron convertidas en la administración de un taller automotor al que se entra por San Miguel. En la reconversión de comercios, como es el caso, se observa frecuentemente la clausura de puertas, su conversión en ventanas y la deterioración del patrimonio de trabajos en hierro de la ciudad. La bodega fue destinada a carnicería, y en la actualidad, como el oficio de carnicero casi ha desaparecido, sirve además como “placita” (venta de viandas y frutas por la libreta), lo que convierte al carnicero en placero. La tercera carnicería, "La Paz" (der), ocupa un local comercial construido en los 50’ y expropiado unos diez años más tarde. La denominación “unidad” remplaza la de “carnicería”. ©cAc

[1] La plaza del mercado vendía la mayor parte de la carne y pescados que se consumía en Santa Clara, y era el centro de abastos de los restaurantes y fondas, así como hoteles y casas de huéspedes. No obstante, en la ciudad existía un matadero municipal, y algunas carnicerías. Con la instauración de la “libreta” de consumidores, el Estado creó una red de carnicerías administradas por el Poder Local, en todos los barrios de la ciudad. Esas carnicerías fueron ubicadas en garajes de viviendas confiscadas, locales comerciales destinados a otro uso y que habían sido intervenidos, incluso en modestas cafeterías, y en habitaciones utilizadas para arrendar por sus propietarios y que daban a la calle. No fue lo mismo con las bodegas, que desde tiempos coloniales, existían en todas las esquinas de la ciudad, y llevadas en su mayoría por peninsulares y también por chinos residentes en Cuba desde mediados del sXIX.

mardi 22 décembre 2009

Los mercados de Sta Clara (el fin de la Plaza)


Hemos comentado en esta bitácora sobre la antigua Plaza del Mercado, que se encontraba hasta 1965 en el cuadrado que hoy ocupa la Heladería Coppelia. Todo parece indicar que la plaza abastecía en productos agrícolas, del mar, comidas elaboradas, y mil otros productos de quincallería y utilería, a toda, o a casi toda la ciudad, mientras el comercio no tuvo las trabas surgidas a partir de las regulaciones en política económica del gobierno revolucionario. No puedo acordar crédito a mi memoria, porque ella no cuenta. Nací cuando las escaseces golpeaban a los cubanos, tres meses antes que la crisis de octubre se inscribiera en la historia de Cuba y de las naciones concernidas. Qué era de la plaza en aquellos años de inercia, de inicios de reformas agrarias, nacionalizaciones e intervenciones? No lo sé, pero estoy seguro que habrá personas dispuestas a contarnos de los últimos años de aquel mercado central de la ciudad, y…, había otros? Tampoco lo sé. En 1963 la población de Santa Clara, -a raíz del censo efectuado para el control de abastecimiento y consumo- estaba estimada en casi 110 000 habitantes. El país gozaba de un crecimiento demográfico, y Santa Clara presumía de este “baby-boom”. La plaza fue perdiendo su aire de mercado, tarimas y estanterías se vaciaban, o cerraban completamente. Los abastos de los lunes fueron haciéndose minúsculos y un buen día desaparecieron. La plaza cerró. Cuentan que podías recorrer la ciudad de una punta a la otra, y en todas las direcciones y no te encontrabas “ni un par de cordones para zapatos”. La escasez fue resultado de la escasez, y la miseria, -no de Espíritu, sino de bienes de consumo, se apoderó de las tiendas, de los comercios, de las casas, de las viejas familias, y de los que fundaban nuevos hogares. Ahí se cerró una página y comenzó un nuevo capítulo en la historia de los mercados en Santa Clara. ©cAc

mercredi 16 décembre 2009

El San Juan Bosco de Amelia Peláez(*) en el Colegio Salesiano de SC

 
Una visita me apremiaba antes de quitar Santa Clara, la pasada primavera: el edificio que ocupó el Colegio Salesiano y que dirigiera el Padre José Vandor (http://elcarmen.parroquia.org/centenariovandor/) hasta su cierre en 1961. Si bien me interesaba su estructura inmueble, lo que me hizo pedalear los siete kilómetros que distan del centro de Santa Clara, fue la pintura mural que nos legara la artista plástica villareña Amelia Peláez, y que hiciera la pintora en 1956. El fresco, dedicado a San Juan Bosco, ocupa la pared de fondo del altar central de la que fuera capilla del hogar salesiano. El que pueda mostrar el fresco en todo su esplendor y tamaño, lo agradezco a la dirección del centro, a la cual me dirigí para acceder a la actual biblioteca del Instituto Tecnológico, y que no puso reparo en que yo deambulara por el recinto, así como también a la amable bibliotecaria, que no escatimó en explicaciones. Les muestro el casi desconocido mural de Amelia Peláez, que por su ubicación, se revela difícil al gran público. ©cAc
 
 
©cAc-sjbdetalles

(*) Amelia Peláez, Yaguajay, 1896 – La Habana, 1968. Estudió en la Academia San Alejandro, y fue alumna predilecta del maestro Leopoldo Romañach, el cual influyó notablemente en sus paisajes. En Paris, tomó cursos de dibujo en la Grande Chaumière, asistió a l’Ecole Nationale Supérieure de Beaux Arts así como a l’Ecole du Louvre. Se dedicó con pasión a la cerámica y fue hacedora de importantes obras murales.

El Colegio Salesiano de Santa Clara

El colegio "Rosa Pérez Velazco" fue construido por la orden de los Salesianos (http://www.elcarmen.parroquia.org/?mod=historia2) en la carretera de Camajuaní, a unos siete kilómetros del centro de la ciudad, en la década del 50’. Por aquel entonces, la carretera que unía la capital provincial con Camajuaní, San Juan de los Remedios y la Villa Blanca (Caibarién), era una vía de comunicación apacible, salpicada de casas desde la salida de la ciudad, en un tramo de tres o cuatro kilómetros. Luego, diseminados, a uno y otro lado de la carretera, bohíos de diferente factura. Los padres salesianos no dudaron del buen emplazamiento del colegio, a proximidad de la universidad, en un paraje de frondosos árboles y de mucha tranquilidad. El colegio fue proyectado y levantado siguiendo la tipología constructiva de la joven universidad villareña. El cuerpo del edificio, de dos niveles, fue concebido como una escuadra, con fachada principal hacia la carretera, pero a una distancia prudencial de la misma. Portón de entrada con calle de acceso hasta el parqueo. Construido más alto que el nivel del suelo, se accede al vestíbulo por una entrada de escalones a todo lo ancho del mismo. A la derecha, el ala administrativa del colegio, y a la izquierda el bloque destinado a la enseñanza, a cuyo primer nivel se accede por una escalera desde el vestíbulo. El bloque de aulas es alargado hacia el este y dobla en escuadra buscando el sur, en cuya planta baja se ubica el comedor de la institución. Un pasillo cubierto se extiende más al fondo, en dirección a otras dependencias del antiguo colegio, y a las instalaciones deportivas.
Cuadrado, en medio del cuerpo a escuadra del edificio y frente a la actual biblioteca, un patio atravesado de caminos hechos con grandes lajas de piedras, arecas, crotos y par de arbustos sobre un césped seco desprovisto de verde sirve de plaza de actos y de recreo. Desde el patio, y también subiendo cuatro marchas, se accede a un edificio con fachada recubierta en lajas, -concebida así originalmente-, con dos puertas. Es la antigua capilla del colegio salesiano, hoy convertida en la biblioteca del Instituto Tecnológico del Azúcar “Pedro María Rodríguez”, que ocupa el lugar. La capilla consta de una nave con techo de dos aguas, y seis grandes ventanas que van desde el suelo al techo, por cada lado, además de sendas puertas a mitad de la capilla. Al final de la nave, cual altar moderno, los muros suben al centro con un techo inclinado, en cuya pared del fondo puede apreciarse la pintura mural concebida por la pintora Amelia Peláez y que representa a San Juan Bosco. En el inmenso terreno a la derecha de la capilla, una frondosa ceiba da sombra al campanario: dos columnas sosteniendo una viga, de la cual pende la campana que perteneciera a la finca La Azotea, que fuera propiedad de Mariano de Mora y Salazar, regidor alférez real de la villa en sus tiempos coloniales. La campana fue donada en 1956 por Rosalía Arencibia de Díaz, bisnieta del regidor.
El Colegio Salesiano cerró sus puertas al ser nacionalizada la enseñanza en 1961, y el edificio pasó al sistema nacional de educación dirigido por el MINED. ©cAc







  

mardi 15 décembre 2009

La Plaza del Mercado (Heladería Coppelia)


  



Durante los cuarenta primeros años de República, Santa Clara fue renovando su imagen urbana y las autoridades tanto municipales como de gobernación provincial, impulsaron la construcción de edificios de utilidad pública. Santa Clara se dotó en ese periodo de un Mercado, en un espacio urbano cuyo suelo es de inestimable valor: a escasos cien metros del centro vital de la ciudad –el Parque Vidal-, y en una de las calles principales, la calle Colón. El edificio, de estilo art déco, se alzó como la plaza ideal de abastecimientos de la ciudad, y por ello se convirtió en la Plaza del Mercado, que nuestros abuelos, tíos y padres llamaban familiarmente, la Plaza. Dicen quienes lo recuerdan, que en la Plaza se encontraba de todo cuanto pudiera necesitarse, y al alcance de la mano, en sus tres niveles de comercios y tarimas. Pero aquel mercado, aquella plaza que bullía de comerciantes, campesinos y viandantes con sus productos, aquel edificio sólido, clave en la vida de cualquier pueblo o ciudad, fue blanco del capricho de las autoridades locales vestidas de verde olivo desde los primeros meses de efervescencia revolucionaria. Y el capricho del dirigente de turno, fue descentralizar el mercado, a partir de la construcción de mercados de proximidad en los barrios de Santa Clara. No me cabe duda que la idea de descentralizar el mercado de abastos era, desde el punto de vista práctico, una buena idea, sin que por ello desapareciera la tradicional Plaza del Mercado. Pero no era precisamente la idea del dirigente (pudiera ser Arnaldo Milián Castro?), aquella de descentralizar, sino de hacer desaparecer. Y cómo desaparece un edificio? Pues demoliéndosele hasta hacerlo polvo. Y si el edificio, en lugar de destruirse, hubiera servido para acoger un centro cultural, como esos espacios de cultura que conocemos en Europa, y que permiten, dándole una segunda vida, conservar el patrimonio local? Pero no hubo alternativas, no hubo espacio para la reflexión.
Corría 1965. Bullía Cuba. Demolía. Construía. Sólo miraba el presente, aquel presente de cambios irreflexivos. El dirigente no quiso escuchar, no entendía de historia urbana ni de patrimonio local de la ciudad. A eso no le daba importancia, la revolución no podía detenerse por cosas que no fueran de importancia, y la Plaza del Mercado no era más que un símbolo de consumo, de vendetta, de desigualdad… En un santiamén desapareció la Plaza del Mercado y en su lugar fue construido un edificio moderno, proyectado por el arquitecto José Cortiña. La plaza del mercado, cedió su lugar a una heladería, Coppelia, como otras heladerías que se construyeron en algunas ciudades de la isla, -Matanzas, Varadero, Camagüey, Cienfuegos-, siguiendo el mismo estilo, con más o menos relevancia, y entre las cuales se destaca aquella que diseñó y construyó el desaparecido arquitecto Mario Girona, en la movida Rampa habanera.
El Coppelia de Santa Clara sorprende por su estructura aireada de piezas prefabricadas salientes a la calle, y que no son simples módulos de cemento incorporados en la primera planta, sino un armonioso conjunto de rendijas modernas proporcionando luz natural, ventilación, y protección de la lluvia y de los soles del mediodía y la tarde santaclareña. La planta baja, de impresionante puntal y numerosas columnas, fue concebida con jardinera interior y canteros en todo el derredor de la planta, mucho más alta que el nivel de la acera. Originalmente, los canteros que dan a la calle no fueron concebidos por su arquitecto con las actuales barandas de cabillas que le han incorporado, y me comentaba el maestro Cortiña, en marzo pasado cuando coincidimos en Santa Clara, que el espacio verde era un engranaje entre el edificio y los pasantes por la acera, sin barreras, justo como un soplo de libertad. Y es cierto, esas escuálidas cabillas se muestran agresivas y punzantes, pero –sin que eso sea una justificación- fue la barrera sin alternativa a aquellos ciudadanos, que incivilizadamente y obviando las reglas de convivencia social, entraban a la heladería, -e incluso escapaban- sin hacer caso a la fila que esperaba para tomar un helado.
Impresionante es el maderaje utilizado a manera de divisiones entre los salones de la planta baja y como soportes del servicio de heladería, en el cual estaban incorporadas las estanterías de platos y copas, las gavetas para paños y cubiertos, y espacios para las jarras de agua fría, así como espacios para la recuperación de los servicios de copas, vasos y cubiertos usados. Las especialidades de la heladería y los sabores, estaban al alcance de la vista, como carteles luminarios que se encendían al caer la tarde. Mesas y sillas design en laborado hierro y mármoles, y granitos y una empleomanía mayoritariamente femenina que portaba un uniforme de blusa blanca y falda escocesa, que durante muchos años identificó la institución.
El Coppelia de Santa Clara tiene, como en tiempos del mercado, su fachada de servicio y abastecimiento, al fondo del edificio. Dos entradas a los salones de la planta baja por sus fachadas laterales, con sendas escaleras a la planta alta, dando acceso a un piso intermedio con espaciosos baños públicos, y cabina de teléfono –mi memoria me lleva al final de los 70’ y 80’, hoy puede eso haber cambiado-, y desde ese entrepiso una escalera a los salones protegidos por los módulos prefabricados. Planta con jardineras, y la misma concepción mobiliaria que la planta baja.
No solamente se le incorporaron las rejas exteriores, sino que han desaparecido elementos originales, como mobiliario, servicio de cristalería –remplazados por cucharitas y copas de aluminio, vasos plásticos con olores a viejos paños re-que-te-usados para limpiar las mesas-, la iluminación de neón original apenas funciona, y en las columnas han sido colgadas esas lamparitas de bazar barato visibles en cualquier lugar de la isla; las mesas ya no llevan mármol, sino escuálida madera cubierta con mantel de hule. Las sayas negras remplazaron los cuadros escoceses y falta detergente para blanquear las blusas y camisas blancas.
De las 24 “deliciosas combinaciones” y de los 26 sabores de los primeros años de Coppelia, nos queda un vago recuerdo y un prospecto de la época. Todos los sabores estaban tarifados a 0,50c excepto la almendra que costaba 0,70c y las combinaciones iban de la simple bola a 0,50c a la copiosa ensalada por un peso cincuenta centavos. Pero ya eso era historia al final de los 70’. Vainilla y mantecado. Mantecado y vainilla. A veces chocolate, y casi nunca fresa. Agua al tiempo y colas, y tiempos sin agua, y por supuesto, sin colas. Épocas de abundancia heladera, otras de penurias infinitas. Durante un tiempo, en la planta alta instalaron un restaurante, luego desapareció, volvió a ser heladería y dulcería fina, con un interesante surtido, si los dulces no se desviaban a otros menesteres, como el helado en muchas ocasiones. Las tinas de helados, sobre todo si de chocolate se trataba, se escabullían por el fondo sin llegar a ser saboreadas por los adictos a la institución santaclareña, que teniendo helado, ya fuera uno o dos sabores, lo mismo en invierno que en verano, no se vaciaba. Coppelia era el lugar ideal para la merienda de las cuatro si caías en la sesión vespertina del preuniversitario, porque por la mañana la heladería no abría. Refugio de enamorados, de golosos, de abuelos con sus nietos y de hambrientos exagerados. Destinación final de una salida nocturna, ya fuera al cine o al teatro. Coppelia, sin actos ni complicado escenario, es un ballet viviente en el centro de Santa Clara, y como en el cuento de Hoffmann, su silueta sigue fascinando, aunque todavía sobrevuele en su techo el alma perdida de la plaza del mercado. ©cAc 
 cAc con el arquitecto José Cortiña (izq), en el Coppelia de SC por la puerta de salida que da a la calle Colon.

lundi 14 décembre 2009

La Plaza del Mercado...

  


Cada martes, en Roquemaure, la plaza de la Pousterle es una fiesta de olores, colores, comerciantes y gentes que le dan un toque de “feria” al pueblo desde bien temprano en la mañana hasta que las últimas mesas y muestrarios cierran, un poco después del mediodía. En el trayecto a la casa, a pie, mientras cargaba mi cesta con unas hermosas cebollas blancas, un mazo de zanahorias, un kilo de kaki, un queso fresco de cabra, un pan de campaña, y un boliche para asar, me dio por pensar en otros mercados, de otros pueblos y ciudades. Hay mercados habituales que uno conoce bien, y están esos mercados donde uno pone los pies y que los incorporas a la lista de los recuerdos de viajes. Sería interminable la lista de mercados, desde aquel construido en el XIX en cualquier pueblito francés, pasando por el de Budapest, los del Cairo o Estambul, los zócalos marroquíes, el mercado de pescados de Tokio, y por qué no, el habanero mercado de Cuatro Caminos. No obstante, sin haberlo conocido, pues fue demolido cuando apenas yo levantaba dos cuartas del suelo, tuve un pensamiento para la plaza del mercado de Santa Clara.
Hacia finales del sXVII, se levantaron las primeras casas en la calle que nombraban San Juan Bautista y que se extendía unos cien metros al sureste de la plaza de Armas hasta chocar con la manigua. A principios del XVIII cuando San Juan Bautista fue rebautizada como calle de Isabel II, nació, saliendo de ella y hacia el este, en dirección al río del Monte, la calle de San Lorenzo. En su mayoría, casas de madera y guano, algunas de embarrado y tejas. Nada en el paisaje urbano que pudiera relevarse como extraordinario. La villa había tenido un mercado improvisado en el patio de la casa de Marcos Gaspar Rodríguez, en Huesitos y Calvario, hasta 1713, más tarde una casa dedicada a carnicería abrió en la misma plaza Mayor, hasta que fue construida en 1765 otra en el emplazamiento dedicado a mercado de la villa, y que estaba en la manzana limitada por Provincial, Renacimiento, Calvario y San José. Ese mercado, bastante primitivo, puede haberse llamado en algún momento “mercado de las Tahonas”, si se tiene en cuenta que había varios locales que hacían y fabricaban el pan, y porque es posible que hubiera un molino de trigo en un área del mercado. Con el progreso de la villa y los cambios que se operaban en la vida cotidiana, el mercado fue trasladado a la calle Isabel II, que en su extensión hacia el sur, cruzaba San Cristóbal, Candelaria y ya se urbanizaban los solares alrededor de San Miguel.
Durante los primeros años de la República, las calles fueron rebautizadas y el mercado hubo de encontrarse en calle Colón (Isabel II), entre Domingo Mujica (San Lorenzo) y Eduardo Machado (San Cristóbal), con un callejón al fondo, por donde se abastecía el mismo, y puertas de entrada por las tres calles.
La renovación urbana que paulatinamente conocía Santa Clara en ese periodo, trajo consigo la rehabilitación de muchos inmuebles en verdadera decadencia. Entre ellos, la Plaza del Mercado, que fue el centro de abastecimientos por excelencia de los santaclareños hasta su desaparición en la década de 1960. ©cAc

mercredi 9 décembre 2009

Interior de casa (V) calle Conyedo

Andaba yo caminando por la calle Conyedo, cuando una puerta se abrió y pude percatarme que aquella era una casa diferente, con un interior poco común en la ciudad. Apenas cerrada la puerta, volví atrás y tímidamente toqué con los nudillos. La claridad y el reflejo de sus vidrios rojos y azules me envolvieron cuando la muchacha entreabrió la puerta. Me presenté. Sentí cierta desconfianza, y le dije que mi interés era curiosidad profesional, pero que no estaba obligada a dejarme entrar. Mi nombre le dijo algo, y antes de comenzar a hacer fotos y a recordar amigos comunes, supimos que habíamos estudiado juntos en alguna escuela de la ciudad. Aquello hizo huir la desconfianza y la muchacha me explicó proyectos, sueños, y el deseo de conservar en buen estado aquellos muros y techos. Y con razón. Aquella casa de la calle Conyedo tiene un encanto, de luz natural aleteando en su espacio, en sus altos techos, y no pude retraerme a la posibilidad de presentarla como un interior poco común, una casa con embrujo! Sala de puntal alto, con enorme ventana a la calle, también alta como la puerta, y protegida por una reja de hierro forjado. Para huir a las miradas indiscretas de los pasantes, un paraban de tres paños con persianas francesas. A la derecha una habitación. Luego, la saleta, a la que se accede por las dos puertas en arcada, y otra habitación a la derecha. En la saleta está lo diferente de esta casa, pues no tiene su techo el puntal alto de la sala, sino, un techo plano, también de tabloncillo, pero sostenido por gruesas vigas, pues encima de la saleta, la casa dispone de una pieza en alto. Y para llegar a ella, una escalera “de caracol” de 22 escalones, en madera torneada, con pasamanos, sólidamente sostenida a una columna haciendo de eje central. La saleta es pródiga en luz, y pieza tranquila en las tardes de calor. Luz y ventilación le llegan desde el patio central, menos ancho que la saleta, desde la cual sale un pasillo que lleva al fondo de la casa, donde se ubica la cocina y el comedor, también bañado por la luz del patio. A la derecha del pasillo el cuarto de baño y otra habitación. Pisos de época, azulejos sevillanos y azulejos portugueses. La casa gira alrededor del patio, como en un claustro. Todo guarnecido de ventanas de persianas francesas, coronadas de lucetas blancas, rojas y azules, vitrales más comunes en las casas de Santa Clara, y con puertas también concebidas para dejar entrar la claridad, ella sola, sin espacio para los brazos del sol. ©cAc.

©cAc2009

vendredi 20 novembre 2009

De Paris a Florencia… La Toscana* (M. Gómez y M. Abreu)

Los cambios urbanísticos que se ejecutaron en Santa Clara en el año de 1965 permitieron a los pilongos trasladarse de Paris a Florencia sin ausentarse de la ciudad. Otro toque de magia en el que la desaparición de un edificio era real, como real era aquel que lo remplazaba. Adiós a otra esquina colonial de la ciudad, sumergida en una fiebre “modernizadora” que ningún termómetro sensato fue capaz de bajar. La esquina no era otra que los 565 m² que ocupaba el “Parisién”, en una construcción, que si bien había contemplado cambios desde sus orígenes, hablaba de los días fundadores de la villa. El solar, como los cuatro que componen esa manzana, hacia 1850 estaba en manos de la Comisión local de instrucción primaria, la cual se esforzaba por hacer construir un nuevo edificio para la Escuela Pía. Sin embargo, las dificultades financieras del Cabildo, hicieron que en lugar del Instituto, se pensara en la edificación de una Plaza de Mercado. Este proyecto de mercado no creció, y entonces los dichos solares, -que obviamente, estaban construidos-, fueron cedidos en propiedad en octubre de 1856 a D. Pedro Nolasco Abreu, -padre de nuestra ilustre benefactora Marta Abreu-, y a D. Juan Jova por la suma de 3042 pesos.
Fue en la segunda mitad del XIX que la casa de muy alto puntal, con caída y fachada principal hacia la calle Carmen, sufrió una remodelación, tal como su vecina de la derecha, entonces Diputación Provincial, y así se mantuvo hasta principios del XX, en que los propietarios renovaron su fachada, sin deteriorar su aspecto colonial, pero manteniendo una armonía en altura y estilo de los únicos dos inmuebles entre la calle Marta Abreu y la cortísima calle que se llamara Renacimiento.

“El Parisién”, cafetería y dulcería que abrió sus puertas en la década del 50’, era una esquina viva y con sobrada vida social, pero fue blanco de las políticas urbanas revolucionarias en que las demoliciones, construcciones en tiempo récord y cumplimientos de metas por visitas de rigor se impusieron al ritmo cotidiano de la ciudad. En efecto, corría 1965, y la ciudad de Santa Clara había sido elegida como sede del acto nacional para recordar el asalto al cuartel Moncada. Para los “festejos”, se decidió demoler “viejos edificios” y construir “para embellecer”, para “equilibrar la escasez y carencia de diseños en áreas sociales”. Fue el regalo de cumpleaños que me hizo aquel acto cuando el 1° de julio de 1965, “El Parisién” se hizo polvo y cinco días después, comenzó la nueva obra. Durante veinte días, de sol a sol, y de luna a luna, 270 constructores trabajaron para dar término al “Toscana”, un restaurant de comida italiana en el corazón de Santa Clara, proyectado por urbanistas, arquitectos y trabajadores del IPF, del Micons[1] y del Init Una obra cuya estructura, columnas y vigas fueron fundidas in situ. Las losas de hormigón y las viguetas prefabricadas. Novedad para la esquina, el toque verde incorporado en el diseño.
 
El “Toscana”, cuarenta y cuatro años después, oralmente convertido en la “Toscana” porque el restaurante italiano hoy no es más que una escuálida pizzería, es un ejemplo vivo de las mutilaciones que vejan a una ciudad por caprichos, y de las mutilaciones que todo aquello sufre cuando a nadie le interesa la conservación en su más amplia definición. El deterioro que se observa es el generado por el abandono humano, la construcción es sólida, su fraguado y la utilización de materiales óptimos le concedió larga vida. Terraza techada a desniveles, abierta con columnas, jardineras, porshe de entrada voladizo, saliente hacia la calle, jardín con palmeras y una secuencia de ventanas asumiendo su responsabilidad de iluminación y ventilación.
La “Toscana”, del que ya nadie recuerda que tuvo un cartel lumínico en su fachada y mobiliario de design años 60, no es el espacio agradable al que se entra solo, acompañado por la familia o amigos para deleitarse con cualquiera de las especialidades de la península italiana. No, la “Toscana” es la esquina donde mucha gente de Santa Clara va para “ver que puede comer” cuando en sus casas no hay mucho más ni mucho menos. Y para ello tiene dos opciones, tener tiempo y suerte si quisiera sentarse en el “salón”, y acceder a otras ofertas, o simplemente, ir por la puerta de atrás, la de servicio, hacer la “colita” para comprar la pizza destinada a ese punto de venta, que la empleada –saya negra desteñida y blusa blanca ajada de grasa- traerá en una bandeja de aluminio grasienta, y que servirá en diminutos pedazos de cartón. Pizzas de queso, las más de las veces, pizzas de jamón, a veces… Y por esa misma puerta, si realmente quiere sentarse en el salón, y no quiere hacer la cola, con una buena propina, entrará de manera bien “discreta”, delante de los ojos de los que esperan la próxima bandeja de pizzas. Santaclareños que conocen el pase, y turistas, no se esconden para satisfacer sus estómagos.
El ala derecha del otrora restaurante italiano es una mezcla de bar con amenización musical, y que las guías de turismo se empeñan en llamar “Patio de la Toscana”, y cito: ...ideal por su posición casi frente al parque, vecino del teatro, y lugar de encuentro de numerosos estudiantes y pueblo, a los que usted podrá mezclarse para escuchar conciertos organizados o música tradicional en live, a partir de las 9 o 10pm y hasta pasada la medianoche. Un sitio a no dejar de ir en la ciudad.Insisto en ese “patio” toscanero, porque si bien pudiera servir para lo que fue concebido, es decir terraza del restaurante, ese incontornable paraiso, a un costado de La Caridad, hace daño a las funciones, piezas y espectáculos del teatro, y no pocas veces, los asistentes se han quejado de la incidencia de la música del bar mientras disfrutaban de una función nocturna.
La esquina, -que una vez requirió de semáforo- inaccesible a la circulación por las obras de la Cámara de Comercio, y limitado el paso peatonal, es la menos conflictiva y también tiene sus habitudes. Come en las otras dos, tanto por Máximo Gómez, como por Marta Abreu, se parquean los choferes de taxi, sobre todo aquellos que proponen las carreras a los centros nocturnos alejados del centro, y los bicitaxistas. Es una esquina de gran movimiento peatonal, hacia y desde el parque, en dirección al oeste, donde « El Mejunje » y la « terminal intermunicipal » son centros neurálgicos, y hacia la zona comercial del boulevard… ©cAc
*Esta crónica urbana de Santa Clara es fruto de la colaboración con HBN (http://arquitectura-cuba.blogspot.com/ ), y por cuya cortesía ha sido posible la inserción de imágenes auténticas del restaurante “Toscana”.
[1] Los proyectictas del ministerio de la Construcción fueron los arquitectos Raúl Chaell Lam, Ary Planas, Carmen Callón, Leandro Montes, Alberto Rodríguez, José Cortiñas y Juan Luis Caveda entre otros, que junto a los responsables de obras, Argelio Castellanos, Obdulio Millán, Armando González y Manuel López, también tuvieron a cargo las obras del restaurante Hanabanilla, del Soda Init y del restaurante Mar Init.