vendredi 5 février 2010

Hostal de Olga Rivero




El barrio que rodea La iglesia de Nuestra Señora del Carmen, nació hacia 1713 en los predios de la loma de Francisco Alejo, y por entonces lo llamaban Barrio-nuevo. Casi trescientos años han pasado. El barrio, ahora llamado del Carmen, guarda ese aire de pueblito levantado a los pies de la primitiva ermita, y sus casas, transformadas y renovadas con el cursar de los años, le imprimen un sello de autenticidad, a diferencia de otros barrios de Santa Clara. A mí, particularmente, el barrio me transporta a épocas pasadas, y cuando visito la ciudad de Marta, -mi ciudad-, no es raro que camine hasta el parque, y me siente a la sombra de sus árboles. Tardes apacibles, y domingos matinales con repique de campanas. Noches de tertulias, porque la loma prodiga frescor a los lugareños. A un costado de la iglesia, en la cortísima calle Evangelista Yanes, una casa llama la atención por su fachada azul y el realce carmelita dado a sus balaustres y ornamentos, y las blanquísimas ventanas, extra anchas, con sus persianas francesas protegidas por rejas de hierro. La casa es el número 20 de la calle, y ningún cartel rompe su encanto anunciando que está presta a recibir huéspedes. En efecto, la vivienda, y lo confirma el discreto logo adosado en su enorme puerta principal, es el Hostal de Olga Rivero.


Una visita a la casa, motiva para quedarse en Santa Clara. Para los amantes del gesto caluroso y la sonrisa amable, no hay mejor refugio que esa casa neocolonial con excelentes prestaciones. Un patio interior que desborda de verde y trinos, hace las delicias de una siesta reparadora, aún más si el reposo tuvo una hamaca como cama. Los orígenes de la casa se remontan a mediados del XVIII, y como buena parte de las viviendas de la ciudad, fueron ejecutándosele renovaciones a medida que el progreso y las necesidades familiares lo exigían. El salto de casa colonial a neocolonial lo dio en la primera mitad del siglo pasado, cuando la fachada se irguió ocultando el puntal alto de sus habitaciones con vista a la calle e incorporó frisos y molduras que destacan la división de las tres primeras piezas. Primeramente el zaguán, por el cual se accede al salón, a la derecha, y a la saleta, por una trabajada puerta en hierro forjado. También desde el zaguán, una escalera lleva a la planta superior y a la terraza, desde donde el campanario de la iglesia, veteado al final de la tarde por el sol en escapada, y la tranquilidad que emana el parque visto desde lo alto, doblan el confort de la vivienda. Las habitaciones interiores conservan su techo de tabloncillo y todas, los hermosos pisos de mosaicos importados de Europa y Turquía en los primeros años republicanos. El Hostal de Olga Rivero presta todos los servicios necesarios para una estancia sin preocupaciones, y cosa poco común, en la oferta hostelera de la villa, el hostal se comunica por un pasaje interior, al Hostal de Zaida Barreto - Santa Clara, lo que permite un espacio común y más amplio cuando los huéspedes quieren mantenerse en cercanía. Dos casas, dos hostales, un mismo estilo, en un barrio que lleva el sello de la historia urbana de Santa Clara, con su tamarindo, protector de aquellos remedianos que se detuvieron en su fronda para decir la misa fundacional. ©cAc


  

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